No están ustedes para saberlo, pero estoy enamorada, sí, ¡viva el amor! y más en el mes de febrero que cada día nos lo recuerda. Amo al carnicero de Soriana sucursal Gran Plaza. Desde el año pasado pienso en él cada vez que voy a surtir la nevera con dos o tres charolas de carne cada quince días, y es que el amor entra por los ojos: los cortes tan perfectos que veo exhibidos en sus heladeras me han sacado más de tres suspiros.
Más tardo yo en pagarlos que en llegar a casa y extender los “vampiros” o “arracheras” de res en la tabla de madera y admirar su perfección, les doy la vuelta los reviso y mi estomago se llena de mariposas pensando en ese hombre tan empático con las cocineras. El seguro sabe que andamos siempre a mil por hora, con muchos pendientes en la cabeza, y lo que menos queremos es encontrarnos con desagradables encajes de grasa.
Es tanto el amor que le tengo que justo ayer pedí conocerlo por primera vez, mínimo saber su nombre, mirar sus manos de tijera o el cuchillo filoso con los que hace esos cortes tan perfectos que ni Hannibal Lecter en su mejor cena gourmet me hubiera presentado.
Me acerqué entonces y pedí a dos trabajadores del supermercado hablar con él, con ojos de miedo me preguntaron si ellos podían ayudarme o si era alguna queja, les dije que sólo quería hablar con él. Corrieron puerta adentro para después de un rato verlo salir del cuarto frío con su delantal blanco manchado de sangre, sus botas de hule y casco del mismo tono, con un hacha de cocina en mano, imagen que me recordó la escena triunfante donde, invicto, William Wallace en la batalla del puente de Stirling se ve caminando entre la espesa neblina.
Con sonrisa de oreja a oreja me preguntó en qué podía ayudarme. Tardé en contestarle, porque pasmada observaba el cuchillo deshuesador que llevaba en el bolsillo izquierdo.
Para ponerlo a prueba, le pedí un corte de “falso solomillo”, conocido también como “el corte del carnicero”, prueba difícil al obtenerse de la espaldilla de la ternera. Para ser exacta, se extrae del cañón de la espaldilla que se ubica en la parte superior de la paletilla. Él, sin dejar de sonreír, me preguntó si prefería mejor un “solomillo”, siendo ese corte considerado la joya de la corona. Yo, algo nerviosa, le dije que recordara que estábamos en plena cuesta de enero y mi monedero no alcanzaba tal lujo, por lo que prefería el primer corte conocido también como el “solomillo del pobre”- Con sonrisa retorcida, afilando cuchillo, me dijo que en un momento lo tendría.
No tardó ni cinco minutos y salió con esa belleza de tejido animal que sin duda me flechó al imaginármelo en mi mesa preparado al vino tinto con guisantes, pimientos y setas. Al tener en mis manos esa carne tan versátil de mi boca, sólo salió un gran reconocimiento, una felicitación acompañada de admiración. Él, con tan poca modestia, soltó una carcajada, sin duda se sabe guapo, atractivo en eso del arte de transformar una pieza de carne en un corte perfectamente preparado para cocinar y sí, no les voy a mentir, dejé el “solomillo del pobre” en el mostrador para darle un merecido abrazo porque no es un carnicero cualquiera, es uno que hace honor a su nombre al ser el reflejo de la cultura y gastronomía de la sociedad; es un carnicero cuya habilidad y conocimiento para maximizar el aprovechamiento de la carne y atender las diversas preferencias culinarias, enamora a las ya cocineras veteranas como yo, a las que ni por error nos pueden dar gato por liebre.







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