Populismo en tiempos de desencanto: una historia de democracias vacías

Una palabra se ha vuelto particularmente útil para comprender la política del siglo XXI: ‘‘populismo’’. A pesar de su extendido uso en los medios de comunicación, pocos entienden lo que esta palabra significa, mientras que su uso es comúnmente tan controvertido como confuso. Por esta razón, al hablar de populismo siempre emergen numerosas interrogantes –muchas veces sesgadas– que no hacen más que ensombrecer su contenido con juicios y presuposiciones inexactas. Es común hacerse preguntas como, por ejemplo: ¿Es el populismo bueno o malo?, ¿sería acaso una forma nueva de hacer política?, ¿o se trata más bien una expresión anti-política, una afrenta directa a la democracia y los valores del liberalismo político?

A mi parecer, la clave en esta discusión es empezar por hacerse las preguntas correctas. Casi siempre concebimos al populismo como un fenomeno aislado, la antítesis por naturaleza de la democracia, su contraparte perversa. Sin embargo, sostengo que la realidad es mucho más compleja. En nuestros días, es aún más urgente que nos preguntemos ¿qué nos está enseñando el populismo sobre nuestras democracias?. Ciertamente, en muchos casos el populismo ha desmantelado regímenes democráticos, pero como argumentaré más adelante, es probable que estemos confundiendo el síntoma con la enfermedad: el populismo es solo una respuesta a problemas estructurales que ya existen en nuestras democracias, pero no necesariamente su causa.

Primero, dejemos los conceptos claros. El populismo es un término polémico tanto en los medios de comunicación como en la academia. Muchos autores difieren en sus enfoques: algunos lo interpretan como un tipo de ideología ‘‘delgada’’, como el nacionalismo, que necesita combinarse con otras ideologías más fuertes, ya sea de izquierda o de derecha, mientras que otros lo entienden como una estrategia política o una construcción discursiva, enfatizando que, más allá de ser solo una ideología, el populismo tiene lugar a nivel comunicativo y semántico. En ultima instancia, el populismo consiste en al menos tres elementos:

1) La construcción discursiva un pueblo, ‘‘El Pueblo’’ –en singular–, que es por naturaleza bueno y se diferencia de un ‘‘Otro’’ perverso, representado por la clase política tradicional, las élites, la casta, etc. El populismo es, entonces, un fenómeno político marcado por una fuerte retórica antielitista y antisistema, cuya idea simplista consiste en oponer las mayorías –independientemente de la clase o cualquier otra categoría social, como sí era costumbre en la política clasista– contra un pequeño grupo que, se dice, detenta el poder de manera injusta y vive a costas de las masas.

2) La oposición a las mediaciones institucionales, a todo a quello que se crea que estorbe en la relación entre ‘‘El Pueblo’’ y su representante, el líder – o su movimiento político –, quien absorve las demandas populares de manera directa. Esto acontece muchas veces por medio del llamado a referéndums con el fin de evadir prerrogativas institucionales o autoridades no electas por voto directo, como jueces, tribunales, entidades fiscales y contrapesos. El populismo, en síntesis, es una forma simplista de democracia directa en la que lo único que importa es el vínculo entre los populistas y ‘‘El Pueblo’’ al que dicen representar.

3) El recurso a la polarización social y la emotividad para movilizar a las masas. Los afectos, aquel ámbito marginalizado que escapa a la racionalidad y consenso frío de la política liberal, ocupan un lugar central en la política populista: es la política de las emociones por excelencia. Más allá de cualquier sentido de pertenencia de clase o de grupo social, es la identidad como pueblo la que mueve a los individuos, frecuentemente con miedo y resentimiento hacia los poderosos. Hay un proceso de manipulación emocional latente, con una fuerte vinculación e identificación afectiva hacia el líder populista y su personalidad.

Ahora bien, si entendemos la democracia como un sistema estrictamente liberal, el populismo nos plantea un serio problema. Por lo general, las democracias liberales operan como sistemas burocráticos y racionales, sostenidos en ideas de descentralización que permiten la protección de las libertades individuales, la libre expresión, la pluralidad y la autonomía, salvaguardando, además, al individuo de la “tiranía de las mayorías” y protegiendo su derecho a la propiedad. El populsimo, en cambio, pregona la espontaneidad, la voz de las mayorías por encima de mecanismos institucionales, oponiéndose a las minorías ‘‘favorecidas’’ y sus supuestos protegidos. El populismo promueve la solución de los problemas de manera directa, sin importar las burcocracias lejanas, los dicursos tecnocráticos y los debidos procesos: el populismo es la política de la inmediatez.

La democracia liberal, por otra parte, tiene un problema: esta no ha hecho más que suprimir bajo mantras ideológicos la emotividad de los individuos, disociando inocentemente la política de los afectos, y situando a las pasiones –aquel ámbito profundamente irracional de la acción humana– en un segundo plano. Todo es claro y distinto, por decirlo de manera cartesiana, a la política lo político y a la emotividad lo emotivo, cada uno por su lado, pero no se mezclan.

Como explicaba Benjamin Moffitt, en la ecuación ‘‘democracia liberal’’, lo liberal ha terminado teniendo más peso que la ‘‘democracia’’. La política del consenso del liberalismo político ha pretendido diluir todos los antagonismos bajo un mantra de racionalidad y acuerdo, buscando suprimir una realidad histórica trascendental: la sociedad está atravezada por el conflicto, no hay tal cosa como el ‘‘bien común’’ ni la ‘‘voluntad general’’. Siempre hay ganadores y perdedores. La democracia no es más que un mecanismo para canalizar el conflicto por vías institucionales, para establecer una relación de fuerzas justa y con alternancia, en la que los diferentes sectores en conflicto puedan oponerse legítimamente con las fuerzas que les otorga el voto. Se trata del ‘‘gobierno para todos’’, en tanto las decisiones se toman para el conjunto de la sociedad, pero en ninguna medida estaríamos hablando de ‘‘el gobierno de todos’’.

El populismo es, en este sentido, aún más inocente que la democracia liberal. Si esta última defiende la posibilidad de siempre alcanzar el consenso de manera racional, el populismo ya presupone un consenso general de antemano: no es necesario negociar acuerdos, ‘‘El Pueblo’’ ya sabe lo que quiere y lo que necesita, solo hay que dárselo. El populismo además, no niega el conflicto, sino que lo hace suyo. Mientras la socialdemocracia se mueve hacia la derecha, mientras la izquierda acepta la globalización capitalista y el neoliberalismo y pierde fuerza la organización popular, el sistema democrático ha perdido la capacidad de ofrecernos proyectos societarios distintos. No es raro en nuestros días escuchar a las personas decir que ‘‘todos los políticos son iguales’’. El consenso diluyó la diferencia, absorvió el antagonismo, unificó los proyectos políticos y convirtió al conflicto en apenas formalismo de campaña.

Cuando hay alternancia de poder, pero no hay cambio, la confianza en el sistema se erosiona. Y cuando emergen figuras populistas oponiéndose al establishment, a los políticos tradicionales, haciendo promesas de ‘‘destruir todo lo que no sirve’’, muchos tendrán buenas razones para sentirse atraídos.

Quienes defendemos la democracia nos vemos muchas veces ante la inexorable contradicción de criticar el populismo en su retórica antisistema –especialmente si tiene rasgos autoritarios–, y a la vez defender un sistema político que, aunque se llame democrático, coexiste con grandes desigualdades estructurales, corrupción sistémica, elitismo, altos niveles de violencia y deficientes mecanismos de movilidad social. La democracia racional, con su sacrosanta división de poderes y su constitucionalismo, ha mostrado ser capaz de coexistir con las más aberrantes formas de exclusión racial, de pobreza y de violencia, por ejemplo en los Estados Unidos. Hay sistemas rígidos de división de podres y burocracias que supervisan el cumplimiento de los derechos humanos, pero se respetan al pie de la letra las relaciones de propiedad injustas y se deja intacta la desigualdad: las políticas redistributivas se estancan y el voto parece no marcar una diferencia.

Es lamentable el viraje autoritario que han tenido muchos proyectos populistas. Pero si están aquí, no es sin razón: al menos en nuestra región, este fenómeno responde a que la reforma política, la democratización, no siempre ha conseguido la reforma social, la redistribución y la mejora en las condiciones de vida. Las democracias terminan siendo solo un cascarón, vacías de contenido social, con un Estado austero y una élite económica intacta, como pasa en muchos países de Centroamérica. Cuando populistas de todos los espectros políticos denuncian, por convicción o por cálculo político, que las élites se han adueñado de la nación, que las democracias ya no favorecen al pueblo, por mucho que cuestionemos sus fines – y sus verdaderas intenciones al hacer estas denuncias –, casi siempre podemos darles la razón. Sus críticas son más que legítimas, y por eso ganan votos: la desigualdad, tan común en nuestra región, mata a las democracias antes que los populistas. Reitero, estamos viendo los síntomas, no la enfermedad.  

Ante la inoperabilidad de muchos sistemas democraticos para dar respuesta a las demandas populares, no es de extrañarse que las soluciones simplistas de muchos líderes populistas sean atractivas. Cuando las cosas salen mal, lo más fácil es empezar a repartir culpas: los populistas van a denunciar a las instituciones como mediaciones innecesarias, burocráticas, que construyen una barrera entre ‘‘El Pueblo’’ y sus verdaderos representantes. Es en esto que reside la popularidad de estos movimientos, en la esperanza de soluciones rápidas e inmediatas que superen las burocracias institucionales y las malintencionadas élites a las que se culpa por la ineficiencia del sistema.

Entonces, ¿cómo entendemos la relación entre populismo y democracia? Me inclino por la perspectiva de Benjamín Arditi, que asegura que el populismo no es necesariamente antidemocrático, pero tampoco es ‘‘democracia pura’’, como algunos lo sitúan: el populismo es una periferia interna de la democracia. No es su antítesis, pero sí su límite. También para autores como Rosanvallon el populismo es, justamente, la ‘‘democracia límite’’, un extremo aún poco explorado del espectro político cuyos frutos son muchas veces inciertos.

Esto, sin embargo, contrasta con la generalizada idea de que el populismo es una afrenta a la democracia, especialmente en un momento histórico en el que las democracias están en una profunda crisis en todo el mundo. Si el populismo no es necesariamente la causa del deterioro de las democracias, al menos sí ha tendido a acelerar el proceso.

En Estados Unidos, la radicalización del partido Republicano vive su clímax tras la reelección de Donald Trump, que ha emprendido el camino de la autocratización y el gobierno por decreto; en Centroamérica, mandatarios populistas intentan subvertir el Estado de Derecho al estilo de Viktor Orbán o Hugo Chávez, mientras que en Europa Occidental ganan terreno movimientos populistas de derecha sumamente nativistas y xenófobos, como Alternativa para Alemania (AFD) y Reagrupamiento Nacional (RN), que se esconden tras una fachada liberal para encubrir su racismo e islamofobia. La crítica populista, aunque muchas veces de origen legítimo, se ha convertido ciertamente en un mecanismo para desmantelar muchos logros democráticos.

Entonces, ¿cuándo es el populismo peligroso para la democracia? Saberlo dependerá de cada caso, pero por lo general la erosión de la independencia judicial, el silenciamiento de medios de comunicación críticos y la persecusión de voces disidentes y opositores son los principales síntomas. El populismo, no obstante, como ya he expuesto, viene a recordarnos algo: nuestras democracias están fallando a la gente. Muchas personas ya no creen en la movilidad intergeneracional ni el progreso material. Las opciones políticas han tendido a desplazarse del centro hacia la derecha. Mientras las economías se quedan en lo fiscal y en el desempeño macroeconómico, los Estados permanecen austeros, recortistas e inoperantes para mejorar las condiciones de vida. No es por nada que vivimos en una época de desencanto hacia la democracia.

El próspero capital transnacional se enriquece en nuestras naciones, ocupando el espacio de nuestras ciudades con grandes centros de consumo y de producción. La idolatría a la inversión extranjera y la cultura neoliberal de consumo, con su ostenciosa arquitectura de los malls y centros comerciales, convive con anillos de miseria y precariedad que le dan el rostro de desigualdad a nuestras urbes latinoamericanas. El desempleo y la informalidad se dejan ver en las calles con sus vendedores ambulantes, sus trabajadores de plataforma y sus jornaleros, mientras que el vacío dejado por el estado lo capitalizan redes de narcotráfico nacionales y transnacionales.

¿Al servicio de quiénes están nuestras democracias?

Dejemos de usar al populismo como chivo expiatorio. A las democracias sin contenido, sin reforma social, sin redistribución del ingreso, sin igualdad económica, nada las va a rescatar. Nadie quiere rescatarlas. Si la democracia sigue perpetuando a los grupos de poder económico y social, sin resolver los problemas que realmente afectan a las mayorías, más razones habrá para que la crítica populista aparezca como legítima.

Si hacemos caso omiso a esta problemática, sonarán nuevamente en el horizonte los tambores de una muerte anunciada.

Estudiante de la Escuela de Sociología de la Universidad Nacional de Costa Rica (UNA). Primer lugar en la VIII edición de la Olimpiada Costarricense de Filosofía (OCF) y representante del país en la XXXI Olimpiada Internacional de Filosofía, en Grecia, 2023, obteniendo un reconocimiento de mención honorífica avalado por la Universidad de Patras y reconocimiento institucional como Estudiante Modelo Universitario de la Facultad de Ciencias Sociales en 2024. También ha representado a su país en eventos y congresos internacionales en Europa y América Latina. Actualmente es asistente investigador en el Programa Análisis de Coyuntura de la Sociedad Costarricense y la Escuela Ecuménica de Ciencias de la Religión.