Inevitable es no adentrarse en el período posclásico mesoamericano cuando llegas a Maní y tratar de percibir las huellas de los tutulxiues asfixiadas en las llamas que Fray Diego de Landa avivó el 12 de julio de 1562 al organizar un “Auto de fe” en el que se perdieron códices y símbolos de los dioses mayas por considerarlos profanos, dejando como pista principal del “lugar donde todo pasó” el monasterio franciscano construido en 1549 sobre las cenizas de toda esa historia precolombina de la que falta mucho por saber, asentamiento español promotor de festividades en honor a la Asunción de la Virgen en el mes de agosto y a la Virgen de la Candelaria en febrero, fiestas que resaltan los múltiples monumentos históricos de los siglos XVI, XVII y XVIII con los que cuenta Maní como la Plaza de la Independencia; Plaza de las Ceibas, capilla de la Candelaria, templo de San Miguel Arcángel, capilla de San Juan, capilla de Santa Lucía y la capilla de Santiago.
Los 85.59 km2 de territorio plano y clima cálido-subhúmedo con lluvias en verano, sus cenotes y aguadas que favorecen la siembra del henequén y el maíz además de la fruticultura, la actividad ganadera, su fauna, el urdido de hamacas y la fabricación de artesanías hacen de Maní un lugar atractivo para sus 4000 habitantes y para el Telebachillerato Comunitario de Yucatán, cuya principal misión radica en impulsar a todos sus ciudadanos que cuentan con secundaria terminada a cursar el bachillerato en tres años.
Esa tarde cuando llegamos a la comunidad, la fina lluvia que caía cual rocío y la heladez que sentíamos nos invitó a escuchar de unos lugareños la leyenda maya del cenote enano, la cual pronostica que cuando el agua del planeta se acabe por el poco cuidado que le hemos dado al desperdiciarla y contaminar el manto acuífero sólo existirá el cenote enano de Maní para saciar nuestra sed, pero para poder tener acceso al vital líquido tendremos que esperar la aparición de una anciana que junto al dios Kukulcán convertido en serpiente exigirán, para poder beber agua en una cáscara de cocoyol, el sacrificio de un recién nacido. ¿Verdad o mentira? No sé, lo que si es cierto es que no hay poc-chuc más rico que el que se come en Maní.








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