La charla fue prolongada, todo giraba en torno a la salud afectada, no tanto por enfermedades graves, sino por “dolencias propias de la edad”. Mientras escuchaba cada una de sus palabras y con la mirada fija en sus labios, recordé (como en segundo plano) aquella canción que conocí de joven y decía: “el tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos”.
Y así, permanecí impávido, escuchando su arrepentimiento de haber acudido al servicio médico, de pasar por la realización de análisis clínicos, tener que oír a un especialista imberbe, a otro que no por mayor era mejor y, finalmente, esgrimir lo anterior como razones para no regresar jamás con estos expertos una vez cumplida la orden de realizarse otros exámenes de laboratorio.
-Sólo me estresan, me ponen de mal humor, hasta tengo pesadillas. Hubiera sido mejor no ir, no saber de esos males con los que he vivido más de seis décadas, dijo con enojo.
No sólo disgusto, esta vez también vi tristeza en su mirada que, pese a todo, para mí sigue siendo cautivante, me encanta.
Cuando todavía planeaba la mejor forma de decirle que su determinación me preocupaba, y mucho, de sus labios hermosos brotó lo siguiente:
-Cuando decidimos que gozaríamos juntos nuestro amor el tiempo que nos queda de vida con la capacidad de movernos sin ayuda, y sobre todo, de poder compartir con lucidez nuestra capacidad intelectual, lo hicimos conscientes de que la década que iniciábamos era la mejor y el mejor tiempo para disfrutarnos uno a otro.
Y tiene razón. El crecimiento de nuestras edades nos acerca a lo irremediable, pero no siempre trágico: la muerte.
Así, recordé que aún podemos pensar con claridad y agudeza; charlar largamente todas las mañanas después de un sabroso desayuno; que somos capaces de escribir y publicar nuestras ideas, aunque disgusten a algunas personas, y además, todavía podemos planear juntos otras incursiones por el mundo.
Y de esta manera, como sólo ella sabe hacerlo, me llevó de la mano y no pude resistirme.
Si somos dos personas mayores, guapas, inteligentes, decididas, que sabemos controlar temores durante el enfrentamiento con el opresor deshumanizado; que aún gozamos el clímax de nuestras facultades mentales en la plenitud de nuestras vidas… ¡pues hay que darle!, y como decía alegre mi amigo don Félix, ¡a seguir luchando!, sobre todo si hay amor, mucho amor que nos incita a seguir alcanzando más espacios de felicidad.
Mi silencio fue voluntario, seguí saboreando mi café. Escucharla es, casi siempre, un deleite, su voz y mirada me cautivan, como cuando nos enamoramos. ¿Ya se los había dicho?, la amo por eso.







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