Nací en 1966. El mundo entonces se medía en gestas épicas y ecos lejanos: el Che iniciaba su viaje mítico; Fidel incendiaba las plazas con su verbo, Vietnam ardiendo en Napalm, los Panteras Negras se organizaban en un movimiento radical en Norteamérica y la carrera espacial rusa despegando hacia lo desconocido. Eran años de pasiones palpables, muy lejos aún del internet, los celulares y el ruido digital. Y, sin embargo, en medio de aquel mundo analógico, yo también tuve mis «influencers».
La rebuscada palabra, traída del inglés, significa sencillamente alguien que crea patrones a seguir, de conducta o de pensamiento. Bajo esa definición, mis primeros y más decisivos influencers no fueron figuras públicas, sino mi propia familia.
Mi primera influencer fue mi abuela. Ella no grababa «reels» pero contaba con un ejército de «followers»: sus hijos y nietos, y su algoritmo era el amor. Fue ella quien, con una paciencia infinita, me enseñó a descifrar el misterio de las letras, a amar el sabor de una buena receta y a entender los buenos modales no como una imposición, sino como códigos de la comunidad. ¿Acaso no es eso ser una influencer? Su monetización, era nuestro crecimiento físico e intelectual. Después el Viejo David, mi abuelo. Él nos transmitió temple, hombría, fuerza y a utilizar cuantas herramientas cayeran en nuestras manos.
Luego estuvieron mis padres, con un ejemplo elocuente de superación y trabajo, con el afán por el conocimiento que transmitían en cada libro que llegaba a casa, con sus siempre atinados consejos. Ellos moldearon mi carácter y mi ética. Esa influencia: orgánica, se medía en legado.
Y gracias a ellos comenzaron a llegar a mi vida muchos otros influencers. Los primeros Emilio Salgari y Alejandro Dumas, Rudy Kipling y Horacio Quiroga. Fueron muchos en diferentes etapas: Fueron Martí y Maceo, lo fueron Lenin Y Charles de Gaulle, lo fue Malcom X y Gandhi, Fidel y el Che, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. También Angela Davis, Ho Chi Min, Los Beatles y Pink Floyd, Maná y Michael Jackson. Cortázar y Neruda, García Márquez, Los Rolling Stones, Cervantes, Napoleón, Pedro el Grande, Mandela y cientos más, pero también aquella doctora que me auscultaba como si fuera su propio hijo y mis maestros de escuela, mis amigos.
Antes de las redes sociales, ya existían estas figuras moldeadoras. Los artistas, los escritores, los políticos. Pero su forma de operar era radicalmente diferente, a través de canales masivos tradicionales –prensa, radio, TV. Su mensaje siempre pasaba por un filtro: un editor, un productor, un estudio. Un actor ganaba dinero por actuar; un músico, por tocar. Su influencia era el resultado directo de la actividad que ejercía.
Hoy la actividad del “influencer” es una profesión válida y rentable, con un término que ha adquirido incluso carácter legal por la magnitud de su alcance. Esta transformación es el resultado directo del desarrollo tecnológico. El medio para ser un influencer está en cualquier dispositivo inteligente capaz de transmitir cualquier idea, por desatinada que parezca, con un alcance inmediato y sin fronteras.
Un dato curioso: China cambia el panorama para los realizadores de contenido. A partir de ahora las plataformas están obligadas a verificar las calificaciones de todo aquel que genere temas considerados profesionales o especializados. Solo quienes cuenten con la preparación necesaria, certificado por estudios comprobados podrán hablar de temas como medicina, finanzas, educación y otros. El objetivo: reducir la desinformación y garantizar que el público reciba contenidos de fuentes con conocimiento real. Está más que claro: si vas a enseñar demuestra que sabes. Y aunque la medida tiene sus detractores, es el primer paso legal de un gobierno para desterrar los contenidos basura de las redes sociales.
En conclusión, me reafirmo en una idea: la labor de influir es tan antigua como la sociedad misma, quizás tan vieja como la prostitución. Es un intercambio de ideas, valores y estilos. La diferencia es que ahora ha sido exacerbada, revitalizada y potenciada hasta lo inconmensurable por la tecnología. Lo que mi abuela sembró en mí, a fuego lento desde el cariño del hogar, hasta hoy perdura. Lo que se siembra a la velocidad de la luz en la ruidosa carretera digital global, en muchas ocasiones se desvanece al mismo ritmo.







Excelente escrito y un tema oportuno, pues los guias o patrones que hemos tenido en nuestras vidas son faros breves, pero decisivos, luces que no se olvidan.
Son quienes, aun sin proponérselo, nos corrigen el rumbo y nos enseñan a caminar con más certeza. El periodista dio en el clavo, con mucha frescura y fluidez. Que siga escribiendo.
Me gusta mucho la forma en que se trata aquí los orígenes y lo que debe ser un influencer.. Ojalá está reflexión le abra la mente y los ojos a los que la leen.Es verdad que hay mucha mala información en los medios.