Recuerdo el aviso que dieron en la facultad, no regresaríamos en un mes, tiempo suficiente para que el virus se vaya. Siendo un universitario de tercer año me fue sencillo dejar mis responsabilidades y consagrarme a jugar algo. El plan era ideal, vacaciones adelantadas sin pendientes y tiempo suficiente en casa para disfrutar de una aventura antes de regresar a la vida normal para concluir mi sexto semestre.
Todos sabemos como termina esta historia. Ya es agosto, y no hay una fecha próxima para que las cosas vuelvan a la “vieja” normalidad. En el transcurso de los meses han pasado muchas cosas: desastres naturales, cifras en aumento, perdidas. Las videollamadas son tan comunes como incómodas y salir a la calle es para muchos un acto de valentía o una necesidad para sobrevivir.
Los que permanecemos encerrados, por voluntad o suerte, nos tenemos que acostumbrar a un espacio tan familiar como desconocido. Los límites de nuestra casa o habitación nunca se habían sentido tan íntimos y asfixiantes. Ciertamente, podemos acechar por las ventanas, pero el paisaje de una calle vacía no ayuda a alejar ese sentimiento de soledad. Es, entonces, cuando tenemos que recurrir a otras ventanas.
Jugar videojuegos, puede ser para muchos una pérdida de tiempo, y quizá objeten que siempre será mejor ver una película, leer un libro e incluso consumir basura televisiva. Pero los videojuegos han avanzado mucho desde simplemente recorrer el reino champiñón rompiendo bloques con Mario. La cantidad de universos que existen ahora es casi infinita, con tantas posibilidades y con nuestro mundo real cayéndose a pedazos, visitar uno de estos destinos puede ser la mejor opción para combatir la soledad.
Viajar implica movernos, habitualmente eso implica abandonar un espacio y movernos a otro, ocupar otro espacio en el universo. En nuestros sueños también viajamos, el arte también nos lo permite, pero los videojuegos han creado una capacidad de inmersión que no solo nos transporta a otro lugar, también cambia la identidad que portamos, quienes somos en carne y hueso tiene su contraparte como código y memoria alojado en un servidor.
La parte del viaje lo componen los mundos disponibles para visitar. Aquí no hay panfletos turísticos, pero sí hay publicidad, molesta en su mayoría, pero efectiva para atraer a cantidad de jugadores. Los destinos pueden ser Azeroth, La grieta del invocador, Sera, Halo, Ylisse, tantos posibles lugares donde comenzar una aventura. Mundos de fantasía y también copias similares al mundo real. El espacio que decidimos habitar definirá las aventuras que viviremos, los caminos que recorreremos, quienes seremos. Esa es la posibilidad, viajar sin salir de casa, conocer un mundo a nuestra medida, ya que los tamaños también se adaptan a lo que uno quiera o necesite.
Pero estar en un nuevo mundo no basta, ya que el viaje es íntegro y requiere que nosotros también movamos nuestra identidad. En ocasiones encarnaremos a un personaje, con un rostro al que tendremos que asumir como propio por más dispar que eso nos parezca. También adoptaremos una voz y líneas prefijadas para que la historia no se descarrile y acabe siendo un archivo corrupto.
Sin embargo, existen las opciones más interesantes, aquellas que dan la posibilidad de elegir quien ser. Crear un alter ego, con el nombre y aspecto que uno desee, toma tiempo. Pueden ser minutos u horas, uno debe sentir que esos polígonos y texturas somos nosotros, o al menos esa parte que decidimos transportar dentro del juego, ya que ahí dentro habrá otros personajes/personas con las que tendremos que aprender a convivir.
Jugar implica comunidad, no importa si es un juego en solitario o un enorme multijugador. Cuando se ingresa entablaremos lazos con otras personas o con los personajes no jugables (NPC) que nos esperan. Pueden ser pequeños mensajes en una barra de chat, cuadros de texto e incluso hay quienes se arriesgan y encienden el micrófono esperando que alguien responda del otro lado de manera similar. Interactuar inevitablemente crea lazos, se hacen amigos, hay personas que buscan la forma de romper esas distancia y confinamiento para pasar el rato con otras.
Conectarse todos los días con amigos, divertirse y frustrarse, reírse es la esencia del juego. No es muy diferente a lo que se consigue con un balón en un parque, son recuerdos que se construyen y permanecen. En medio de la pandemia, los patios de juego se han trasladado a las computadoras, ahora más que nunca los videojuegos pueden ocupar un lugar en nuestra rutina como ese momento de escape, huir de las cuatro paredes que nos encierran sin salir de ellas es la mejor para muchos. En el mundo virtual hay personas, aventuras y oportunidades para olvidar un rato el caos de ahí afuera. Sabemos el que mundo va a retomar su ritmo, tendremos que salir, reconstruir la forma en que vivimos y darle nuevos significados. Llegará el momento de bajar los mandos y aventurarnos en las calles que dejamos vacías hace meses. Pero en lo que ese momento llega, dejemos al mundo en pausa y apretemos el botón Start, tenemos otros destinos por explorar.







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