Estamos viviendo, como humanidad, un mundo muy convulso que pareciera que está en una dualidad desesperante: o se negocia una paz, de no saber cuánto duraría y a qué costo, con el vehemente deseo que sea muy larga; o se desata una guerra con costosísimas consecuencias para toda la Tierra. No habrá vencedores ni vencidos. Pero son las ambiciones perversas de un capitalismo desfalleciente, desesperado por no perder privilegios y riquezas, que impulsa a la crueldad, siempre, sobre los que menos tienen.
Voraces, los anglosajones y socios por la obtención de las materias primas y recursos de los países periféricos o desprotegidos, y no tienen empacho en servirse de la guerra para obtenerlos.
Sin embargo, existen posibilidades tal vez quiméricas. Si las potencias no pudieran aminorar el tiempo de la hecatombe, los pueblos, que somos amantes de la paz, trabajar intensamente con las juventudes que son, por obvias sazones, quienes claman por un mundo mejor y un futuro que les asegure su existencia y logros.
La paz, es hoy el anhelo más deseado por los ciudadanos del mundo. Nos une el mismo sueño y trabajamos en ese mismo sentido. Nuestra voluntad ha de orientarse, persistente en esta tarea. Para el ser humano no hay imposibles. La historia da cuenta de las múltiples situaciones adversas que se vencieron. La historia nos avala. La solidaridad es la cadena que no debemos soltar. Aferrarnos a ella y con renovada FE, en nosotros mismos, salgamos adelante.








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