El Templo del Transbordo: crónicas de un pueblo que cree en el transporte público como su última religión

Ensayo satírico sobre movilidad, poder y otras penitencias urbanas

Antes de la ruta que me lleva al trabajo
hoy estoy dispuesto a mandarla al carajo
llévame hacia Hidalgo, hacia donde quieras, pero no cruces, no
por la estación del metro Balderas.

Rockdrigo González

En esta ciudad (que no vamos a nombrar para no herir las sensibilidades de todos los alcaldes y gobernadores que aún deben facturas o tienen orden de aprensión), el transporte público no es un servicio, es una experiencia mística.

Cada mañana, millones de fieles se congregan en estaciones disfrazadas de “arquitectura moderna” para participar en la misa diaria del transbordo. No importa si hay calor infernal, inundación bíblica o huelga de conductores: el pueblo acude porque tiene fe… o necesidad, que es una forma menos poética, pero más exacta de creer.

La infraestructura de transporte en esta blanca ciudad es una oda a la contradicción: techos de diseño cristalino, pero sin sombra; rampas de acceso que terminan en escaleras o postes de luz. Todo tiene una estética monocromática y progresista, como si alguien quisiera ganar premios de arquitectura en Europa vendiendo propaganda, pero sin preocuparse si realmente eso funciona.

Hay estaciones con domos de policarbonato traslúcido que convierten la espera en un microondas. Otras, cuando llueve, se convierten en albercas olímpicas gracias al tradicional “sistema de desagüe profundo e inteligente” que sólo existió en renders vendidos en PowerPoint. Los ciudadanos, por su parte, se adaptan: llevan paraguas, botas, toallas, abanicos, sombrillas y la paciencia de un santo.

Cada administración inaugura líneas de transporte como quien abre un parque temático: con pancartas, fuegos artificiales y una fila de funcionarios en guayabera tan blanca como su conciencia que juran que ahora sí “la movilidad será digna y eficiente”. Pero el pueblo ya aprendió que esas promesas se evaporan más rápido que el agua en el techo de policarbonato.

Las obras tienen más etapas que una telenovela. Todo financiado con sobrecostos mágicos: una estación que iba para una ruta se multiplica y se convierte en 5, costando 5 veces más. Y, como toda buena historia de poder, hay personajes clásicos: el subsecretario de Nada, el contratista fantasma y la ya legendaria “consultoría internacional”, que cobra en dólares y opina en abstracto y en inglés anglosajón para que nadie pueda entenderle.

El verdadero sistema que sí funciona es el de la corrupción. Las rutas del dinero son más eficientes que las del transporte. Aquí, el único transbordo exitoso es del presupuesto público a las cuentas fantasmas. Licitaciones sin competencia, empresas que cambian de nombre como fugitivos y líneas o rutas que nunca inician funcionamiento porque siempre “falta un detallito técnico o legal”.

Pero no todo es malo. Gracias a estos desvaríos, se han creado empleos: abogados, comisionistas, tinterillos y urbanistas diseñadores de fotorenders falsos mediante IA tienen trabajo asegurado por sexenios.

Y en medio de todo, el pueblo. Ese héroe anónimo que se lanza al bus en movimiento, que empuja, grita, araña, jala el pelo y cede el asiento y suda junto al extraño oliéndose el xic, como si fueran hermanos de guerra. Donde la fila para subir al bus es el último espacio de organización civil; nadie la respeta, pero todos se indignan cuando alguien se la salta.

Después de cada “12 minutos” (o dos eternidades y un poco más), llega el bus y tendremos suerte si nos da parada, porque si viene lleno, no tendremos oportunidad. Aquí no se sube, se penetra. El que entra primero, aprieta; el que entra al último, flota. Nos acomodamos como piezas de Tetris, con una solidaridad forzada que ya no necesita palabras para comunicar. Un codazo, un movimiento pélvico sospechoso, una disculpa innecesaria… todo eso comunica. Adentro, una señora grita: “¡Cierren esa puerta, que me deshidrato!”. Otro saca un desodorante en aerosol y lo pasa en círculo, como incienso. Un rito urbano local, de esos que nos unen más que cualquier bandera o rezo en Día de Muertos.

La verdadera solidaridad se ve cuando todos ayudan a abrir una puerta atascada y gritan: “¡Bajan!”, cuando el chofer no da la parada o cuando comparten una sombrilla mientras se inunda el paradero: podremos mojarnos los pies con el agua a las rodillas, pero no la cabeza ni el dorso. ¡Eso es dignidad! Esa es la fraternidad forjada en la desgracia.

Y, como si no fuera suficiente la corrupción, el clima extremo y la arquitectura inútil de los paraderos, la naturaleza también se suma al boicot. Ahora, al retornar con las “nuevas unidades”, el transporte es una sauna rodante cuando hay sol o un arca de Noé sin animales, pero con goteras los días de lluvia.

Y cuando los conductores hacen huelga porque no les han pagado en dos meses, el sistema colapsa… y el gobierno responde con un tuit. Porque la única movilidad garantizada es la de los funcionarios hacia sus puestos de confianza. El pueblo solo sonríe entre tantos memes de personas tocando su guitarra en las redes sociales.

Nada hay más difícil de llevar, más peligroso de conducir, o de éxito más incierto, que tomar la iniciativa en la introducción de un nuevo orden de cosas

Nicolás Maquiavelo

La verdadera ironía es la que se encuentra en la estación “Resiliencia” (sí, así se llama, pero la conocen como Transbordo), que quedó anegada hasta la rodilla, y ahí, con el agua turbia moviéndonos al ritmo de vals, los funcionarios de transporte repartían volantes con el eslogan del mes: Movilidad para todos.

A pesar de todo esto, el pueblo espera. Cada mañana, bajo el sol o el aguacero, con hambre o con rabia, los ciudadanos vuelven al templo del transbordo. No porque crean que esta vez funcionará mejor, sino porque no tienen otra opción.

En esta blanca ciudad, el transporte público es como la fe: se sostiene por pura esperanza, resignación y milagros ocasionales. La verdadera movilidad no está en los buses ni en las combis o taxis de diez pesos, sino en la capacidad del pueblo para seguir avanzando, aunque sea empujando para subir.

Y al bajarnos, improvisamos una procesión colectiva, unos cargando niños, otros ayudando a abuelitas, y alguno, con el espíritu de mártir, se ofrece cargar a quien no pueda caminar sobre el agua. Todos lo miran. Nadie acepta. Es lunes. Nadie cree en milagros los lunes. Pero sí creemos en algo más fuerte: la costumbre.  

La terca costumbre de caminar cinco cuadras extra porque la calle inundada no deja pedir parada, costumbre de ver al político en turno prometer una nueva línea y mejores unidades y el costo bajará porque le pondrá subsidios a la movilidad del pueblo. Así que, si Dios quiere y no se roban todo, este sueño llegará en 2045. Costumbre de vivir en ciudades diseñadas por gente que nunca ha pisado un bus en hora pico.

Y así seguimos, creyendo que el próximo gobierno, la próxima ruta, el próximo presupuesto… ahora sí nos van a brindar el transporte soñado. Mientras tanto, seguimos abajo esperando el siguiente bus. Mojados, sudados, apretados… pero juntos.

Al final del día, ya en casa, mojado, cansado pero ileso, reflexiono: ¡Qué cosa tan absurda esta ciudad!. Donde la infraestructura es de cartón, la movilidad es por puritita suerte y la única planificación urbana es el azar ante el caos. Y, sin embargo, mañana volveré al mismo paradero a tomar la misma línea. Como todos. Porque, aunque el bus no llegue, el pueblo sí lo hace. A pie, en bus, empujado o en lancha si llueve. Nos movemos no gracias al sistema, sino a pesar de él.

Al final, no tenemos transporte digno, pero sí un doctorado en sobrevivirlo. Y eso, supongo, también es una forma de avanzar

Arquitecto y Maestría en Arquitectura por la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Yucatán. 2004 y 2010 Profesor de la Facultad de Arquitectura de la UADY de 2011 al 2017, de la Universidad Vizcaya de las América, del Centro Universitario de Valladolid (CUV) y la Universidad de Yucatán (UNY). Arquitecto responsable de los proyectos de Restauración de catorce edificios religiosos patrimoniales en el Estado de México derrumbados por el sismo de 2017. Asesor en dos proyectos sociales de vivienda en comunidades rurales sobre autoconstrucción asistida (en PLANCHAC 2015 Vivienda Popular como unidad doméstica sustentable; Medio ambiente y cultura) y Construcción de vivienda vernácula (en Tahdziú 2005). Y como Investigador asociado en el área de Seguridad en la construcción en los conjuntos de vivienda en serie del proyecto CONAVI – CONACYT clave 236282 y clave SISTPROY UADY 2015001. (2015 – 2016) Arquitecto copartícipe en la reconstrucción de viviendas destruidas por el sismo de 2017 en localidades de Chiapas, coordinando a estudiantes de Arquitectura participantes. Docente de las asignaturas de taller de materiales, Restauración, Taller de Proyectos y Teoría e historia de la arquitectura regional, Diseño Bioclimático, Así como de diversos cursos de materiales y sistemas constructivos, Técnicas de restauración y Autoconstrucción asistida de vivienda. Actualmente investigador sobre eficiencia en el uso de materiales entre los que destacan la madera, la tierra, la piedra y otros materiales naturales, así como la realización de proyectos arquitectónicos de vivienda.