De dos en dos, las mujeres portadoras de prendas azules intercambiaban turnos durante el día, llevando rosarios, imágenes de personas beatificadas y pancartas que dejaban claro a quienes las leyeran que ellas estaban allí para “salvarlas”. Guardias que duraban dos horas entre una y otra, dedicadas a orar para evitar el aborto de bebés no nacidos y evitar que el alma de sus madres se fuera al infierno.
“No estás sola”, proclamaban los carteles que acompañaban los rezos que ellas pronunciaban en voz baja, casi en susurros, frente a la Clínica de la Mujer en el conocido Hospital Regional Público del Estado de Yucatán, donde el aborto seguro y gratuito es ya una realidad para miles de mujeres que buscan terminar con un embarazo no deseado.
Hipócritas que llaman “asesinas” a mujeres sin entender el verdadero concepto de la lucha de la Marea Verde. Que claman frases como “Si no se quieren embarazar, que cierren las piernas”, y siguen dejando todo el peso de la responsabilidad sobre ellas, con un machismo que, aunque no lo reconozcan, se ve fortalecido por su religiosidad y echando raíces más profundas.
Dentro de su misma frase “No estás sola”, abandonan a miles de mujeres en manos de cientos de abusadores y violadores tras las puertas de sus templos, donde allí es mejor callar y olvidar, porque el poder del clérigo no protege al más vulnerable. Y esto nada tiene que ver con Dios, esto es meramente terrenal. Es pura moralina, más arraigada a lo que creen que al verdadero amor al prójimo, olvidando la misericordia y la empatía genuinas.
El privilegio religioso de decidir sobre la fe que profesan no debe interferir con el derecho de las demás a decidir sobre la maternidad, algo que ellas pueden o no elegir. Y eso es lo que no entienden, mientras señalan con superioridad a quienes osan hacer lo contrario, sobre todo porque la maternidad, por “los siglos de los siglos”, se ha colocado en un pedestal.
Y en este terreno pantanoso en el que escribo y donde se cruzan el aborto y la religión, no tengo duda de que es la religión la que tiene más peso en la toma de decisiones, incluso políticas, sobre este tema.
El día que finalmente se aprobó la despenalización del aborto en Yucatán hasta las 12 semanas, la diputada del PAN María Teresa Boehm Calero, al pronunciarse a favor de la vida, dijo:
“Proteger la vida desde ese momento no significa abandonar a la mujer, significa acompañarla mejor. Significa garantizarle acceso a la salud, darle nutrición adecuada, acompañamiento psicológico y médico durante todo el embarazo».
¿Y después? La maternidad no termina ahí, señoras y señores. No es solo parir. El “pleito” de los Pro Vida es “no abortes al bebé”, ¿y después? ¿Lo das en adopción? ¿Y si no quieres pasar por un embarazo que, de por sí, es traumático y riesgoso? Es un debate sin fin; pero escudarse en el “No estás sola” para ellos termina en el embarazo y no en la maternidad, que es “toda la vida”. Decidir tener o no tener hijos no es solo una cuestión de embarazo, sino de todo lo que viene después: el posparto, la crianza, la educación, la manutención, el desarrollo personal de la madre como mujer, el ambiente familiar. Garantizarle a la mujer el acompañamiento no debe ser solo durante la gestación. ¿Y eso se lo van a garantizar durante toda la maternidad?
Por eso, la maternidad debe ser deseada o no ser. Porque no dura solo nueve meses, es una vida entera, y solo una persona puede decidir si quiere vivirla o no. Porque, aunque una mujer sea la que da a luz a una criatura, toda la sociedad es responsable de su seguridad y su crianza. Pero no, en esta sociedad, juzgan y critican a las madres “luchonas” (un término peyorativo utilizado para referirse a las madres autónomas), a las madres que exigen, a las que ya no quieren más hijos, a las que maternan de formas “diferentes”. Esta sociedad no quiere abortos, pero tampoco quiere maternar en conjunto. Se lava las manos cuando el problema no es suyo. Esta sociedad es permisiva con los padres ausentes, les grita a las mujeres que exigen sus derechos que “esas no son formas” y prefiere infancias infelices y violentadas, y madres frustradas, antes que un aborto seguro.
La maternidad es una de las etapas más difíciles en la vida de una mujer, incluso si es deseada con todas sus fuerzas. Por eso, para las que no la desean, no deben ser juzgadas con las llamas del infierno, y mucho menos criminalizadas por su decisión.
Así que, señores y señoras Pañuelo Azul, recen por mi alma también, porque, aunque yo no he abortado y amo ser mamá, formo parte de la Marea Verde y soy igual de “juzgona” que ustedes.







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