3 200 kilómetros de una maldición

Mientras en enero se movilizaban hacia Washington los elementos de la turba que asaltó el Capitolio, Mark A. Morgan, jefe de la oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP por sus siglas en inglés), tenía puesta su mente en otro lugar, el peligro del cambio de política migratoria en el tránsito de Trump a Biden.

Citó a la prensa, habló de una grave crisis a la hora en que el mandatario demócrata electo echara por tierra los dictados trumpistas, metió miedo. En Washington los vándalos hacían lo suyo; cerca de allí, de una manera diferente, pero a la postre coincidente, el comisionado apostaba por lo mismo: rechazo al emigrante, poner en alto una Unión anglosajona y blanca, reflotar las viejas aspiraciones supremacistas.

Morgan lo dijo alto y claro ante la prensa: “El 31 de diciembre me informaron —explicó—que se habían completado 724 kilómetros de muro nuevo. Tuve que sonreír, los medios y los críticos habían dicho que no podría hacerse, pero lo hicimos. Es un logro notable, un logro histórico de este gobierno”.

El orgullo demostrado por el funcionario define su catadura ética. A él, y a los no pocos dirigentes de ese país que piensan como él, no les interesa cuestionar las raíces de la situación que ha convertido los 3 200 kilómetros de frontera entre México y Estados Unidos en una maldición.

Es casi seguro que ellos no sepan que las tierras divididas por el muro fueron mexicanas hasta mediados del siglo XIX. El tratado Guadalupe-Hidalgo apenas constituye una referencia anecdótica en estudios secundarios olvidados.  

Para rematar en su diatriba hacia la prensa, Morgan apostilló: “La frontera importa y la negligencia en su seguridad tiene consecuencias. Se nos ha calificado de racistas, se dijo que lo que estábamos haciendo era inmoral, pero seguimos adelante”.

No deja de ser interesante la caracterización del sujeto en tanto da la medida de un perfil político e ideológico que rebasa los tópicos partidistas y devela filiaciones enraizadas de quienes constituyen un sector atrincherado en defensa del excepcionalismo imperial. Es decir, aquellos que en aras de ejercer la hegemonía se erigen como dueños del mundo.

Mark A. Morgan

Morgan estudió leyes y sirvió desde muy joven en instituciones armadas y agencias federales. En el Buró Federal de Investigaciones aprendió el más puro estilo hooveriano: sospechar de todo y de todos. Pero también se imbuyó de las maneras de Rambo, al encabezar la escuadra de respuesta inmediata de la agencia en Los Ángeles ante las mafias locales. Al enfrentar las maras y la pandilla latina de la Calle 18, confundió lo que no podía confundir: criminalizar al latino e inmigrante como si entre estos la inmensa mayoría no fueran hombres y mujeres de bien.

Una evidencia de esa percepción se tiene cuando se leen las declaraciones a la revista Time el 21 de julio de 2020 que cuestionó el envío de la Unidad Táctica de la Patrulla Fronteriza, radicada en El Paso, a Portland, Oregón, con motivo de las protestas que estremecían entonces esa ciudad: “Al ver a los manifestantes cualquiera se da cuenta de que son criminales, no son propiamente ciudadanos de nuestro país ni fueron educados por las instituciones de nuestro país”.

En Portland, medios de prensa y activistas por los derechos civiles denunciaron el uso excesivo de la fuerza por parte de los efectivos de las centurias fronterizas. Criticaron la conversión de una entidad destinada a impedir la entrada de terroristas a la nación en una milicia al servicio de los intereses políticos del mandatario de turno.

Quizás recordaba sus días en Bagdad, donde tuvo por misión el enfrentamiento a manifestantes y la represión al descontento cívico por la prolongada e insidiosa injerencia estadounidense en la nación del Oriente Medio.

La primera vez que Morgan accedió a la jefatura del CBP fue bajo la administración Obama. Aspiraba a seguir en el cargo durante la era Trump, pero se vio conminado a renunciar, pues no las tenía todas consigo dentro del Consejo de las agencias subordinadas al Departamento de Seguridad de la Patria. El hecho de provenir del FBI y no haber recorrido la cadena interna de ascensos produjo rechazo.

Entretanto fue a parar al ICE (servicios migratorios) hasta que Trump lo rescató el 5 de julio de 2020, de manera interina pues nunca resultó ratificado por el Congreso.

Para los Morgan que habitan en Estados Unidos, extraer conclusiones razonables sobre los problemas fronterizos y migratorios en los 3 200 kilómetros del límite binacional no es una opción, con o sin Biden, con o sin López Obrador. Si por ellos fuera, la solución está en no dejar pasar a nadie.    

Pedro de la Hoz
Nació en Cienfuegos, Cuba, en 1953. Escritor, periodista y crítico. Premio Nacional de Periodismo José Martí 2017 y Premio Nacional de Periodismo Cultural 1999. Ha publicado una decena de libros de ensayos, crónicas y entrevistas sobre temas políticos y culturales. Colabora habitualmente con medios de prensa de Cuba y México. Pertenece al capítulo cubano de la Red En Defensa de la Humanidad y se desempeña como vicepresidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.