El pasado sábado 14 de marzo, tuve la oportunidad de entrevistar al escritor Benito Taibo respecto a su nuevo libro Cuchara y Memoria 2, en la Feria Internacional de la Lectura Yucatán (FILEY). La cita fue en la sala de autores, a donde Benito llegó con una gran sonrisa y con la amabilidad que lo caracteriza.
Comenzamos con las preguntas que tenía preparadas para él, y a continuación comparto algunas de sus ideas y sentir respecto a la segunda entrega de Cuchara y Memoria.
-¿Cómo nació la idea de escribir la segunda parte de “Cuchara y memoria”?
-Porque me quedé corto con la primera. Cuando hablas de comida, el universo entero se despliega. Cuchara y memoria es un libro de un curioso (yo) para curiosos que están del otro lado.
La comida está íntimamente ligada a la civilización y a la evolución humana, se cruza con la literatura, el cine, la física, la química, la historia, las revoluciones. No cabía en un solo tomo. Por eso este segundo volumen, que va de la L de langostas y literatura a la Z de zapato. Y sí, uno podría preguntarse por qué termina en “zapato”, pero eso me permite hablar también de la relación entre comida y cine.
Es, además, un recorrido sentimental por las comidas que me han hecho ser quien soy. La comida es cultura y tiene que ver con todo lo humano, incluso con nuestra evolución. Como señala el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga, probablemente una homínida, en la sabana africana, se atrevió a probar la médula de un hueso. Esa proteína animal impulsó el desarrollo del cerebro humano. Estamos aquí, como sapiens, gracias a esa primera gran aventurera.
-La comida parece funcionar como una máquina del tiempo. ¿Por qué crees que los sabores activan recuerdos tan poderosos?
-Porque de eso estamos hechos. De lo que leemos, de lo que vemos, de lo que besamos, pero sobre todo de lo que comemos. Somos lo que comemos y somos también el resultado de múltiples mestizajes y sincretismos culturales.
Piensa en el Intercambio colombino, si no hubiera ocurrido, la cocina italiana no existiría como la conocemos, porque no habría jitomate. A su vez, el encuentro entre los pueblos originarios de América y los españoles fusionó distintas formas de entender y comer el mundo, cargadas además de influencias árabes, romanas, fenicias.
Somos una mezcla extraordinaria. Yo soy un defensor absoluto de los buenos mestizajes.

-Si tuvieras que elegir un sabor que resuma tu memoria, ¿cuál sería?
-La fabada. Vengo de una familia asturiana y la que hacía mi madre era extraordinaria. Cada vez que la pruebo veo su sonrisa y escucho la voz de mi padre diciendo, “prueba”. Ese “prueba” ha guiado mi vida.
Sentarte frente a algo nuevo y probarlo transforma el cerebro, las papilas gustativas, el olfato. Alguien tuvo que atreverse por primera vez a comer un ostión, que parece una piedra, y descubrir lo que era. Lo mismo con el fuego, con la carne cocida, con la sal, con los utensilios, con las especias. Todo ha sido una cadena de descubrimientos que seguimos ampliando hoy.
-En tu obra siempre aparecen libros y autores. ¿Cómo dialogan la literatura y la cocina en Cuchara y memoria 2?
-De forma inevitable. En los grandes libros civilizatorios, la Ilíada, la Odisea, la Biblia, el Mahabharata, el Talmud, la comida aparece como elemento esencial, cohesionador, profundamente humano.
En la ficción ocurre algo interesante, cuando un personaje come, se vuelve cercano. Si no come, desconfiamos de él. Comer lo humaniza.
La literatura está hecha de pasiones humanas, y por eso genera el fenómeno de la otredad, la posibilidad de verte a ti mismo en los otros. Así se crea un vínculo con quien cuenta o vive la historia.
En la primera página de Don Quijote de la Mancha aparecen tres platillos. Y en el relato de Adán y Eva, la expulsión del paraíso ocurre por comer un fruto que yo creo que no era manzana, sino higo, más suntuoso, más erótico, y más coherente con la iconografía.
-¿Crees que la memoria literaria es tan importante como la memoria -personal?
-Son la misma. Estamos hechos de lo que leemos y de lo que comemos. Yo soy Sherlock Holmes, soy Peter Pan, soy Robin Hood, y al mismo tiempo sigo siendo yo.

-¿Qué tipo de lectores imaginas cuando escribes?
-No los imagino. Son mis amigos. Escribo para ellos.
Como decía Federico García Lorca, “yo escribo para que me quieran”. Y lo repitió Gabriel García Márquez. Yo escribo por curiosidad, por sed de conocimiento, pero también para establecer ese contacto con los otros.
Por eso las ferias del libro (y en particular la Feria Internacional de la Lectura Yucatán) son tan importantes, porque son espacios de encuentro con lectores con quienes compartes afinidades sin haberte conocido antes.
-Si pudieras invitar a tres escritores a cenar, ¿quiénes serían y qué les cocinarías?
-Invitaría a Oscar Wilde, por esa frase que me acompaña, “puedo resistirlo todo excepto la tentación”. Le serviría un mole poblano; imagínate su reacción viniendo de la Inglaterra del siglo XIX.
También invitaría a Mary Wollstonecraft Shelley (llamándola por su nombre completo), y a Homero. A él le iría narrando, como si fuera un canto, todo lo que tiene frente a la mesa.









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