El mar, una vez que te hechiza,
te engancha en su maravillosa red
para toda la eternidad.
Jacques Yves Cousteau
Miré a la izquierda, a la derecha; arriba, abajo, solo agua. Sobre mí, a lo lejos, el espejo de aire se movía con el oleaje. Debajo, la transparencia iba de un tono azul pálido a otro más oscuro. La visibilidad no mayor a diez metros. Estaba en la ingravidez, dentro de un silencio total. Rodeado del líquido más abundante del planeta.
Recuerdo que de niño, con el cuchillo de buceo del tío Raúl intenté clavar un tiburón muerto sobre la arena. El animal no era muy grande, pero sí imponente. Lo golpeé una y otra vez con fuerza, y ni siquiera le entró la punta del arma. Entonces vi sus ojos, como de vidrio; me miraban, fijos, sin sentimiento, vacíos; eso se me grabó para siempre. ¿Y si alguno apareciera? Por instinto, toqué el cuchillo ceñido a mi pierna. Si sobre la arena no pude clavarlo, aquí flotando, apenas lo empujaría.
De pronto, vueltas y vueltas como en una licuadora sin poder hacer nada. La presión en los oídos indicaba la profundidad; una corriente me arrastró varios metros más abajo. Después de unos segundos, la fuerza se detuvo; la carrera por la supervivencia a la superficie empezó en esas aguas frías, dominios de los grandes peces. Los que no pueden nadar cerca de la orilla porque se ahogan. En tanto subía, imaginé aquella mirada vidriosa con las mandíbulas abiertas buscándome. Mis piernas y brazos empezaron a moverse con mayor fuerza; eso, agotó más rápido el aire de mis pulmones. Cada segundo era más largo, desesperante. No lo contaría. Ya sea ahogado o hecho pedazos por una de esas bestias. Sin una o tal vez las dos piernas. Casi veía la mancha roja esparcida en el agua como cebo para tiburones.
En casa, a nadie le dije mis planes. La noche anterior, dormí poco esperando el amanecer para estrenar mi regalo de cumpleaños número trece: un equipo de buceo. Lo puse junto a la puerta de la calle, con los primeros rayos de luz salí sin hacer ruido. El mar me atraía como hechizado; la arena húmeda, las palmeras en movimiento con su sonido particular y el aroma dulzón de la uva marina son únicos. Ya sobre el muelle de Progreso soñaba con corales, peces de colores, una tortuga volando entre el agua. Al llegar a la L, lugar donde descargan los barcos no muy grandes, con emoción me ajusté las aletas, el visor a una presión adecuada para que no lastime. Inhalé varias veces; no se filtraba aire por ningún lado. Todo bien. Ahora lo más importante: el cuchillo de Chanoc. Eso iba en la pierna derecha, los zurdos lo usan en la izquierda. Listo; después una gran bocanada de aire, mano en el visor, la otra en el cuchillo, el snorkel bien mordido y llegó el momento: un salto al azulverdoso.
El impulso al entrar al mar me rodeó de miles de burbujas e hizo llegar más rápido al fondo. Flotar en el líquido sin sentir mi peso, calor; nada de ruido y ver las formas, colores, animales, plantas; la vida en su máxima belleza. Esa sensación no tiene igual sobre la tierra. Bajo el mar la percepción del tiempo cambia, todo parece lento, pero no lo es. Las cosas se mueven como en un sueño; se deslizan al mismo ritmo. Gocé esa armonía hasta sentir la falta de aire y mi vulnerabilidad.
Los metros bajados, eran los mismos por subir. Iba para arriba cuando me sorprendió esa corriente. Después de la arrastrada, al retomar control, cada segundo era una hora y centímetro, un kilómetro. La espuma allá en lo alto, mis pulmones colapsando, no podía más. Pegué la barba al pecho, mis brazos colgaron; por momentos solo movía las aletas.
El estallido al llegar a la superficie hizo que por instinto tragara aire una y otra vez. La vida es un suspiro. La mar me parió en el ahora, flotando sobre ella, bajo el sol, la brisa, las nubes. Oía de nuevo: el viento, el graznido de las gaviotas, el golpeteo de las olas contra los pilares del muelle y hasta el ruido de los coches que pasan sobre él. Extendido en forma de cruz, me mecía; respiraba por la boca, luego de unos segundos, poco a poco lo iba sacando para reparar el daño. Cuando me recuperé, abrí los ojos.
Yo abajo del muelle, en el vaivén marino. Desde allí los arcos se ven majestuosos, hacen sentir insignificante a cualquiera. En ese momento la imagen de peligro volvió, empecé a buscar sobre las olas alguna aleta rondándome. No había nada. A lo lejos, a más de un kilómetro, apenas sobresalía del mar la línea blanca de la orilla. Con desesperación me arranqué el visor, enfilando hacia la playa. Pasaron quince o veinte minutos de patadas y brazadas bien sincronizadas, cuando el cansancio, más la ansiedad por llegar hicieron mis movimientos descoordinados. Los esfuerzos por recobrar la calma no solo eran inútiles, sino que empeoraron la situación al notar que me volvía más torpe. Al girar la cabeza para respirar, el movimiento no fue suficiente; en lugar de absorber aire, tragué agua. Tocí sin parar hasta que, de manera involuntaria inhalé; el líquido salado entró por mi nariz. Pánico, estertores, mucho frío. Sin control el agua llegaba a los pulmones. Todo fue muy rápido, un fuerte dolor y dejé de moverme; mis ojos se cerraron, yo era de plomo, iba para abajo. Moría, no por un tiburón, sino por el miedo, por lo que imaginaba, un futuro que nunca llegó. Caí en la inconsciencia.
El silencio crecía…
El concepto de tiempo lineal cambió. Los recuerdos aparecieron uno tras otro, como en una película pasando muy rápido.
Mi mamá me hace taquito con un pañal.
Manejo una bicicleta con rueditas.
Voy a la primaria de la mano de mi papá.
Gosque mueve la cola, se lanza y empieza a lamerme.
Es de noche,estoy en mi hamaca, las olas del mar se oyen a lo lejos.
Las olas, olas, olas; silencio.
El silencio decrecía …
Una mano me jaló del pelo hacia arriba. Sonido, olas, viento. Gritos:
¡Sácalo, sácalo, súbelo al bote! ¡Ponlo boca abajo! ¡Estírale los brazos!
Vomité agua salada, tosía.
Abrí los ojos.








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