La amapola más roja y más leve crece sobre las tumbas desatendidas.
El árbol que da mejor fruta es el que tiene debajo un muerto.
José Martí
Sí, sueño con una gran sabana donde florecen bellísimas y hasta espectaculares flores. Presentes todos los nombres, colores y tamaños, unas altivas y otras expectantes como quien espera una mano que la tome con dulzura para alegrarle el alma. Acá una roja que te deleita la vista; allá otra que se esconde, un poco apenada, por tanta gracia y lozanía; y allá con cierta altivez se puede ver una como retadora por su gracia y talante. Es como una fiesta de maravillas.
Usted las puede ver en manojos o solitarias, pero todas formando un jardín de extraordinaria belleza. Para los buenos de este mundo ellas son un oasis perenne que obliga al deber sagrado de cuidarlas siempre y ser inspiradoras de escritores, pintores y poetas; y hasta representan un bello romance que, como fruto divino, nos traerá la inefable alegría de disfrutar la sonrisa de un niño como el mejor símbolo de paz y felicidad. ¡Qué gran deleite ver a un niño entregando una flor a una niña!
Y que dolor tan punzante podemos sentir en el alma al comprobar cómo muchos de este mundo se empeñan, precisamente, en destruir tanta grandiosidad de la naturaleza. Y lo hacen con desenfado, tal si fuera un deber que les ha ordenado un ser de allá, de la supra divinidad. Pero lo más insólito es comprobar cómo mueren niños y niñas asesinados por seres tan infames que no reparan siquiera en que éstos son, precisamente, el futuro jardín de la paz y la fraternidad humana.
No debe haber perdón para tanto derroche de maldad. La humanidad tiene que reaccionar urgentemente y frenar el odio. No es posible conformarnos con esta triste realidad y ver, pasivamente, las imágines de criaturas famélicas, sucias, con harapos y un semblante de agonía que se mezcla con el horror, porque de seguro engrosará la negra lista de infantes que mueren por efecto de las bombas u otros que aún se encuentran debajo de los escombros. Y sus padres, si es que viven, buscando a sus retoños; se empecinan en la tarea, aunque con la certeza dolorosa de que no lo encontrarán vivos jamás.
¡Han matado a las flores! ¡Ya no existen! ¡No volverán a sentir el calor de sus padres!, ¡Murieron, sí, los mataron! Y entonces esta humanidad se conforma, no acciona, no lucha por evitar el horrendo crimen; organizaciones y gobiernos se hacen los desentendidos; y a lo sumo, en el mejor de los casos, emiten pálidas declaraciones pidiendo que cese la guerra. Entonces… ¿cómo caramba lograremos frenar tanta maldad que ya rebasa todos los límites y se convierte en el genocidio que esta humanidad está viviendo?
La única respuesta tiene que ser, necesariamente, la lucha sin descanso, sin tregua, que los pueblos todos se unan en gigantesca masa, no para incendiar a la humanidad, sino para apagar el fuego de tanta villanía. Y con el triunfo, mostrarán manojos de flores nuevas que formarán el jardín de los pequeños adorados, y donde un niño, con su candor, bese la mejilla de una niña como máxima prueba de paz y felicidad. Debemos convencernos que aún, en los momentos más difíciles de la humanidad siempre ha triunfado el bien sobre el mal.







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