Ante los estragos que la pandemia del virus conocido como SARS-Cov-2 y coloquialmente como Covid-19 y la esperanza que representa la producción y distribución de varias vacunas para vencerlo, se escuchan algunos pronunciamientos temerosos y en ocasiones estridentes contra la aplicación de éstas a la humanidad, las cuales son conocidas como voces anti-vacuna.
Es importante considerar lo que han significado las vacunas en el ámbito de la salud y el largo camino recorrido entre su descubrimiento y aplicación. Recordar que la enfermedad de la viruela, la mayor asesina del mundo, con consecuencias aún más letales que el cólera, la peste y otras, ya que tan sólo en el siglo XX provocó alrededor de 500 millones de muertes, hoy, gracias al descubrimiento del inglés Edward Jenner, el padre de la inmunología, ha sido erradicada y muchas otras enfermedades han podido contenerse.
La aplicación de estos métodos de prevención han estado rodeados constantemente de campañas de los opositores, las cuales son estimuladas en la mayoría de los casos, por creencias irracionales y recelos infundados, como ejemplo tenemos una famosa caricatura expuesta en el Museo Británico, en donde se sintetizan los temores a los métodos del doctor Jenner con la representación de vacunados cuyas caras de asombro observan cómo les crecen vacas o cuernos por todo el cuerpo.

Aún cuando se reconoce un escaso riesgo de complicaciones o reacciones ante la vacunación, es innegable que el beneficio recibido es mucho mayor a los inconvenientes, por lo que es imprescindible honrar a sus descubridores y sobre todo a los que propusieron su aplicación a nivel mundial. No menos loable es la actitud de los voluntarios que se han expuesto, con relativos pocos estudios sobre las consecuencias, a ser objetos de experimentación.
Un caso inédito se dio en el año de 1803, con la Real Expedición Filantrópica, conocida también como Expedición Balmis, que partió de España bajo la dirección del doctor Francisco Javier Balmis y Berenguer, adepto a las corrientes de la ilustración y al lema de: ¡Hay que salvar al mundo!, quien siendo médico personal del rey Carlos IV, planeó y lo convenció de costear tan importante misión para erradicar la viruela en todos los dominios españoles.
A principios del siglo XIX, las ciudades de Bogotá y Lima fueron duramente atacadas por el variola virus e informadas las autoridades españolas de los estragos que estaba causando. Tanto en España como en toda Europa ya se estaba aplicando con éxito la vacuna de Jenner y el rey español entendió su valor debido a que había perdido a una de sus hijas de escasos 3 años a causa de tan terrible mal, por lo que, justo es reconocerlo, a diferencia de Inglaterra, patria del descubridor de la vacuna, en donde no les interesó vacunar a sus súbditos en sus diversas colonias, Carlos IV accedió a los planes de su promotor.
El primer obstáculo al que se enfrentaron fue el modo de transportar la vacuna, sin métodos de refrigeración que garantizaran el traslado seguro de las laminillas donde, como se acostumbraba, se conservaba durante algunos días el virus vivo empapado en algodón, y considerando la dificultad de embarcar vacas con la infección durante las largas travesías de los barcos, se pensó en la utilización de niños.
Se preparó la expedición durante seis meses y se recurrió a los orfanatos y casas de niños expósitos, donde se calcula que en esos años, se recibían aproximadamente 2 niños al día. Dentro de los integrantes del equipo que se formó se encontraba un vice director, el doctor catalán Joseph Salvani, 2 médicos asistentes, 2 prácticos, 3 enfermeras y la rectora del orfanato de la Coruña: Isabel Zendal Gómez, a quien se le contrató para: “…que cuide durante la navegación, de la asistencia y el aseo de los niños que hayan de embarcarse…”

Fueron veintidós los niños elegidos entre los tres y los nueve años de edad, siendo una de las condiciones el que no hubieran padecido la viruela, entre éstos se encontraba el propio hijo de Isabel Zendal, Benito Vélez. Dentro de la relación de estos niños a algunos, los menos, se les consigna con su nombre y un apellido, pero a la mayoría únicamente se les relaciona como: Jacinto, José, o Cándido. Cada niño recibió un paquete con: 2 pares de zapatos, 6 camisas, 1 sombrero, 3 pantalones con su chaqueta y 1 pantalón de paño para el frio. Para su aseo personal recibieron: 3 pañuelos para el cuello, 3 pañuelos para la nariz, 1 peine, 1 vaso, 1 plato y 1 juego de cubiertos. Entre las indicaciones específicas sobre los niños, se consignó: “Serán bien tratados, mantenidos y educados, hasta que tengan ocupación o destino con que vivir, conforme a su clase y devueltos a los pueblos de su naturaleza…”. Cabe aclarar que de los 22 niños embarcados, uno falleció en el camino y ninguno de los 21 restantes volvió a España.
La considerada como la primera expedición sanitaria internacional de la historia, zarpó del puerto de la Coruña en un barco de nombre María Pita, el día 30 de noviembre de 1803, a bordo llevaba su preciosa carga de vacuna viva, andante y activa, los conocidos como: “niños de la vacuna”. El plan consistía en ir inoculando, conforme avanzaba el viaje, a uno o dos niños a la vez, es decir untarles a los primeros el algodoncillo de las laminillas impregnado con el virus, cuando enfermaban y les salían las pústulas comunes de la viruela los aislaban, recogían el fluido o suero que producían y a los 8 días, se repetía la misma técnica con dos niños más.

La misión fue todo un éxito, se consiguió llevar la vacuna a las Islas Canarias, Venezuela, Colombia Ecuador, Perú, Nueva España, Filipinas y hasta la lejana China, principalmente porque en cada sitio visitado se constituía una junta de vacunación para replicar los métodos. En México, Balmis recogió a 25 huérfanos más, con los que realizó una travesía en el navío Magallanes por el océano Pacífico de Acapulco, México a Manila, Filipinas.
La Real expedición filantrópica duró aproximadamente ocho años, el Doctor Balmis a los tres años regresó a España, no así el doctor Salvany quien murió en América, ni Isabel Zendal quién permaneció con su hijo viviendo y trabajando en la ciudad de Puebla, México, donde falleció.
Actualmente existen tanto en España como en América, principalmente en México, monumentos, escuelas de medicina o medallas tanto del doctor Balmis, como de Isabel Zendal. Sobre los “niños de la vacuna”, tanto los procedentes de España, como los mexicanos, que sin saberlo ni autorizarlo, fueron utilizados como objetos de experimentación y traslado de la vacuna, no existe reconocimiento alguno. Sin embargo, justo es mencionar que en esos años las leyes de protección a la infancia eran casi nulas e inexistentes en caso de niños huérfanos o expósitos, esos niños habían sido simplemente abandonados a su suerte, como una placa en el hospicio de la Coruña apuntaba: “Mi padre y mi madre me arrojan de sí, la caridad divina me recoge aquí”.
Hoy, ante la disyuntiva y los temores sobre los métodos sanitarios para detener el avance de la pandemia, que nos ha mantenido en zozobra desde hace un año, debemos recordar todo los esfuerzos científicos y humanos que han superado diversos personajes de la historia para llegar a obtener y difundir esa fórmula maravillosa que nos protege de ésta y otras enfermedades, llamada: Vacuna.







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