¿Qué ha hecho de ti el Covid-19?

Quizá el Covid-19 no haya hecho nada de ti, o sí, una persona enojada por las muchas restricciones que quisieras romper, sentirte libre, si aún estás confinada en tu hogar. Seguro escuchas las noticias buscando no sentir desesperación al escuchar continuamente que el mal se extiende en vez de extinguirse, que en cualquier sitio, por limpio que parezca, no puedes tener la seguridad de no contagiarte, menos en tu hogar; que es como un cáncer que se ha establecido en tu comunidad y sientes el peligro, no deseas que doctores y personal de salud se enfermen o se salgan de sus hospitales y no puedan atender los muchos casos que a diario se presentan. Pero, ¿qué se piensa del personal de salud?

Muchos les han llamado ángeles, otros héroes, algunos, solamente creen que están trabajando los que desean, que les tocó y no tienen otra salida para ganar lo necesario, en fin, no hay una sola persona que no tenga para ellos algún pensamiento que los identifique como los guerreros de los hospitales y nosocomios.

Desgraciadamente, vivimos en una época en la que en el mundo, la injusticia, la insatisfacción, la inmoralidad, la ilegalidad, la iniquidad, la pobreza, han hecho de muchos núcleos de personas, no saber manifestarse sino a través de sus propios principios, de la venganza, dolor, angustia, insatisfacción, cuyas respuestas son las más dolorosas palabras de brutalidad y sus actos, inesperados, con una agresividad severa y malvada hacia quienes han luchado para proporcionarnos bienestar, tranquilidad, con jornadas agotadoras de trabajo especial, en el que han puesto su dedicación, experiencia, integridad y en el que están expuestos a contraer la grave enfermedad del Covid-19.

Ahora, ¿Qué es lo que los médicos ven, sienten por esos enfermos y moribundos? ¿Lo han externado alguna vez? No todos podemos sentir al ver la cara de un joven enfermo, de un niño o una persona mayor, una emoción como la que ellos sienten, que no dejan traslucir para no alertarlos de su gravedad; o de hacerles sentir más angustia, sufrimiento que ya los traen consigo, darles ese anhelo de vivir, de curarse, de alentarlos, animarlos a no dejarse vencer.

Al ver la cara de un moribundo, médicos y enfermeras le dan ánimo para no sentir que están sufriendo con él y darles la esperanza deseada, mientras sienten el dolor de la resignación, de no poder luchar más contra ese mal al ver que los efectos de los medicamentos fueron inútiles, sentir que tantos días y horas de tratamiento que invirtieron no fueron suficientes, que tantos llamados a Dios, tantos rezos no tuvieron el cauce debido.

Su trabajo al lado de ellos es un sacrificio, que desean al llegar a sus hogares externar su angustia, pero no quieren que sientan sus familiares la frustración y desilusión que ese día les ha provocado, porque no les dejarían volver. Esos momentos de descanso no dejan que aflore el resentimiento, se dominan, vuelven de nuevo al trabajo, haciendo del nuevo día una nueva ilusión de ayudar sin desear sentir ese dolor que desde fuera ya se siente y se comprende en los familiares que preguntan y para los que la respuesta es “se le está medicando”, lo que muchos ni entienden.

Tener sed, tomar agua, son actos mecánicos que realizamos comúnmente, pero en el trabajo “tomar agua” puede significar contagiarse y el miedo en ese momento puede surgir, pero no lo dejan presentarse para poder seguir con lo necesario: atender a ese pequeño enfermo, que no se debió contagiar; ver de nuevo el dolor. La ansiedad de escuchar que está mejor cualquiera de los enfermos.

Comer, ¿dónde y cómo comer si el hambre no se presenta por el miedo al contagio, aun así, comen y sienten que muchos de los enfermos desearían comer. Sus sentimientos se debaten en su mente y su ser, buscando el alivio a sus propios pesares, los cuales no han tenido siempre; pero desde que esta enfermedad se presentó, parece que tendrán que aceptarlos.  

El cansancio los rinde, pero la necesidad de ayuda es más imperiosa que descansar.  Deben seguir, de nuevo se enfrentan con toda su voluntad, su esfuerzo, coraje y corazón. No, los títulos no son suficientes, parece que solamente la palabra “amor” es la que une la profesión con el deber y que su propia conciencia asume para seguir adelante.

Sí, adelante guerreros del 2020 y 2021, ustedes tienen un valor sin igual, para muchos son ángeles y héroes, para los que se han curado, han apoyado, han consentido, han vigilado su sueño, su medicación, dando ánimos con cariño. Ahora, nos toca profesarles gratitud, nuestro reconocimiento por su amor a su desempeño, por la celosa atención desplegada atendiéndolos el tiempo de su vigilia. 

Nosotros, desde fuera también sufrimos de miedo y angustia, de que algún amigo sufra ese trance, porque no sabríamos que decirle, cómo hablarle; por tener en nuestros hogares a personas con la edad más vulnerable; por oír las continuas noticias que taladran nuestros sentimientos; por hacerse insoportable el confinamiento que nos hemos impuesto; por esperar que un milagro para que se logre la vacuna y sea posible acceder a ella y que todos tengamos esa oportunidad. Sentimos que, como humanos, nos parecemos al personal de salud dando de nosotros esa posibilidad de amar y compartir lo mejor que podamos para la humanidad y reconocemos que ellos también son vulnerables, sensibles ante esa ola de sentimientos porque no sabemos cómo reaccionaran nuestros familiares.

Sí, hoy los he llamado guerreros; son también joyas de nuestra patria, prendas que no deseamos perder, por ser inigualables galardones de los lugares a los que pertenecen, en los corazones del pueblo tienen un lugar de heroicidad y de generosidad sublime. Nuestro reconocimiento que será por siempre.

Nace el 14 de febrero de 1936 en la Villa de Espita Yucatán, de padres comerciantes dedicados a la madera. En 1942 la familia se traslada a vivir a la ciudad de Valladolid donde realiza sus estudios básicos y se decide por la carrera de Docente estudiando en la Normal, “Rodolfo Menéndez de la Peña” y poco después estudia la carrera de Preescolar como postgrado de la normal, ambas en la ciudad de Mérida, ya que en Valladolid no se contaba con escuelas superiores. En 2011 publica su primer libro llamado “Añoranzas” y se descubre como escritora de vivencias y experiencias. Es presidenta de la Asociación de Poetas y Escritores de Valladolid (APEV). Primer Lugar del Concurso Nacional Literario "Memorias de El Viejo y La Mar" convocado por La Secretaría de Marina-Armada de México en 2012. Es autora también de “Un lugar para empezar” (2013), publicado en Amazon, “De aquellos años” (2015), “Experiencias y Nostalgias” (2016), “Deshojando Recuerdos” (2018), “Cartas de amor sin amor” (2020) En el 2016 compila el libro “Antología de Poetas y Escritores Vallisoletanos” de la APEV, con el que obtiene la beca Pacmyc para llevar música y poemas a las escuelas de todos los niveles educativos, y al terminar cada participación donaban varios ejemplares en cada institución para que quedaran como testimonio en las bibliotecas escolares del grupo impulsor del talento vallisoletano. Falleció el 25 de diciembre de 2021.