La construcción de nuevas realidades, donde el respeto a los derechos elementales de todos los seres humanos sea un hecho y no un discurso, ha sido desde siempre la meta principal de la izquierda en el mundo, sin importar que por izquierda podamos entender una diversidad de proyectos políticos y propuestas de sociedades futuras, teniendo como punto común la superación de las desigualdades históricamente presentes en el desarrollo socioeconómico y cultural de la humanidad.
En la actualidad, el contexto global nos enfrenta a una muy compleja realidad donde la ultraderecha y los sectores conservadores han demostrado estar implementando una estrategia mediática que va logrando concederles espacios de poder económico y político, para después, una vez que han logrado alcanzar posiciones de gobierno (presidencias, alcaldías, diputaciones, etc.), dar marcha atrás a las conquistas históricas de los pueblos logradas a través de los movimientos sociales (lucha de clases), ejemplos hay muchos; en Argentina, Javier Milei desde primer momento inició sus agresiones contra los jubilados, las mujeres, la clase trabajadora, los estudiantes y los sectores populares, mediante contrarreformas antisociales de todo tipo; en Bolivia, Ecuador, Colombia y otras naciones latinoamericanas -gobernadas en las últimas décadas por proyectos progresistas-, la ultraderecha ha desplegado una guerra contra los derechos sociales, yendo desde la precarización de las condiciones de vida hasta el retorno de los proyectos privatizadores de los recursos naturales, tendiendo detrás la bota del imperialismo estadounidense, pero, además, las garras del sionismo israelí, que va, paso a paso, ganando terreno en América Latina gracias al sometimiento de los gobiernos ultraconservadores y la violación sistemática las soberanías nacionales.
Además, las agresiones contra Cuba, con el bloqueo genocida y la infinidad de manipulaciones informativas que se articulan en una perpetua campaña de mentiras, hacen del contexto actual una época de alerta continua, pues ya el imperialismo bajo el mando de Donald Trump ha demostrado no tener reparo a la hora de violar el derecho internacional y de intervenir militarmente en los países que desee, como en el caso de Venezuela, por lo que Cuba enfrenta un peligro aún mayor, en esta coyuntura de resurgimiento de la ultraderecha y de grupos neofascistas en la región. Pero también, a escala mundial, el genocidio contra Palestina ha revelado que la deshumanización nos es una discurso, sino una realidad, pues la muerte de miles de seres humanos se ha banalizado a un grado inconcebible, con discursos que a toda luz hablan de odio, racismo y supremacismo sin ningún tipo de consecuencia legal, dejando a todo el derecho internacional como letra muerta y un discurso obsoleto.
En México, la amenaza es real, el imperialismo estadounidense no descansa en las descalificaciones al Gobierno Federal, culpándolo de hechos que todos sabemos han sido generados por el propio imperialismo y por los gobiernos ultraconservadores -sin obviar las contradicciones actuales-, siendo precisamente estos grupos de la derecha los que hacen eco a las agresiones del imperialismo, pues su sometimiento es ideológico y por consecuencia práctico frente a los intereses inhumanos, y en los últimos años, con el crecimiento de la influencia del sionismo en entre los sectores de la derecha global, la búsqueda de injerencia sea diversificado, utilizándose estrategias “culturales y educativas” para impulsar una guerra cultural que en el fondo es absolutamente política.
Y es justamente ahí, en la guerra ideológica-cultural que se despliega entre uno y otro proyecto político, entre la(s) izqueirda(s) y la derecha, donde es necesario avanzar con firmeza, sin dejar a un lado los debates connaturales de la izquierda, pero siendo claros en que el avance de la ultraderecha en el mundo no es un juego y mucho menos algo que beneficie a los pueblos y sus derechos. Las izquierdas, como parte de sus proyectos emancipatorios, han implementado estrategias pedagógicas muy diversas, teniendo entre ellas a la educación popular y la educación liberadora, cuyo impulsor fuera Paulo Freire, quien desarrollo su metodología alfabetizadora partiendo de la realidad, del contexto y del reconocimiento del saber de los pueblos, dando a las condiciones materiales un lugar central en su análisis contextual, por lo que su pedagogía nació como una herramienta libertadora, y eso es hoy lo que debemos redoblar como izquierda; refundar los espacios comunes de dialogo, debate, análisis y propuesta, siendo estos los mismos de siempre: la casa, el centro laboral, las escuelas, las calles, el barrio, la asamblea, la reunión entre campañer@s y camaradas. Pues así, retomando el dialogismo pedagógico es cómo podemos desarrollar estrategias eficaces para dar la batalla cultural en todos los espacios, físicos y virtuales, partiendo siempre, eso sí, de los principios fundadores de la izquierda: la búsqueda del bien común y de un nuevo mundo para todos los mundos.










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