El país que deseo

La elección presidencial del pasado dos de junio se considera histórica igual que la de 2018; en la que millones de ciudadanos y ciudadanas del país sufragaron por AMLO y permitieron la llegada por vez primera de la izquierda al poder ejecutivo federal. Ahora, todas las encuestas y pronósticos se cumplieron: una mujer ocupará el máximo cargo político por los siguientes seis años. A tono con el momento, presento una serie de ideas sobre el país al que aspiro y el que hoy existe y deseo sin duda desaparezca para siempre.

Veamos, no quiero un país de mujeres y hombres en la política sólo por el único interés de obtener una riqueza en pocos años, mientras millones, a pesar de su trabajo duro y de muchas horas diarias, apenas tienen para cubrir sus necesidades básicas o les cuesta toda una vida laboral en su profesión para vivir sin sobresaltos. Rechazo la práctica de funcionarios y funcionarias de usar su puesto para hacer negocios en su beneficio o el de sus familiares. Repudio también que los gobiernos municipales, estatales y federales continúen siendo fuentes de empleo para sus parientes y amigos en las direcciones, jefaturas y secretarías, además con el agravante de carecer del perfil adecuado para ellas. Me niego a la existencia de una riqueza empresarial y política mal habida por la evasión de impuestos, nexos con el crimen organizado, pagos de transnacionales para obtener contratos y que termina en paraísos fiscales para protegerla de la justicia mexicana.

En este país con el que sueño no tiene cabida el racismo, es decir, la vieja idea medieval/colonial de la superioridad por el color de la piel, o el origen del apellido según el grupo étnico y social. Tampoco el clasismo que estigmatiza a la clase trabajadora como floja, ignorante, manipulable, sin cultura y por lo tanto incapaz de tomar buenas decisiones tanto en su vida particular como social y política. Me niego a que las empresas extranjeras, como en el pasado, sigan explotando nuestros recursos naturales con la complicidad de elites políticas, económicas e intelectuales, o la indiferencia del gobierno mexicano, peor tantito, que él mismo bajo la justificación del progreso y el desarrollo arrase con selvas, bosques, montes, y toda fuente de agua de los pueblos originarios de nuestra nación.

El país de mis ilusiones es aquel donde el trabajo del obrero, campesino, empleado del supermercado, el que se lleva nuestra basura, repara nuestras calles, construye casas y edificios, esté bien remunerado, se respete sus horarios según nuestras leyes laborales y tenga el tiempo necesario para cuidar su salud con el ejercicio físico, una buena alimentación y el cultivo de su intelecto. Quiero un país donde la salud no sea un privilegio sino un derecho, donde las instituciones públicas como el IMSS y el ISSTE no sean botín político ni oportunidad para el negocio farmaceútico; donde haya suficientes médicos generales y especialistas, enfermeras, medicamentos, camas de hospitalización y toda la infraestructura médica necesaria para una atención rápida tanto para las emergencias como las operaciones quirúrgicas. Espero una nación donde los estudiantes de las escuelas públicas reciban una educación de calidad y se traduzca en mejores ciudadanos y ciudadanas conscientes de su papel de agentes transformadores de la realidad social injusta e inequitativa. Que los profesionistas de todas las carreras tengan cabida en el mundo laboral, público o privado, con salarios acordes con su preparación y así la educación siga siendo un medio de ascenso social y económico, pero también de compromiso para la construcción de una sociedad mexicana mejor. Es un sueño, sí, una nación ideal, también, pero si no se mantiene la esperanza entonces nunca llegará.            

Licenciado en Antropólogía por la Univeridad Autónoma de Yuacatán y Maestro en Historia por el Colegio de Mexico. Actualmente, es profesor investigador de la Facultad de Antropología de la Univeridad Autónoma de Yucatán y colaborador de "El poder de la pluma" en el diario Novedades- Yucatán.