Identidad y gentrificación en Yucatán

El presente artículo no pretende ser un trabajo académico y mucho menos científico, sino un espacio de reflexión sobre una realidad que, en nuestra entidad, hoy en el siglo XXI, sólo ha sido parcialmente abordada.

El concepto de identidad desde las ciencias sociales ha dado pie a un sinnúmero de discusiones, principalmente asociado a la categoría cultura. Sin embargo, algunas veces, para su estudio se han hecho cortes sincrónicos, por lo que se le ha visto como un fenómeno estático. Sin embargo, hoy más que nunca subrayo su carácter en constante construcción, dinámico, plural y cambiante en relación a las múltiples variables con las que interacciona en el tiempo y en el espacio. Así, las identidades, lejos de desaparecer, se han reinventado debido a la globalización, los flujos migratorios, la interconexión digital y el auge de las comunidades virtuales. Lo anterior como una reacción y forma de sobrevivir ante los furiosos embates de las políticas sectarias, racistas, sexistas y antidemocráticas de los gobiernos neoliberales.

Uno de los estudiosos de la identidad cultural del siglo pasado fue el antropólogo Guillermo Bonfil Batalla, quien la consideraba como un fenómeno eminentemente colectivo y relacional fundado en la coparticipación de una cultura propia, con un límite de fronteras bien delimitado frente a los otros. Para él, la identidad no era un simple listado de rasgos folclóricos estáticos, sino un proceso social y político ligado intrínsecamente al control cultural. Esto es, la capacidad de decisión que tiene un grupo social sobre el manejo de los recursos materiales, saberes, organización y símbolos de su propia cultura. La identidad sustentada en el patrimonio acumulado históricamente como suyo; sin ese sentimiento de pertenencia, la identidad se debilita. No obstante, se expresa individualmente; solo existe cuando se adscribe a un grupo social.

Bonfil denunció que el Estado mexicano buscaba una homogeneización cultural basado en el mestizaje, por lo que introdujo el concepto de desindianización, que no es una pérdida de la cultura real, sino un proceso histórico-político donde se obliga a las comunidades a renunciar a su identidad étnica originaria para integrarse a la sociedad mayoritaria, perdiendo con ello el control sobre sus decisiones colectivas.

El debate académico (pocas veces llevado a la práctica) sobre la identidad cultural y la multiculturalidad del siglo XX, evolucionó a conceptos como la interculturalidad, comunalidad y la ciudadanía étnica en el presente siglo. Así, la identidad cultural vista por los estudiosos (Gunther Dietz, león Pasquel, de la Peña, Schmelkes entre otros) del siglo XXI la conciben como una: comunidad transnacional que supera sus límites geográficos específicos por las redes digitales; con pleno derecho lingüístico a poseer y usar un idioma propio, principal vehículo de resistencia activo; con pleno reconocimiento al pluralismo jurídico y la autonomía.

En esta visión, el sujeto de estudio no es un objeto de estudio, sino un coinvestigador y productor de su propia teoría cultural. Es importante mencionar la posición de Sylvia Schmelkes cuando se refiere al combate del racismo a través de la educación intercultural, la cual no debe ser exclusivamente para el o los sujetos de estudio (minorías étnicas, de género, etc.) sino para toda la población mexicana mestiza en general.

Como podemos ver, el concepto de identidad cultural en sus inicios se abocó al estudio de los grupos indígenas, para después ampliarse hacia los grupos urbanos. En este sentido, los movimientos sociales, transformaciones y el desarrollo social de las ciudades, en interacción con el medio rural y con otros países, fue creciendo.

Los flujos migratorios, “polos de desarrollo y de expulsión”, políticas segregacionistas, el avance de los medios de comunicación y la tecnología motivaron el estudio de las grandes transformaciones socio-culturales; no solo a nivel de “La pequeña comunidad” (Redfield,1955), las “Luchas campesinas en Yaxcaba” del antropólogo José Luis Domínguez Castro en 1979, sino de “La aldea global” de Marshal McLuhan y las disparidades sociales que señaló Ruth Glass al acuñar el concepto de “Gentrificación”.

La gentrificación a la que se refirió la señora Glass en la Inglaterra de la década los sesentas del siglo pasado fue, al proceso de reapropiación del centro urbano de Londres por parte de las clases medias y medio-altas, lo que ocasionó el desplazamiento de las clases trabajadoras que habitaban esos barrios centrales. Traspolado al Estado de Yucatán y particularmente a la ciudad de Mérida del año 2026, se refiere al proceso de compra-venta que experimentan los predios, llámese: hacienda, casa o terreno. Ubicado en el centro histórico de la ciudad, barrio y/o colonia, como puede ser en cualquier lugar de la costa yucateca. Transacción realizada principalmente por gente de fuera del país, generalmente canadiense o estadounidense, así como por algún mexicano no nacido en Yucatán.

Este fenómeno no solo implica la rehabilitación física de predios y zonas deterioradas con el consecuente incremento del valor del suelo; representa fundamentalmente, un proceso de segregación y despojo que amenaza la continuidad de las identidades culturales locales, desarticulando las redes de apoyo y las tradiciones que otorgaban singularidad al lugar.

1. El mecanismo económico y el desplazamiento socioespacial

La gentrificación en México y particularmente en Yucatán, opera mediante una lógica de acumulación por desposesión. Zonas céntricas con un alto valor patrimonial o ubicación estratégica sufren primero un periodo de desinversión estatal (política pública) y abandono. Esta “brecha de renta” es posteriormente explotada por desarrolladores inmobiliarios y plataformas de hospedaje turístico a corto plazo, como Airbnb. Al elevarse los costos de la vivienda y los servicios básicos, la población originaria de ingresos bajos o medios se ve obligada a migrar hacia las periferias donde la infraestructura de bienes y servicios es precaria.

Este desplazamiento no es puramente residencial; es un exilio cultural. Cuando los dueños originales se desprenden del predio, abandonan su historia; se mudan con ellos las memorias colectivas, los oficios tradicionales y las formas de organización vecinal. El espacio antes destinado a la convivencia comunitaria, se privatiza o se regula bajo lógicas de consumo que excluyen a los lugareños.

2. De la autenticidad a la mercantilización cultural

La relación entre gentrificación e identidad cultural es paradójica. El capital inmobiliario utiliza los rasgos culturales, tangibles e intangibles del barrio (su gastronomía, su música, arquitectura, festividades) como un activo de mercadotecnia para atraer a consumidores de mayor poder adquisitivo. Sin embargo, al hacerlo, despoja a estas manifestaciones de su significado profundo, transformándolas en mercancías estéticas.

Un ejemplo claro se observa en las procesiones y gremios de los barrios de San Sebastían y la Ermita de Sta. Isabel, principalmente en día de muertos; o más recientemente en lo que se han convertido varias cantinas tradicionales como “El lucero del Alba”, “La negrita” o el llamado Corredor Gastronómico. La cultura popular se folcloriza y se reempaqueta para el consumo del turismo internacional. El habitante local ya no es el sujeto creador de su cultura, sino un elemento escénico o un proveedor de servicios en su propio territorio.

3. Caso de estudio: Mérida y la reconfiguración del Centro Histórico

La ciudad de Mérida ha experimentado una vertiginosa transición que la academia local denomina como un proceso simultáneo de turistificación, recreational turn y gentrificación. Distinguida históricamente por su seguridad y su patrimonio edificado, la capital yucateca ha visto cómo vecindarios tradicionales como los barrios de Santiago o Santa Ana se transforman en enclaves residenciales para comunidades de extranjeros y foráneos de altos ingresos.

Como bien apunta el antropólogo e investigador José Humberto Fuentes Gómez, el discurso institucional suele catalogar esta dinámica de compraventa y restauración de casonas antiguas como un ejemplo idóneo de «revitalización» o «recuperación» urbana frente al abandono previo. Sin embargo, Fuentes Gómez devela que detrás de la aparente recuperación física de las fachadas se ocultan tensiones estructurales profundas y una sutil violencia en la convivencia diaria entre locales y nuevos residentes. Su obra expone cómo se construyen representaciones y discursos oficiales sobre una “multiculturalidad” selectiva que prioriza la estética aristocrática o monumental —como el Paseo de Montejo—, mientras omite, discrimina o relega las prácticas cotidianas de los sectores populares que verdaderamente habitan y dan vida a la ciudad.

La investigación de Fuentes Gómez, en colaboración con Rosado Lugo, demuestra que el fenómeno va “más allá del ruido y el silencio”. Mientras el capital inmobiliario celebra el rescate arquitectónico, el tejido social meridano sufre fracturas: desaparecen las dinámicas comunitarias de salir a platicar a las puertas de las casas al bajar el sol, se encarece el costo de vida y las comisarías mayas periféricas padecen un crecimiento urbano desmedido que absorbe y despoja sus territorios tradicionales. La cultura maya y la identidad vecinal yucateca terminan folclorizadas como mercancía de enganche turístico, vaciando de contenido social los espacios de interacción comunitaria.

4. La ruptura del tejido social y el patrimonio intangible

La identidad cultural de un barrio no reside en sus fachadas coloniales, sino en la interacción diaria de su comunidad. Prácticas como las fiestas patronales, los mercados sobre ruedas (tianguis), la ayuda mutua entre vecinos y el uso del espacio público como extensión del hogar comunitario constituyen el patrimonio cultural inmaterial.

La gentrificación impone una nueva lógica de individualismo y vigilancia urbana. Los nuevos residentes, ajenos a la historia del lugar, suelen percibir las manifestaciones populares ruidosas o el comercio informal como disrupciones al orden. En mayo de 2025, en la localidad de Piste, del municipio de Tinun, una ciudadana de origen estadounidense causó gran indignación entre los habitantes de la comunidad maya de Pisté al colocar grandes piedras sobre la acera frente a su vivienda. La extranjera pretendía impedir el libre paso peatonal argumentando que invadían su propiedad, lo que requirió la intervención de la policía municipal para mediar la confrontación ante el descontento vecinal.

Investigadores del Centro de Investigaciones Regionales de la Universidad Autónoma de Yucatán advirtieron sobre crecientes pleitos en zonas costeras y comisarías periféricas. El punto crítico surge de extranjeros que compran propiedades playeras y asumen erróneamente que la concesión de playa federal está incluida de forma privada, intentando restringir el libre tránsito de los yucatecos o alterando costumbres locales de las comunidades.

Gentrificación y pérdida de tierras ejidales: En localidades de vocación pesquera o agrícola (como Sisal o Becanché), el desarrollo de complejos residenciales exclusivos para compradores de alto poder adquisitivo —muchos de ellos extranjeros— desató fuertes manifestaciones y tensiones sociales. Los pobladores locales externaron de manera constante su temor a ser desplazados de sus propias tierras debido al incremento abrupto en los precios de la vivienda y la presión urbana.

“Sisal, paraíso de Yucatán donde los habitantes rechazan ser Pueblo Mágico” escribió el 5 de julio del 2021 Claudia Arriaga para el medio digital Haz Ruido con respecto al pueblo costero de sisal y su nombramiento como Pueblo Mágico. La nota continua con las siguientes palabras del representante de la Alianza Comunitaria Sisal, Manuel Hernández Canul:

Mágico sí es porque han desaparecido todo, la costa y no hay terrenos para futuras generaciones. En lo mágico nos encontramos con gente del pasado, exautoridades que invierten con privados, aquí están haciendo construcciones, contratos y convenios con gobiernos del pasado. Hay casas para canadienses y americanos, lo que causa molestia, porque no puede ser posible que haya calles dañadas en donde vivimos y del otro lado casas con postes de alumbrado eléctrico.

Lo que sucedió en Sisal es la expresión máxima de la situación actual del estado de Yucatán. La comunidad fue encuestada y los resultados indicaron que un 98% de los habitantes no estaban de acuerdo con el título de Pueblo Mágico. Hablan sobre la inmediata subida de precios en la comida y en la renta de las viviendas, las construcciones que destruyeron el manglar e imposibilitaron el acceso a la playa por esas zonas. “Si antes la renta de una casa costaba 1,800 pesos mensuales, ahora no bajan de 2,500” cuenta una vecina de la localidad. Pero lo más preocupante es que estas declaraciones fueron realizadas a mediados del 2021. Hoy la página de la Secretaría de Turismo del Gobierno de México ostenta, entre un listado de 132 Pueblos Mágicos, el nombre de Sisal, el pueblo costero que rechazó explícitamente el apelativo.

 La pérdida de estos espacios de socialización debilita la cohesión social, fragmentando la memoria histórica que daba sentido de pertenencia a la comunidad.

Conclusiones

El análisis científico de la gentrificación en México, enriquecido por las perspectivas críticas de la academia yucateca, demuestra que el fenómeno va más allá de un cambio inmobiliario; es una crisis de derechos culturales. La revalorización urbana bajo las dinámicas del libre mercado tiende a homogeneizar los espacios, destruyendo la diversidad cultural que caracteriza a las regiones mexicanas y sustituyéndola por una estética globalizada y excluyente.

Para mitigar la pérdida de la identidad cultural, es urgente transitar de un modelo de desarrollo urbano y rural centrado en la especulación financiera hacia uno basado en la función social del suelo. Esto requiere la implementación de políticas públicas integrales que incluyan la regulación de las plataformas de hospedaje, la protección del comercio tradicional y la planeación urbana como rural participativa. Preservar la identidad cultural de México no significa congelar las ciudades en el tiempo, sino garantizar que la evolución respete y dignifique a las personas que construyeron su historia.

Nació en Mérida Yucatán. Se tituló como antropólogo en la UADY. Cómo médico social en la UAM-Xochimilco. Estudio Ecología Humana en COA, Maine USA. Fue integrante del taller literario del escritor Joaquín Bestard en la UADY. Ganador del concurso literario en la modalidad de crónica del Fondo de Ediciones y Coediciones 2021 convocado por el Ayuntamiento de Mérida a través de su Dirección de Cultura. Ha publicado en diferentes periódicos, revistas científicas y literarias entre otras actividades.