“No seas osado, acaso no tienes miedo”, esas fueron las palabras que escuchó poco antes de pasar a la historia. Él, lo miró con cierto disgusto, quizás con un poco de incredibilidad, pues llevaban varios años caminando en lo más denso de la Selva Lacandona, ahí donde hoy se lee la realidad de otra forma y se organiza la vida partiendo de aquella frase que dice “Mandar Obedeciendo”. Y es, también, ahí mismo, donde se reúnen cada aniversario para reírse de esta y otras anécdotas.
¿Qué sería de la historia humana si el miedo le ganara todas las disputas a la osadía?, o tal vez peor aún -diría algún cauto-, si osadía dominara siempre al miedo. ¿Quiere alguien pensar en las consecuencias?, preguntaría otra-otro desde la comodidad de lo conocido.
No podemos dar una respuesta certera sin pasar al terreno del supuesto, o del supositorio -ya cada quien sabrá-, pero sí podemos imaginar la tristeza y el vacío ideológico de la mochila que cargara aquel joven que hoy es imagen de rebeldía y dignidad, si en su interior no llevara las palabras de San Carlitos por su paso boliviano –así nombró a Carlos Marx en las cartas clandestinas destinadas a su madre-, poco antes de entrar a la historia mitificado, mirando con osadía al temeroso soldado que le apuntaba temblando sin saber que “sólo iba a matar a un hombre”, sólo iba a matar al Che Guevara.
Y en ese sentido me pregunto, ¿cómo comprenderíamos hoy el papel de los intelectuales, de la hegemonía cultural o del bloque histórico, si Antonio Gramsci -el italiano que creyó en otro mundo a pesar del encierro-, hubiera dejado que el miedo adormeciera su osadía y rendido hubiera abandonado la escritura de sus voluminosos Cuadernos de la Cárcel.
¿Pero acaso el miedo o la osadía únicamente se enfrentan cuando hablamos de grandes personajes de la historia, o de acontecimientos retratados, hasta cierto punto, en los libros de historia, sean o no oficiales, en los libros de texto o el anecdotario de algún testigo?
Qué ocurre con los pueblos mayas y los demás pueblos originarios del mundo, los que hoy resisten a la modernidad devorante, al despojo, al avance de la urbanización sin control, a los proyectos de “desarrollo” que sólo les generan mayor pobreza y marginación, ¿acaso ahí no está la osadía mirando al opresor, superado al miedo mientras se defiende la vida propia y la comunitaria?
Acaso no está más invisibilizada la osadía al mirarse con la lupa de la lectura de la realidad, esa que desnuda el acontecer y nos revela sus raíces profundas, históricas, económicas, políticas y sus manifestaciones culturales, y me refiero claro a la osadía de las mujeres que luchan contra el machismo, contra el patriarcado, contra ese pacto patriarcal que nos hace a los hombres opresores, aunque juremos ser aliados. Mujeres que luchan desde niñas, desde siempre, y han sabido que para caminar deben sortear estructuras injustas y violentas, esas que nunca han debido existir.
No podemos negar que hay tantas situaciones en las que la osadía nos ha salvado del miedo, aunque también debemos reconocer que de vez en cuando el miedo nos salva de la osada irracionalidad. Pero creo que la historia humana se enmarca en esa dicotomía, y al decirlo no puedo dejar de pensar en Palestina, en su pueblo y nación, en sus infancias, esas que hoy aprenden que, si ceden al miedo su identidad y cultura serán borradas para siempre, pero si lucha pueden morir como tantos ya lo han hecho, pero lo harían sabiendo que su osadía es una semilla de esperanza.
Ahora bien, todo esto nunca llegaría a nosotros si la reflexión fuera siempre dominada por el miedo, sin la generación de pensamiento crítico, si la educación sólo fuera puesta al servicio del interés inhumano y fuera siempre «bancaria», si no hubiera docentes que rompen las cadenas haciendo de la osadía una virtud, pues todas y todos conocemos a uno o más docentes que hicieron o hacen suyas las reflexiones de Paulo Freire e Ira Shor presentadas en el libro Miedo y Osadía, quizás incluso sin leerlas, y caminaron-caminan la senda de la educación liberadora, leyendo la realidad de forma crítica, con la conciencia y contextualización como parte de su práctica docente diaria, sembrando su semilla, quizás humilde, pero digna, y esos mismos docentes, resurgidos, renacidos vuelven a luchar por los derechos, por la sociedad, por todas y todos, sin importar los ataques de arriba, de abajo, de la derecha y la izquierda adormecida.
Y nosotros, ¿qué haremos como colectivo educativo?, ¿dejaremos que el fuego fogatero se apague o lo multiplicaremos en cada rincón que podamos? Yo confieso que mi mayor miedo es dormir cada noche sin haber regado la semilla de la osadía y despertar cubierto por el miedo que calla, justo cuando más debemos gritar…
Nota: texto leído en la séptima sesión de la Fogata Freireana “Mayab, un renacimiento pedagógico”, realizada en el CEDE Inalámbrica.







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