Cuba tiene muchas cosas buenas: música, historia, clima, playas… y una pasión abrasadora y evidente: la cultura de la reparación.
A partir de 1962, el bloqueo de Estados Unidos cerró muchas puertas en la isla, pero se abrieron ventanas y, sobre todo, nació un arte de la inventiva y la supervivencia.
Cuando se pasea por las calles de Cuba resulta difícil no poder escuchar peculiares gritos: “compro trozos de oro y plata, arreglo colchones y cocinas, relleno fosforeras”. Se compra y se remienda todo lo que se pueda.
También al deambular por sus ciudades se avista una exposición permanente de autos clásicos. Ahí están los icónicos armatostes americanos de los años 50, esos “yanktanks” que, con paciencia, creatividad y buen pulso, siguen rodando contra viento y marea.
“Estos coches son como familia. Si uno se avería y no se puede recomponer, sería la pérdida de un capítulo de nuestra historia”, explica Juan Carlos Ruiz, mecánico de oficio y poeta del carburante.
No tan lejos de los llamados almendrones, ni tan distantes de los modernos vehículos chinos, coreanos o japoneses, recorren aún las maltrechas vías los sempiternos Ladas, de la época soviética.
“Los laditas” aún resisten como robustos viejos de metal de cuatro ruedas que cumplen cada uno su trabajo con una fidelidad obstinada.
El dilatado cerco de la Casa Blanca “nos hizo ladrones, no de coches, claro, sino de ideas. Nos las arreglamos, adaptando motores y frenos, y transmisiones sin piezas ni ayuda”, reconoce Ruiz.
Un buen amigo —y a menudo muy gruñón— “el Lada no te deja tirado”, dice la conductora y cronista de autos, María Elena Urrutia.
Sin embargo, la magia no termina en el taller. Las reparaciones, dentro de los hogares de los cubanos, adquieren una especie de cualidad alquímica. Para muchos, un motor de lavadora que no funciona es chatarra. Para otros, es el suministro que puedes usar para crear un ventilador hecho por ti mismo: otro pequeño milagro en el calor del Caribe.
Si quieres vivir, tienes que ingeniártelas. Pedro Reyes, un abuelo radiante que muestra un ventilador construido con piezas de bicicleta, un motor reciclado y una hélice hecha en casa, comenta: “Aquí nadie tira nada; todo tiene una segunda e incluso tercera vida”.
Y esta cultura no sólo tiene que ver con ahorrar dinero o la necesidad económica, sino también con construir independencia y resistir ante graves necesidades.
“Hay que ser un experto en todo, sobre todo porque no encuentras nada. El bloqueo nos convirtió en especialistas en reinventar la rueda, incluso literalmente”, bromea Luis Ramírez, un joven ingeniero y admirador de la abuela por su capacidad para arreglarlo todo. “Nos ha enseñado a no depender de nadie, a creer en nuestras manos y a pensar”, añade.
Así se resarce en la isla. No se hace como si fuera para pintar una postal para turistas, sino como imagen auténtica para mostrar creatividad, libertad y memoria.
Porque en Cuba, reparar no es sólo arreglar, es vivir.








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