Me llamo Ivonne, según los conocedores de nombres, el mío se escribe con una “Y”, es de origen germánico y significa “tejo”, me costó una ida al diccionario para saber de qué rayos me hablaban; otros más atrevidos dicen que con la letra “I” se convierte en un nombre latino, cuyo significado es “tan bella como el marfil”, si siguen buscándole verán que también significa “arquera” (ese me gusta).
Dicen que las que portamos el nombre sabemos perder una batalla con integridad, queremos de verdad a todo el mundo y somos una caja de sorpresas; además de no sé cuántas tonterías, las cuales no han sido en absoluto sellos característicos míos.
Mi abuelo paterno, como un secreto a voces deambuló que su significado era Juana, una amiga me dijo que Irma; pero prefiero creerle a Michel, mi profesor de francés el cual dice que no tiene traducción. El caso es que lo llevo por darle gusto al papá de mi padre, ya que su origen francés embona muy bien con mi primer apellido.
Por contar algunas cosas de mí, les escribo que me gusta coleccionar timbres postales, los caleidoscopios, los collares, acariciar a mi perro, sentir el aire en el rostro, meterme un hisopo en la oreja y voltear esferas de cristal que contengan nieve o papelitos tornasol. Me disgusta mojarme en la lluvia, no simpatizo con los gatos y evito escuchar cantos gregorianos, porque me dan miedo. Mi libro preferido es Elogio de la locura de Erasmo de Rótterdam y mi canción predilecta es Amarraditos en la voz de María Dolores Pradera. En pintura me gusta Velázquez; como filósofo, Ortega y Gasset; sin embargo, no sé por qué Kierkegaard ha sido muchas noches mi compañero de lectura, y si de poesía se trata me quedo con León Felipe y Quevedo.
Me considero rebelde, cosa que no me extraña pues el año en el que nací fue 1968; año declarado como internacional de los Derechos Humanos, cargando en su espalda, muy a su pesar, guerras, independencias, huelgas, ocupaciones, matanzas y contradicciones. Fecha en la que, incluso, se observa un cambio drástico en la historia de la humanidad. Martin Luther King, aquel que tenía un sueño, muere mientras que en México y Francia los estudiantes, los obreros y la clase media protestaban y transformaban a la sociedad, cambiaban pautas de comportamiento, daban protagonismo a la mujer en el mundo, introducían nuevos valores, marcaban la liberalización de las costumbres y la democratización de las relaciones sociales a través de una lucha cultural y no política que hoy hasta nuestras fechas es recordada no de forma muy amena al menos en mi país.
También hubo cosas normales en el 68, no crean que todo fue controversia para los que nacimos dentro del boom de la novela y el latino-americanismo de los sesenta. En ese año, México fue sede de las Olimpiadas y también por esas fechas se estrenó en televisión el programa Mi bella genio; además, nace Felipe de Asturias, del cual, hasta hoy, muy a mi pesar, por no considerarme monárquica, sigo enamorada y el Julio Iglesias perdido como siempre en el espacio sin saber de fechas y movimientos históricos ganaba en ese tiempo el festival de Benidorm con la canción titulada, aunque ustedes no lo crean, La vida sigue igual.








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