Extirpador de idolatrías (Manuel Siles, Perú, 2014. La Luna Pintada Producciones)

Extirpador de idolatrías es una película peruana, dirigida por Manuel Siles y protagonizada por Oswaldo Salas, Magaly Solier, Augusto Casafranca y Paulina Bazán. Se presentó en Mérida en el Festival Internacional de Cine de Mérida y Yucatán (FICMY) en el año 2015. Para el público meridano fue significativo haber podido ver aquel año notables películas iberoamericanas entre las que destacan Extirpador y la cubana Conducta.

Entretejida en una intensa trama policial, la película desarrolla una temática de amplia resonancia cultural en Latinoamérica. La tensión que existe, desde los tiempos coloniales, entre los pueblos originarios y los colonizadores. En un largo proceso de dominación que se remonta al siglo XVI, los pueblos originarios de América han sido objeto de una sistemática negación de sus propias matrices culturales. No obstante, estas han sido tan fuertes, que les han permitido resistir hasta la actualidad, lidiando siempre con relaciones de profunda desigualdad social.

Es necesario recordar que durante el siglo XVII en el Perú, se emprendieron campañas de extirpación de idolatrías, frente al fracaso de la conquista espiritual de los pueblos andinos, quienes de manera solapada, seguían cultivando la fe en sus creencias ancestrales. Aquella devoción a dioses tutelares que conferían identidad a los pueblos, así como el saber tradicional que sustentaba su universo de experiencias, había que extirparlos de raíz. De ese modo se podría instaurar una base ideológica que facilitaría la dominación y la aceptación de relaciones de subordinación a un sistema económico extractivista y depredador, como lo fue en muchos sentidos el orden colonial.

En Extirpador de idolatrías vemos estas relaciones históricas representadas en un pequeño pueblo andino. Allí, los personajes se ven inmersos en una trama que muestra a un misterioso asesino, quien de manera metódica y fría, decapita a sus víctimas. Estas son, por lo general, jóvenes mujeres indígenas. La jefatura local de policía, dirigida por un burócrata inepto, con ínfulas de gran jefe, pretende dar carpetazo a los crímenes. Sin embargo, el discreto oficial Waldo Mamani decide tomarse en serio la investigación y, con todo en contra, emprende una pesquisa que lo lleva a desentrañar las motivaciones del asesino, imbuidas de intolerancia religiosa, así como el profundo significado de la personalidad de las víctimas.

Magaly Solier y Diego Yupanqui preparan la escena

El pueblo es también el escenario en el que dos adolescentes (Diego Yupanqui y Paulina Bazán) se asoman a la pubertad entre juegos con seres míticos, propios de su cosmovisión andina. Hay que decir que estos jóvenes pueblerinos representan a muchos otros, que crecen en Latinoamérica, en medio de fuertes tensiones culturales. Los que tienen opción de ir a la escuela, aprenden que el saber ancestral será un lastre para su futuro desarrollo en los contextos urbanos aspiracionales. Olvidarán la lengua y los rituales de sus mayores. Vestirán como los ladinos y aprenderán de los modelos culturales hegemónicos. Por su parte, quienes permanecen en la comunidad seguirán vinculados a la memoria colectiva y a los ritos ancestrales, pero en condiciones de marginación social creciente. La película los muestra cuando aún no han elegido un camino definitivo y viven todos bajo el mismo cielo. En el campo, estos jóvenes son capaces de ver personificados a los Apus, los espíritus de las montañas en la cosmogonía de los pueblos andinos. Es en ese rango de edad en que el Extirpador acecha a sus presas. Jóvenes que de manera inocente, representan focos de resistencia cultural porque encarnan la posible renovación cíclica de un saber ancestral que ha resistido siglos de dominación cultural.

Por otra parte, los adultos ya han renunciado a la continuidad de gran parte de su herencia cultural. Se han resignado a buscarse a sí mismos una y otra vez, en tarea de Sísifo. El oficial Waldo Mamani, por ejemplo, se esfuerza por ser impecable y ético, en un sistema que lo desprecia y no le reconoce sus méritos. La madre del niño adolescente, (interpretada por Magaly Solier) se esfuerza por conducirlo a que estudie, a que se supere en el mundo colonizado, en el que se debe uniformar y no faltar a la escuela. Lo obliga a no distraerse con las visiones de los Apus. A concentrarse en pertenecer a un mundo ajeno, donde hay que renunciar al propio para ser aceptado.

La relación con el mundo andino está dada de manera plena en el paisaje natural, en la luz de las montañas, en el rumor del arroyo y en las atmósferas del poblado quechua. La impecable fotografía de Marco Alvarado nos ofrece un mundo francamente bello y acogedor, que contrasta con el paisaje urbano de Lima. Una metrópoli inmensa y hostil, que, no obstante, resguarda los archivos coloniales que el detective Waldo Mamani se ha empeñado en consultar para desentrañar el misterio.

Las fuerzas a las que representa el Extirpador son implacables y, como la hidra mítica, cuentan con miles de cabezas que se multiplican cuando alguna cae. Él mismo, es eficiente y preciso, como el sistema de dominación al que personifica.

La película nos ofrece así, una metáfora trágica de nuestro devenir como pueblos colonizados. Pueblos que se buscan a sí mismos incesantemente. Que necesitan urgentemente recuperar su memoria histórica para poder reconocerse y aceptarse en un laberinto de elecciones y dilemas desgarradores.

El tono de la narración audiovisual es poético y sobrio. Hay lugar para la ironía y la reflexión. Nos mantiene todo el tiempo inmersos en la trama gracias a las destacadas actuaciones de todo el elenco, atinadamente dirigido por Manuel Siles.

Extirpador de Idolatrías ha recibido ya innumerables premios y distinciones. Aparte de los reconocimientos a sus actores, entre los que destaca el multipremiado Oswaldo Salas, interpretando al oficial Waldo Mamani, la película ha sido galardonada como “Mejor Largometraje de Ficción” en importantes festivales cinematográficos de Canadá, Portugal, República Checa, España, La India, Colombia y Estados Unidos. Más allá de los reconocimientos que ha cosechado, Extirpador de idolatrías es sin duda una fábula necesaria y actual en nuestro contexto cultural latinoamericano. Esperamos poder verla nuevamente en Mérida.

Juan de Dios Rath
Juan de Dios Rath es Maestro en Trabajo Social y Licenciado en Literatura Dramática y Teatro por la UNAM. Desde 1993 ha actuado en numerosas obras escénicas en la CDMX y en Mérida como Crack o de las cosas sin nombre, La Hija del aire, La historia de la Oca, La importancia de llamarse Ernesto y El Tío Vania. También ha colaborado como actor cinematográfico en numerosos cortos y largometrajes. (Hasta Morir, The Davil’s Tale, Apocalipsis Maya, El asesinato de Villa) Desde 2008 es director fundador de Murmurante Teatro, grupo con el que produce espectáculos transdisciplinarios y películas documentales con un enfoque marcadamente social, tales como El viaje inmóvil, estudio en espiral sobre el suicidio, Manual de cacería, Las Constelaciones del deseo y Sidra Pino, Vestigios de una serie. Como director y actor ha participado en numerosos festivales nacionales e internacionales y con Murmurante recibió el Premio a la Cultura Ciudadana 2014. Ha sido profesor en la Licenciatura en Teatro de la Escuela Superior de Artes de Yucatán y actualmente cursa el Doctorado en Historia en el CIESAS Peninsular.