Tiempo de ocio. Poética y recepción en La sagrada cotidianidad

La sagrada cotidianidad[1], de Alejandro Ashley, me sugiere una lectura desde dos marcos teóricos principales: la poética y la recepción; con ellas reviso algunos de sus principales recursos y efectos, indistintamente, aun cuando salgan al paso colindancias y encuentros con otras disciplinas.

El título recuerda, por un lado, a los clásicos decimonónicos de la vida religiosa y, por el otro, me lleva a las ideas del sociólogo y crítico literario Roger Caillois para dar un giro hacia la estética. Es toda una invitación a preguntar en qué tono el artista comunicará lo sagrado. Aparecen en la memoria las propuestas de la segunda mitad del siglo veinte, la abstracción de un expresionismo que instaló nuevas formas de tratar aquello que nos trasciende.

En este marco pudiéramos dar sentido al mensaje que condensa el título, y conversar sobre el histórico carácter profano asignado a la vida secular, a la que se vive cotidianamente pero que no constituye un ritual ligado a la trascendencia. Diríamos así que la propuesta de Alejandro atribuye a nuestro día a día, a nuestros hábitos, un adjetivo que restituye o amplía lo que el crítico francés interpretó como una confrontación en el ámbito religioso, según la cual, se retiene lo sagrado y se expulsa lo profano[2].

Entonces, si convenimos con esta afirmación dicotómica, podríamos mencionar que la frase “la sagrada cotidianidad” es una conjunción de elementos contrarios, dado que lo sagrado se plantearía como una condición especialmente cultivada, ordenada, ritualística, diferente a la vida común, a lo que llamamos vida cotidiana, que para la gran mayoría de los humanos transcurre ajena al espacio y tiempo de consagración.

Pero si nos fijamos en la imagen de la portada, obtendremos un guiño interesante: sagrado es lo que sucede día a día para los seres vivos, plantas, animales, y seres no vivos. Sagradas son la luz y la sombra, la silueta y el reflejo, la nitidez del detalle, el instante que la intuición logró capturar.

En efecto, el libro pudiera no hablar de nuestra vida cotidiana, aunque pasa, desde luego, por un filtro humano, pero sin llegar a ser androcéntrico. Hace falta entonces, adentrarse en la narrativa. Al abrir el ejemplar, de cuidadoso diseño, observamos un mundo casi totalmente sin humanos, casi libre de domesticación, completamente opuesto al paisaje antrópico que marca la tendencia actual de la fotografía. Notamos que incluye como antesala una resonancia de la portada, con una saturación del verde que invita a ensoñar la imagen, ya difuminada. Después de la portadilla, un breve prólogo, y seguimos mirando ese mundo, impenetrable e indiferente a nuestra presencia, al que Alejandro atribuye amor y suavidad, dos rasgos que caracterizan lo bello.  Aunque nadie ignora que ese mundo está más allá de la consciencia que podamos tener de él, de todas maneras, Alejandro nos convoca a otorgarle un sentido, justo porque el mundo natural, con sus ciclos y procesos cotidianos, está dejando de existir.

Tal vez Ashley propone que el paraíso perdido sea recobrado mediante esa misma forma de resistencia cristiana que propuso el poeta renacentista inglés, pero sin aquella idea trágica en el Samson Agonistes, del propio Milton, de que la luz interior no vierte un haz visible, tan indispensable para el personaje ciego. Lo que Alejandro parece decirnos es que el haz que miramos en sus fotografías evoca la luz de nuestro ser interior, pero también la sombra. Es decir, incluye unos cuantos elementos de la urbanidad, que en la fotografía actual son objeto del primer plano, como en los temas donde la huella ecológica es más que evidente, por ejemplo, en la serie “Nuestra vida en un pueblo de fantasmas”, de Roderik Henderson. Así se explica que Alejandro haya colocado en la escena tan solo una fotografía con un niño de espaldas, y otras donde asoman muros o cables de luz eléctrica, en busca de un conjunto orgánicamente equilibrado entre lo atemporal de un insecto, una flor, y el presente de las calles en las que lo urbano y los seres vivos confluyen.

La huella ecológica o nueva sombra en lo sublime, nos recuerda al teólogo Rudolf Otto, para quien lo sublime es una experiencia sobrecogedora, misteriosa, nada placentera pero sí atractiva, terrible e inquietante que nos trasciende. Se sabe que con estos rasgos fueron descritas las obras artísticas del romanticismo, cuando representaron la fuerza de lo divino en su vastedad, casi siempre a través de fenómenos naturales que están fuera de nuestros límites. Y justo por el concepto de límite, es apropiado considerar que lo sublime también acontece cuando nos detenemos en la infinita divisibilidad de la materia, de acuerdo con Edmund Burcke. Algunos acercamientos al objeto, en estas fotografías, pudieran caber en los rasgos mencionados por este filósofo.

Pero el misterio aquí no es tremendo ni el terror asaltaría a quienes lean este libro, compuesto por cuarenta fotografías sobre la naturaleza que encontramos a nuestro paso y el mismo número de poemas que completan la mirada. Con base en la teoría de la recepción, su lector ideal sería aquel que se apropiara significativamente de un discurso que la mayoría puede asumir como tema consabido; digamos que, en primer lugar, dicho receptor lo hiciera en forma pausada, degustando una mezcla de emociones –asombro, admiración, agrado–, las cuales rara vez son detonadas en forma prolongada o central en las narrativas fotográficas y literarias de este siglo, salvo en las de tono sublime. El detalle es que en estas, se estimula igualmente la desolación, el caos y la incertidumbre, mientras que en Ashley brotan la compasión o la esperanza, siempre y cuando abramos el espacio del ocio con suficiente disposición para leer más que imágenes bellas.

Es todo un reto, aunque también contamos con el artificio de la trama doble: palabra e imagen generan deleite, intrigan, sorprenden y se anudan desde la antítesis que cada una plantea, reforzando el ritmo; casi todas cierran dejando en claro el punto de vista, ya porque el verso reitere el motivo expuesto visualmente, ya porque el motivo revele aquello que el lenguaje retórico insinuaba. Y para crear esta clase de narrativa anafórica, Alejandro Ashley acude a la tradición japonesa, y elige el haikú, uno de los géneros literarios que refiere experiencias de vida contemplativa, en las cuales se viven emociones como las mencionadas.

Sabemos que los lectores de esa cultura son ideales para decodificar e interpretar esa clase de poema, aunque en México, desde mediados del siglo pasado, algunos poetas adoptaron esta forma estrófica y la popularizaron. José Juan Tablada, Xavier Villaurrutia, Octavio Paz, Martha Madrigal. Hoy es relativamente fácil identificarla a pesar de las variantes o licencias que se abren camino en busca de sello propio. Los lectores del haikú reconocen la fuerza centrípeta de su brevedad; esperan que el tema apunte a la naturaleza, y que el tono de sus tres versos sea contemplativo. Entre los más jóvenes compositores de haikú, podemos mencionar al niño tabasqueño Luis Vázquez.

De manera breve, retomo la poética de nuestro autor para analizar ahora el discurso verbal. Mientras que los japoneses de siglos pasados nos hablaban de paisajes montañosos y marítimos, donde bruma, nubes, bosques y ríos eran los objetos contemplables, a la distancia, el paseo alejandrino, en cambio, traslada la atención a detalles del objeto representado, que no dejan de aludir a esos elementos del paisaje, como en: “Los ríos verdes/reventando la hoja;/hacerse ella”, que está acompañado de una imagen que destaca las nervaduras con la finalidad de reiterar la metáfora verbal.

Otro contraste con el haikú tradicional,  es que este aborda los ciclos naturales, como las estaciones. El poeta y fotógrafo, aludiendo únicamente al color de su objeto, ofrece lo siguiente: “Veo las hojas/del almendro muriendo;/nunca tan vivas”. En este sentido, el color de las hojas resulta evocador del otoño, es una sinécdoque de la estación del año, y es nuevamente una manera de acercamiento al objeto en vez de emplear una panorámica.

Caso semejante es el haikú que dice: “Ser transparente:/ que la esencia viva/ a través de ti”, el cual acompaña la representación parcial de una mariposa posada en una hoja. La composición, el encuadre, el foco y el color generan asombro por el mundo que alcanzamos a distinguir en la vida cotidiana que nos rodea. Con estos ejemplos, expongo algunos rasgos de la naturaleza retratada, cuyas representaciones rebasan los márgenes del objeto y del observador, abonando así al sentido de trascendencia.

El género literario elegido y los contenidos seleccionados entre el amplio repertorio interdisciplinar que el autor ha acumulado en años, se constituyen, a mi parecer, como un posicionamiento explícito frente al consumo cultural de las masas. Es también, desde luego, un gran reto para nuestros lectores, quienes al ver un libro con poco texto y mucha imagen, podrían asumir que bastaría con echarle una hojeada para afirmar que conocen la obra. En este caso, lo central no es comunicar de qué trata, sino vivenciarlo.

De hecho, uno de los criterios que orientaron la decisión de publicar esta obra fue justamente por el estado de ánimo que podría generar en su receptor, ya que el tema no suele ocupar grandes espacios en la cultura escrita; por ende, las emociones que detonan no son fácilmente identificadas por el grueso de la población, debido a factores sistémicos que privilegian con extrema desigualdad las condiciones para lograrlo.

Lo relevante de este trabajo interdisciplinario es que irrumpa en nuestra sociedad global, representada desde hace décadas a través de imágenes fragmentarias, transitorias y contingentes, que, si bien remiten en última instancia a la realidad, no propician un tiempo de ocio para la vida interior, en la manera como la contemplación de la naturaleza prístina lo hace: si bien reconocemos que la reacción de los lectores es parte de un proceso cultural que condiciona la respuesta, lo que experimentarán aquí muy probablemente no favorecerá la desolación ni la desesperanza. En el trabajo de Alejandro, lo sublime ya no radica en sentir que somos una parte pequeña del paisaje, sino en la experiencia de contemplar una parte pequeña o fragmentaria de lo representado, a la que asombrosamente nos aproxima. Y lo hace de este modo para confrontar a civilizaciones que ahogan lo sensible e intuitivo, mientras favorecen tendencias hacia flujos de consumo demasiado veloces y violentos.

La obra de Alex invita a repensar la incidencia del paisaje cotidiano en la vida espiritual. Pone en primer plano lo que cuesta asumir en nuestro apresurado día a día: amor, paciencia, escucha, transparencia, reciprocidad, emociones y acciones que la vida contemplativa favorece para generar cambios a partir del asombro. Como en el haikú de antaño, también predomina el discurso del instante, en el que atestiguamos brotes, nacimientos, floraciones, indicios de esperanza, y que también remiten a ciclos profundamente transformativos, como en la planta que encontró al sol emergiendo en los resquicios de una laja peninsular: “En el silencio/los saberes de Kabah/brotan de las rocas”.

Los ciclos transformativos a que me refiero son también, por supuesto, humanos, ya que el haikú puede ser interpretado de esta manera: los saberes de nuestra península son escuchados si las condiciones de silencio lo permiten. En su brevedad, queda abierta la pregunta: ¿el silencio de quién, de quiénes? Más allá de lo evidente, la interrogante se erige como un problema, una inquietud que brota como la planta. ¿Qué discurso no deja brotar esos saberes?,  ¿a qué saberes del territorio alude?

En lo que solo parece un detalle del paisaje, Alejandro mueve la lógica del sentido, la expande. Diría que genera la atmósfera, las condiciones para lo que no se explora ni se piensa, en virtud de lo consabido; semejante a aquel proceso de “sacar a la luz lo que queda oculto por lo visible”, como señalaba Marcel Paquet acerca de Magritte.[3]  Cumple una tarea social relevante y paciente, y uno de sus propósitos quizá sea llenar en alguna medida los tiempos de ocio con representaciones que, para su disfrute, necesitan lapsos más prolongados frente a la obra, pues el asombro y la contemplación son emociones que ameritan disposición y paciencia para ser experimentadas, al igual que el pensamiento crítico.

Y a propósito de esto último, ¿qué es lo que se espera que suceda después? Me apoyo en las ideas de Leonardo Ordoñez[4]: “A/sombrarse significa entender que la tarea de introducir un poco de armonía y de luz en la confusión que somos apenas comienza. A/sombrarse es empezar a vislumbrar la porción de claridad que podemos forjar a partir de la rebelde y restringida materia prima de la que estamos hechos. Y, como corolario de todo ello, a/sombrarse implica también notar la magnitud insondable de lo que falta todavía por explorar, la extensión del camino que nunca terminaremos de recorrer” (2013: 114). Ordoñez recurre a la metáfora del camino muchas veces mencionada por los estudiosos de la filosofía japonesa.

La metáfora del camino aplica también para el relato: una vez que se dan sus consecuencias, se puede escribir el relato por el cual se comprenderá la acción realizada en el pasado. Por ello deseo que las presencias diminutas y fugaces de La sagrada cotidianidad construyan esa vía, sean el paso mismo y lo que deja atrás el movimiento. ¿Qué va dejado atrás, pero no en el olvido, este paso que hoy celebramos? Nada menos que mi gratitud por las publicaciones fugaces, instantáneas pero nunca frágiles, nudos para el universo de las redes que seguirán resonando; mi gratitud por aquel curso en el que el doctor Ashley nos contaba cómo la disciplina del silencio lo arrojó sobre un redondo zafú durante horas, días, hasta pudrir y decantar ruidos mentales. Mi gratitud por contribuir en la tarea solidaria que inició la familia Ashely Fernández en pandemia. Felicidades, Alejandro, por compartirnos armonía; esperamos acrecentar los tiempos de tus lectores, que formes parte de un sostenido relato en nuestras vidas.

Texto leído por su autora el 20 de octubre de 2023 en el auditorio de la Facultad de Arquitectura de la UADY, en el marco del Otoño Cultural.


[1] La sagrada cotidianidad, de Alejandro Ashley. Mérida: Sedeculta 2013: 42 P.p.

[2] En El hombre y lo sagrado (1942).

[3] Marcel en Daniel Toscano, “Michel Foucault y René Magritte: algunas afinidades electivas”, en Folios, segunda época, no. 30, 2009: 89-98.

[4] En su artículo “Notas para una filosofía del asombro”, en Tinkuy. Boletín de investigación y debate, no. 20: 138-146: 2013

Lourdes Cabrera Ruiz es Presidente de Club Cultiva Mente, A.C., miembro fundador de la Asociación Literaria y Cultural de Yucatán, docente, coordinadora de talleres literarios en contextos educativos, sociales y culturales. Contacto: ccultivamente@gmail.com