Algunas historias familiares se cuentan una y otra vez hasta convertirse en leyenda. Otras, en cambio, se esconden, se guardan debajo de la lengua, entre fotografías viejas, en las conversaciones que terminan abruptamente cuando alguien entra a la habitación, pero, aunque nadie vuelva a mencionarlas, permanecen allí.
Quizá por eso una de las frases que Sophie Goldberg me dijo mientras conversábamos sobre su libro “La piel de las azucenas” se quedó rondándome mucho después de terminar la entrevista: “Los secretos hacen que los fantasmas nunca desaparezcan”.
La realidad es que esta novela está hecha de secretos, mujeres y fantasmas familiares. Goldberg nos ofrece una historia que comienza en 1956, cuando Elia queda viuda y abandona Veracruz acompañada de Rosario, su hija de trece años.
Llegan a una Ciudad de México inmensa, complicada y prometedora, donde los mercados, las vecindades y particularmente La Merced y Jamaica se convierten en escenario de una historia que atravesará tres generaciones: Elia, Rosario y, finalmente, Azucena.
Entre las páginas de este ejemplar me encontré con tres mujeres, tres tiempos y una pregunta que acapara toda la novela: ¿podemos escapar de aquello que heredamos?
Ya que, además de los rasgos físicos recibimos costumbres, maneras de amar y hasta silencios. Sophie me lo explicó de una forma que me pareció particularmente hermosa, al decir que hay cosas que recibimos de nuestras ancestras sin que nadie tenga que explicárnoslas; llegan a nosotros incluso “a través del olfato y del tacto”. Pero también heredamos miedos, culpas y secretos.
“La piel de las azucenas” habla precisamente de lo difícil que resulta detener aquello que lleva generaciones repitiéndose. Durante nuestra conversación hubo otra reflexión de Sophie que me conmovió: “No se necesita ser una heroína histórica para que haya un libro acerca de estas mujeres”.
Nos acostumbramos a buscar las grandes historias en personajes extraordinarios, mientras alrededor nuestro hay mujeres realizando grandes hazañas todos los días.
Mujeres trabajando, criando hijos, haciendo rendir el dinero, protegiendo a los suyos, sobreviviendo a pérdidas y levantándose a la mañana siguiente, porque sencillamente no pueden darse el lujo de permanecer caídas.
“Somos las mujeres de todos los días, somos las mujeres de a pie las que merecemos este reconocimiento”, me dijo.
Por eso las azucenas resultan una metáfora tan acertada, la autora las eligió porque parecen flores comunes y, sin embargo, son capaces de enfrentarse a condiciones adversas y continuar su camino, así como tantas mujeres que han aprendido a florecer, incluso cuando nadie se preocupó demasiado por regarlas.
Para reconstruir aquel México, Goldberg caminó por los mercados de La Merced, Jamaica y Sonora; habló con comerciantes y escuchó historias que han sobrevivido durante décadas.
Me platicó que no fue sencillo ganarse su confianza. Son comunidades que protegen sus espacios y sus recuerdos. Pero cuando finalmente las puertas se abrieron descubrió algo fascinante: “En La Merced todo se hereda”.
El puesto que hoy atiende alguien probablemente perteneció antes al padre, al abuelo o al bisabuelo. Pensé que pocas frases podían explicar mejor esta novela. Porque en esta historia también, todo se hereda. Hasta que alguien decide que ciertas herencias deben terminar con ella.
Ese alguien es Azucena. Y lo hace mediante algo que quienes amamos los libros entendemos perfectamente: las palabras. “Para mí la palabra oral es importantísima, pero la palabra escrita es sagrada”, me dijo Sophie.
Azucena escribe para comprender. Para reconocer. Para honrar. Pero, sobre todo, para liberar. Tal vez ése sea uno de los regalos más hermosos de la literatura: permitirnos mirar hacia atrás sin tener que regresar. Conocer las historias de quienes estuvieron antes, comprender sus decisiones, agradecer lo recibido, decidir qué queremos conservar y qué no queremos seguir heredando.
Porque romper una historia familiar no siempre significa renunciar a quienes vinieron antes. A veces significa exactamente lo contrario: honrarlas lo suficiente como para escribir un final diferente.







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