«Sugarkiller», nadie es solamente bueno o malo

Hay libros que terminamos y colocamos de nuevo en el librero. Hay otros que, después de la última página, se quedan un rato haciendo ruido dentro de nosotros. Sugarkiller, de Mireia Yévenes, pertenece para mí a los segundos.

A simple vista estamos frente a un thriller: Macarena tiene 27 años, estudia Bellas Artes y lleva una doble vida como sugar baby. Utiliza diferentes identidades para acercarse a hombres mayores y adinerados, drogarlos y robarles. Hasta que aparece un policía y la coloca frente a un hombre que podría cambiar por completo el juego.

Pero reducir Sugarkiller a esa historia sería quedarse únicamente con su envoltura. Mientras leía pensaba constantemente en algo que después confirmé al entrevistar a Mireia Yévenes: “esta novela no nació solamente de la imaginación”, me dijo que cuando estudiaba en Bellas Artes, algunos hombres comenzaron a contactarla a través de redes sociales ofreciéndole dinero para convertirse en sugar baby. Ella nunca aceptó. Pero la experiencia le produjo suficiente rabia, curiosidad e incomodidad como para investigar el fenómeno y convertirlo primero en una performance universitaria y, años después, en esta novela.

Macarena nació allí. “Yo sabía cómo caminaba, cómo vestía, cómo pensaba, cómo hablaba”, me contó Mireia durante nuestra conversación. Quizá por eso Macarena resulta tan difícil de colocar en una cajita moral. Y eso me gustó.

Porque no estamos ante la protagonista perfecta a la que debemos querer ni frente a la mujer terrible a la que podemos condenar tranquilamente. Mireia me dijo que uno de sus mayores retos fue conseguir que “ni el malo fuera tan malo ni el bueno fuera tan bueno”.

Y ahí Sugarkiller deja de ser únicamente entretenimiento. Nos obliga a mirar aquello que preferimos juzgar desde lejos.

¿Hasta dónde una decisión es completamente libre cuando detrás existe necesidad económica, desigualdad y relaciones de poder?

Durante la entrevista, Mireia pronunció una frase que terminó de acomodarme muchas cosas de la novela: “Mujer, eres libre, haz lo que quieras”. Su cuestionamiento viene inmediatamente después: ¿somos realmente libres cuando elegimos dentro de estructuras que continúan siendo profundamente desiguales?

No pretende absolver a Macarena. Tampoco condenarla. Pretende que la miremos. Y quizá eso sea mucho más incómodo.

Pero hubo otra reflexión de Mireia que se me quedó dando vueltas: vivimos en una época en la que podemos conversar desde México y Barcelona mirándonos a través de una pantalla y, paradójicamente, “nos sentimos más solos que nunca”.

Macarena también habla de eso. De nuestras maneras extrañas de vincularnos, de las máscaras que construimos para sobrevivir y de esa necesidad desesperadamente humana de ser vistos.

Mireia quería que sus lectores se enamoraran de Macarena. No sé si todos lo harán. Yo creo que consiguió algo más interesante: que antes de juzgarla tengamos que preguntarnos qué hay detrás.

Y cuando un libro logra que dejemos de mirar al personaje para comenzar a mirarnos a nosotros mismos, entonces la historia ya hizo su trabajo.

Licenciada en Derecho por el Centro de Estudios Superiores Justo Sierra O Reilly (CESCTM). Labora en el periódico Novedades Yucatán, antes Milenio Novedades, desde 2007 a la fecha, donde se desempeña como editora y coordinadora de ediciones especiales. Se encuentra a cargo de los podcast Más Jurídico y Más Salud, como parte del proyecto Más Novedades Yucatán. Es autora de la columna semanal Libro Obsesiva, del Poder de la Pluma, en la cual comparte impresiones y opinión acerca de sus lecturas. Impulsora de lectura en redes sociales con el perfil Libro Obsesiva. Ha elaborado desde el 2012 la edición especial (con el sello de Novedades Yucatán) de la Feria Internacional de la Lectura Yucatán. Ha participado en la presentación de varios libros, entrevistando a destacados autores, entre ellos: Jorge Zepeda Paterson, Francisco Martín Moreno, Julio Patán, Benito Taibo, Mónica Lavín, Xavier Velasco, Carmen Boullosa, entre otros. Amante de los libros, las plantas y el café.