2025: multilateralismo en jaque

La crisis del multilateralismo que caracterizó al 2024 no fue un simple tropiezo institucional, sino el síntoma más visible de una transformación sistémica en el orden global. La parálisis de la ONU ante el genocidio en Gaza y su limitada capacidad de acción en el conflicto ucraniano han expuesto no solo la obsolescencia de las instituciones internacionales, sino también la profunda crisis de legitimidad que atraviesa el sistema internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial.

Esta crisis institucional se manifiesta en múltiples dimensiones. El FMI y el Banco Mundial, pilares del orden económico occidental, encuentran crecientes dificultades para mantener su relevancia en un mundo donde las economías emergentes desarrollan sus propios mecanismos de financiamiento y cooperación. La incapacidad de estos organismos para responder eficazmente a las crisis financieras regionales y su persistente adhesión a recetas económicas cuestionadas ha acelerado la búsqueda de alternativas.

El conflicto en Ucrania ha actuado como un catalizador de tendencias preexistentes, revelando los límites del poder occidental para mantener una posición cohesionada a largo plazo. Este desgaste ha sido hábilmente aprovechado por Rusia para consolidar nuevas alianzas estratégicas, particularmente en el Sur Global.

La tragedia de Gaza representa otro punto de inflexión crucial. La disparidad entre la retórica occidental sobre derechos humanos y su inacción ante la catástrofe humanitaria ha erosionado severamente su autoridad moral. Este contraste ha fortalecido las voces que cuestionan la selectividad en la aplicación del derecho internacional y ha acelerado el descrédito del liderazgo occidental en materia de derechos humanos.

Por otra parte, el ascenso de los BRICS como contrapeso al orden establecido trasciende lo económico. Su reciente expansión, incorporando actores clave de Oriente Medio, África y Sudamérica, señala la emergencia de una nueva arquitectura internacional fundamentada en principios distintos a los del orden liberal. La creación del Nuevo Banco de Desarrollo y el desarrollo de sistemas de pagos alternativos al SWIFT demuestran una voluntad concreta de construir instituciones paralelas que reflejen esta nueva realidad multipolar.

Así, la transición del poder hacia Oriente no se limita al ascenso económico de China. Representa un cambio más profundo en la manera de concebir las relaciones internacionales, donde el Consenso de Washington se verá forzado a ceder ante nuevos paradigmas de desarrollo y cooperación. Con todo y sus aspectos críticos, el modelo chino de desarrollo estatal dirigido y su iniciativa de la Franja y la Ruta han demostrado la viabilidad de alternativas al modelo neoliberal occidental.

Sin embargo, esta transición geopolítica ocurre en un contexto de desafíos globales sin precedentes. La crisis climática, la revolución tecnológica y la creciente desigualdad requieren respuestas coordinadas que trascienden las rivalidades geopolíticas. La paradoja del momento actual radica en que la necesidad de cooperación global nunca ha sido tan urgente, mientras que los mecanismos para alcanzarla se debilitan.

El descontento con las élites tradicionales y el impacto de la desindustrialización han creado un terreno fértil para narrativas políticas extremas a ambos lados del espectro político.

A pesar de todos estos retos, el horizonte del 2025 presenta oportunidades para la renovación del sistema internacional. La necesidad de abordar desafíos compartidos como el cambio climático, la regulación de la inteligencia artificial o la prevención de pandemias podría catalizar nuevas formas de cooperación multilateral. El éxito dependerá de la capacidad para construir puentes entre diferentes visiones del orden mundial y desarrollar mecanismos de gobernanza más inclusivos y representativos.

En síntesis, el 2025 no marca simplemente un cambio en el equilibrio de poder global, sino el nacimiento de un nuevo orden internacional caracterizado por su multipolaridad y complejidad. La clave para navegar esta transición no residirá en intentar preservar el statu quo, sino en desarrollar nuevas formas de cooperación que reconozcan y respeten la diversidad de modelos de desarrollo y sistemas de valores. El verdadero desafío será construir un orden internacional que pueda reconciliar esta pluralidad con la necesidad de acción colectiva frente a amenazas globales compartidas.

Licenciado en Relaciones Internacionales por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), Maestro en Gobierno y Políticas Públicas por la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY), Master en Técnicas Modernas de Dirección en la Administración Pública por la Escuela de Negocios Formato Educativo y la Universidad de Cádiz (becario de la OEA) y doctorando en Política Pública por el Centro de Investigación, Docencia y Análisis de Política Pública (CIDAPP). Tiene diversos diplomados y especialidades entre las que destacan Certificado en Sistemas Integrados de Gestión (Universidad de Cádiz), Diplomado en Evaluación de Políticas y Programas Públicos (Secretaría de Hacienda y Crédito Público), Certificado en Administración Pública y Fiscal (Banco Interamericano de Desarrollo), Diplomado en Derecho Parlamentario (Poder Legislativo del Estado de Yucatán- UNAM) y Diplomado en Teología, terrorismo y fundamentalismo religioso (Universidad de Salzburgo-ITESO). Se ha desempeñado en diversos cargos públicos destacando su experiencia en diseño, implementación y evaluación de políticas públicas. Asesor y consultor externo en proyectos educativos, culturales y empresariales. Docente universitario y promotor del estudio de las Relaciones Internacionales y las Políticas Públicas en diversos medios de comunicación. Fundador y Director General de Gestión y Vinculación Académica del Centro de Estudios Internacionales del Mayab (CEIM).