Publicar un libro equivale a soltar una turba de vampiros sedientos que se desperdigan en busca de la sangre y del calor humanos que habrán de brindarles esos seres robustos entre todos –los lectores—en cuanto se posen en ellos.
Apenas cae sobre el lector, el vampiro-libro se hincha de sus sueños y se convierte en lo que es: un prolífico mundo imaginario donde se mezclan las intenciones del autor y los fantasmas de quien lo lee.
Michael Turnier, «El vuelo del vampiro», 1981.
Si todos recordáramos que pronto estaremos muertos— la pandemia no parece haber sido suficiente—, seguramente terminaríamos de leer aquel libro que dejamos en el cajón el año pasado, abrazaríamos aquella persona que tanto amamos, miraríamos de forma diferente el cielo, sembraríamos un árbol, haríamos una lista de cosas que no nos perderíamos de hacer. Por fortuna, hubieron quienes no tuvieron que esperar ese límite y antes de dejar este mundo escribieron obras que valen la pena leer o releer en esta época. Tal es el caso de Mary Shelley o de Bram Stoker, cuyos nombres quizá podrían parecernos lejanos, pero no así sus personajes, quienes dieron nombre a sus novelas: Frankenstein y Drácula.
Lord Byron retó a los Shelley a componer una historia de terror. Días después, una pesadilla de Mary Shelley, generó la primera historia moderna de ciencia ficción y una maravillosa novela de terror con el entrañable personaje gótico que hoy todos conocemos: Frankenstein o El moderno Prometeo.

Drácula, por su parte, es otra de las novelas de terror más celebres de todos los tiempos. En 1897, apasionado por las ciencias ocultas y el vampirismo, Stoker decidió escribir una obra que reuniera estos elementos alrededor de un personaje maléfico. Aquello que le inspiró a la hora de escoger su protagonista serían unos relatos alemanes que hablaban de los actos de crueldad de un voivoda que reinó en el territorio comprendido entre el Danubio y los Cárpatos hacia el siglo XV. Se trataba de Vlad Tepes, conocido como El empalador. Su fama se la debió a su predilección por el empalamiento de hombres, mujeres y niños, entre otros modos de tortura, y, por supuesto, a su debilidad por la sangre humana.
Otro de los escritores del miedo ha sido Alfred Hitchcock, maestro del suspenso y el thriller cinematográfico. Sin embargo, la popularidad de sus libros se vio rebasada por sus películas. Sin embargo, la popularidad de sus libros se vio rebasada por sus películas. Así, el fenómeno que hemos observado en los últimos tiempos entre los amantes del terror, especialmente en el público adolescente, ha sido la enorme demanda de los libros de vampiros y licántropos, también adolescentes. Esto, junto con las historias de brujas y hechiceros, como las zagas de Harry Potter, Crepúsculo, Luna Nueva, Amanecer y otras más, le dieron un nuevo auge a la lectura entre los jóvenes; lo cual, a nosotros, padres, no debe espantarnos, que ya para espantos está sobrada la literatura. Al contrario, estamos presenciando la formación de lectores autónomos.

Recordemos que en el camino de la lectura, el ingrediente principal, como en los mejores hechizos, es el placer; que en la medida que va creciendo, va incrementando la voracidad y el deseo de abarcar más y más géneros. Eso sí, ese es el peligro. El gusto se va transformando en la medida en la que vamos leyendo más y más; y la necesidad de leer también va en aumento.
Por eso no podemos perder la oportunidad de estas épocas en que el misterio, la espiritualidad, la misticidad y la convivencia se mezclan para explotar, sobre todo, con los niños y jóvenes esa curiosidad que surge sobre los temas de la muerte, los fantasmas, espíritus y monstruos. Podemos explorar desde lo universal hasta nuestras costumbres, muy nuestras, desde la literatura mexicana hasta la de nuestros escritores yucatecos.
Aprovechemos, pues, el almuerzo, mientras comemos pib, para contar en familia algunos de nuestros mitos y leyendas de nuestra tierra, es también una manera de leer. Contemos las historias de aluxes, del Kakasbal, de la X’tabay, de Dzinzimito, de los wayes y de las brujas, que por las noches dejaban sus cuerpos y sus cabezas salían a rondar por el pueblo. Es hacer que nuestros niños y jóvenes se apropien de estos seres y los recreen para que ellos a su vez también tengan algo que contar a sus hijos.

En fin, sea Drácula, Frankenstein, Pedro Páramo, Crepúsculo, los fantasmas mayas o las leyendas del Mayab, lo importante es que nos demos la oportunidad en estos días de noviembre de tomar un baño de luna llena, con velas o sin velas, justo a la media noche, con un libro abierto, el que sea, no importa… quien sabe que pueda pasar…tal vez vuele de nuevo el vampiro…








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