Henry Valentine Miller, en el París del siglo XXI. Primera Parte.

Iconoclasta, pilar de la literatura norteamericana, uno de los escritores que luchó por la libertad de expresión literaria, cruda, sin distinción de juicios morales y estándares preestablecidos. Su obra fue calificada de pornográfica y prohibida en los Estados Unidos hasta 1961. Henry Miller se convirtió en un modelo para autores como Bukowski, Mailer entre otros y un referente a seguir para la beat generation (Burroughs, Kerouac, Ginsberg.) en los Estados Unidos a finales de la década de los 40s. 

Escapando del puritanismo y la rigidez de los norteamericanos, Henry, se embarca en el “Champlain” con destino a Europa, con un boleto que, su entonces esposa, June Edith Smith le compró, y 10 dólares en la bolsa, terminando en París donde permanece hasta 1939. 

Trópico de Cáncer fue su primera novela que, con el pasar de los años recibe el título de obra maestra de la literatura del siglo XX. Dicha novela la escribió en París entre 1930 y 1934. Después se mudó a Grecia, donde estuvo un año y de cuya experiencia surge su libro El coloso de Marussi, para luego regresar a California, en los Estados Unidos.

Yo, sentado frente al Sena, mirando hacia la catedral de Nuestra Señora (Notre Dame), recordé que Miller se extasiaba viendo la catedral del Sagrado Corazón (Sacré Couer); le importaba poco no tener ni una moneda en la bolsa, ni comida o un lugar para dormir, el éxtasis al ver la catedral era el mismo. Me levanté y me dirigí a la estación del metro Cité para ir a la Place de Clichy. Decidí hacer un tour diferente a lo planeado y visitar los lugares por dónde el escritor estadounidense caminó y vivió en la Ciudad Luz.

Clichy es un suburbio de París; se encuentra al noroeste, a un lado del río Sena. Es importante mencionar que, al llegar a este país, Miller mantuvo como única dirección de correo la N° 11 Rue Scribe, donde hasta hoy se encuentran las oficinas del Banco American Express. Lugar muy famoso en esa época entre los norteamericanos al que acudían para realizar movimientos bancarios, recibir y mandar telegramas o cartas. Aquí, según Henry dice en Trópico de Cáncer, pasaba horas de días, ya que contaba con una agradable sala para leer y escribir.

Subiendo las escaleras para salir de la estación del metro, veo bajar un par de hermosas chicas con minifaldas. Recordé que Henry solía a media noche acudir a la estación Saint Lazare para ver a las falenas buscar clientes. Lo primero con lo que me topo al dar un paso fuera del metro, es con la rotonda donde se erige la escultura del mariscal Moncey y frente a ella, el famoso restaurante Wepler al que Henry visitaba día tras día hasta volverlo su nido. Ahora ya con toda la decoración moderna: un toldo de plástico rojo, un elegante letrero del mismo color, mesas y sillas acojinadas, afuera y adentro. En la parte de afuera las mesas están delimitadas por una barda y sobre ella cristales que aíslan a los clientes de la calle sin que ellos dejen de verla. Un restaurante completamente aburguesado, diferente, nada parecido con aquel lugar al que acudía el populacho de los años treinta, donde Henry decía que llegó a conocer hasta a los meseros y cocineros.

Después de echar un vistazo a la carta del famoso Wepler y a sus paredes, pensé que, si Henry pidiera hoy un plato de mejillones, que tanto le gustaba, tendría que pagar 47 euros. Y lo más importante, no vi placa alguna, alusión o fotografía de Henry. Sí tenían fotos antiguas del restaurante, de la calle, pero no del famoso escritor norteamericano. No, no había nada, salí triste.

Caminando alrededor de la glorieta de Clichy, a unos cuantos metros encontré otro lugar dónde calmar el hambre: El restaurante Le Petit Poucet. Aquí podía comer una Baguette y un café capuchino por menos de 15 euros. Ocupé una de las mesas de afuera y ordené. Mientras, alrededor de la glorieta circulaba un aerodinámico Porsche, seguido de un elegante Lamborghini. Son los carros que sustituyeron a los preciosos Packard bell, al Cadillac que hizo famoso Alcapone en Chicago, al Peugeot 302, al lujo Mercedes Benz de aquellos años treinta del siglo pasado.

Los lugares en donde Henry vivió, al menos los que se conocen aquí en París son: a) Rue Auguste Bartholdi, (París 15); b) 5 Rue Saint Louis en L’ïle (París 4); c) 135 boulevard Montparnasse (París 14); y d) Villa Seuart (París 14). Sin embargo, entre una y otra locación hubo veces en las que pernoctaba o se quedaba por días en otros lugares que no se registraron. Principalmente durante su primer año cuando vagaba de un lado a otro, antes de conocer a sus amigos Richard G. Osborn, Alfred Perles, George Brassai, Ossip Zadkine y Anaïs Nin, entre otros que lo apoyaron, no sólo con un lugar donde vivir sino incluso con dinero. Así, muchas veces durmió dónde podía, bajo los puentes del Río Sena, con gente que le prestaba un colchón en un cuarto de azotea, en algún hotel de baja categoría, o en una casa flotante sobre el río Sena. Henry comentó que, en aquella difícil época, la gente nunca pensó que fuera un vagabundo y que no tuviera ni una moneda en la bolsa, ya que siempre estaba bien vestido con un traje que alguien le daba prestado. En una ocasión escribió: 

En aquel primer año en París, o los dos primeros, yo estaba literalmente aniquilado. No quedaba nada del escritor que yo esperaba ser, únicamente del escritor que yo tenía que ser.

Henry Miller en «El mundo del Sexo»

Mientras saboreaba mi crujiente baguette con jamón serrano y queso brie de Meaux, recordé otro de los momentos difíciles que Henry mencionó en Trópico de Cáncer sobre lo que era su vida en aquella época:

La vida —dijo Emerson— consiste en lo que un hombre piensa todo el día.” “Si es así, en ese caso mi vida es sino un gran intestino. No sólo pienso en comida todo el día, sino que, además, sueño con ella por la noche.

Henry Miller

Sin duda la pasó mal y no fueron uno o dos meses; fueron años. Pero que tan mal la habría pasado en los Estados Unidos y que tan fuerte era su convencimiento y voluntad de querer ser escritor que permaneció en París a costa de todo.

“Pero no deseo volver América para que me unzan otra vez al yugo, para trabajar en la noria. No, prefiero ser un hombre pobre de Europa. Bien sabe Dios lo pobre que soy; sólo me falta ser un hombre”. 

Henry Miller, Trópico de Cáncer

En algún otro momento mencionó que ser pobre en París era muy diferente a serlo en Estados Unidos, donde eres lo más bajo, él sin voz, una verdadera paria sin oportunidad alguna de nada. O en su defecto, sólo se es el buey que empuja la gran rueda capitalista de hacer dinero. Y ya sea de una u otra forma no quiso y no regresó a su país natal, se quedó en París. 

Pagué la cuenta y salí del restaurante. Algunas calles de Clichy tienen árboles altos y flacos lo que me hacen pensar que no tienen más de 100 años; sólo algunos edificios antiguos cuya arquitectura uniforme, de cinco o seis pisos, con ventanas rectangulares de abajo hasta arriba, pequeños balcones y su típica herrería francesa, probablemente estaban aquí cuando Henry vivía. Es de llamar la atención que los edificios nuevos o viejos, no varían mucho en su altura. En las calles de hoy además de los autos de lujo y congestionamientos de tráfico, es posible ver gente de todo el mundo, pero principalmente: negros, asiáticos y musulmanes, estos últimos en su mayoría, inmigrantes.  Paradójicamente a Henry, aquí, son comunes las mujeres tapadas hasta la cabeza; andan por todos lados: en las estaciones de tren, restaurantes, tiendas, autobuses, pululan por las calles como el viento. Pero hay que subrayar, la impresionante belleza que muestran en sus ojos y en la pequeña parte de su rostro que dejan descubierta. Los que menos se ven en estas calles son los galos. París por su cultura siempre ha atraído gente de todo el mundo, pero en los últimos años los conflictos políticos y económicos de los países vecinos, aunado a su posición geográfica y las facilidades que el gobierno Parisiense les da, hace que está ciudad se convierta en el principal polo de atracción para los inmigrantes de Europa y Asia.

Caminando en dirección a Aubervilliers desde La Place Clichy, Henry mencionaba que estaba lleno de cafeterías, bares, teatros, cines, hoteles y desde luego burdeles. Veremos qué sobrevive al tiempo. Me oriento con el google maps y tomó el Bd. Clichy en donde, después de dar unos pasos me topo con un Cinema que presenta El Comte de Montecristo; jeje, si Alejandro Dumas viera que su obra, terminada a mediados del siglo XIX se presenta hoy en el siglo XXI, sería el primero en pagar para entrar a ver cómo la han transformado.

Continúo mi camino y ya casi en la esquina, un restaurante me llama la atención: “Chama Tacos”. Me detengo y leo: Tacos franceses desde 2014. Si no fuera porque acabo de comer, entraría por unos tacos franceses.  Ya sobre la siguiente cuadra, la rue de Caulaincourt, observó que la circulación de los vehículos ha cambiado. La calle se encuentra dividida por un estrecho camellón con árboles. Por un lado, la circulación es para coches, autobuses y bicicletas, cada quién en su carril designado, no se mezclan. En el otro, todos los que quieran, pero en el mismo sentido y es ahí, en acotamientos especiales donde se permite estacionar coches o motos.  En ese momento, junto a mí, una mujer no menor de setenta años de edad, desmonta de una bicicleta como cualquier joven. Me ofrezco ayudarla con el bagpack que lleva, pero se me dificulta por su peso. La señora me agradece con un Merci Monsieur, se acomoda la bolsa en la espalda, estaciona bien su bici bajando el descanso y se aleja. No puedo creer lo que acabo de ver. Y no me equivoco en la edad, por las arrugas en la cara y la garganta, en sus manos y brazos las pecas típicas de la edad. La agilidad y fuerza de esa mujer no van de acuerdo con su edad. Increíble.

Sin dejar de pensar en la mujer de la bicicleta sigo andando, pero en ese momento recuerdo algo: La muy cantada canción de Yves Montand, a finales de los años sesenta del siglo XX, y su protagonista, “La bicyclette”, ya no es tan famosa, al menos en las cantidades como lo fue. Aquel París con sus calles llenas de muchachas guapas manejando sus bicicletas, haciendo alto en las esquinas, o transitando despreocupada y alegremente por París, no se ven como antes, pasaron a la historia. Ahora las amplias avenidas o las angostas calles están infestadas de coches, estacionados o intentando moverse. Los autobuses sólo transitan por el espacio que se les ha asignado sobre el pavimento dibujado especialmente para ellos. También, crearon espacios especiales para la circulación de bicicletas, normalmente en un extremo de la calle o sobre las banquetas. Por cierto, éstas en buena parte del centro de París no existen. Éstan bajas, sin altura. Son como la anterior administración de Mérida que transformó nuestras banquetas: las desapareció en el primer cuadro del centro histórico. La diferencia es que en Mérida pusieron postes para proteger y dividir la circulación entre la gente a pie y los coches. Ahora quisiera ver ¿qué va a pasar en nuestra ciudad en la primera época de lluvias? Y no sé quién o cómo se tomó esa decisión, pero no quiero pensar que fue por imitación con París.

Los espacios para bicicletas son poco utilizados, algunas veces las motos corren por ellos. Son más comunes las motos que las bicicletas. Circulan como en cualquier gran metrópoli: por todos lados, metiéndose entre los coches y rebasando a toda velocidad. Motos, grandes y potentes. Aquellas Vespa automáticas, delicadas, femeninas, parecen haber desaparecido. Sí, las calles y avenidas de París hoy por hoy son un caos. Nada que ver con las de antaño, por las que pedaleaban bellas damas como mariposas en primavera. 

Continuando mi camino sobre la rue de Caulaincourt, empiezo a cruzar un puente metálico y al mirar hacia abajo, veo: tumbas, lápidas y mausoleos. Un cementerio. Me parece interesante, busco cómo bajar, me percato que al inicio del puente hay escaleras.  La entrada está a unos pasos de mí, algunas personas abandonan el lugar y otras llegan. En eso, un hombre de apariencia agradable que salía me extiende la mano y me entrega un papel, lo abro, es un plano. Cimetiere de Montmartre. Estoy entrando al Cementerio Montmartre: Calles, avenidas, glorietas, números y nombres. Con mi escaso manejo del idioma francés, logro entender que dice: Personalidades que fueron enterradas en el cementerio: Émile Zola, Stendhal, Alexandre Dumas (hijo), el bailarin Nijinsky, el gran músico Héctor Berlioz, al pintor Edgar Degas, la Goulue, la tumba de Dalida entre muchas más. Creo que aquí me quedaré un buen rato, este lugar está lleno de historia. Un suave y fresco aroma me hace despegar la vista del papel y mirar a mi alrededor, estoy sobre una calle flanqueado por altos y frondosos árboles llamados Tilos. Para ser un cementerio, es un lugar hermoso y tranquilo. No planee estar aquí pero aquí estoy, debo seleccionar las tumbas a visitar de entre las trescientas personalidades que hay según dice este papel. ¿Visitaré al fundador del naturalismo literario, Zola?, ¿A Henri-Marie Beyle alias Stendhal creador de la novela psicológica moderna? o ¿al hijo ilegítimo de Alexander Dumas, quién llevó su mismo nombre y fue autor de la Dama de las Camelias? Sí, de los escritores visitaré a Dumas. Al bailarín de la Consagración de la Primavera a quien la esquizofrenia lo trajo hasta este lugar. Al creador de la Sinfonía Fantástica, cuyo padre quería que fuera médico. A Louis Weber, la bella bailarina creadora del Cancán a quien la apodaron “la glotona” (Goulue) y que su baile se volvió símbolo de París.

Lápidas modestas con el nombre del fallecido y sus flores a ambos lados hasta grandes mausoleos con columnas griegas y cúpulas altas, o hermosas esculturas de todo tipo: ángeles, hombres desnudos, mujeres, animales en recuerdo del ser querido. Me llama la atención que ambas, las tumbas pequeñas o los mausoleos pueden estar una al lado de la otra, parecido a como están en el panteón General de Mérida. 

En mi andar hacia la última morada del señor Dumas, a unos cuantos metros de mí, sobre una lápida, me miran fijamente una familia de ardillas. Doy un paso, ellas corren unos metros y se detienen de nuevo a verme. Tal vez quieren decirme algo o simplemente me preguntan ¿qué es lo que hago en este lugar? Salgo del camino de entre las tumbas bajando por unos escalones y llego a una glorieta donde unas urracas buscan algo entre el césped, detienen su trabajo me ven, hacen su típico y ruidoso graznido y levantan el vuelo en grupo. Sigo por la calle Montmorency en dirección a la Av. Montebello hasta llegar al sepulcro del hijo ilegítimo, de quien llevaba sangre mulata en sus venas: Alexandre Dumas. Cuatro columnas romanas sosteniendo un techo en el que se lee: Alexandre Dumas Fils. Y abajo, la escultura de él en reposo, usando un batón largo, pies descalzos y las manos sobre el estómago. Me acerco y veo por la parte interior del techo una inscripción que versa: Je me/ constituai dans ma vie/et dans ma mort/qui me interesse bien/ plus que ma vie/ car celle ci ne fait partie/ que du temps et celle la de eternite. Un hombre que vió, vivió y plasmó en su obra las desigualdades humanas, los problemas sociales y raciales del París de su época, no podía menos que haber construido más para lo que pasaría después de su muerte. Y sí, cómo él dijo: porque la muerte forma parte de la vida y de la eternidad. Y he aquí que el gran Dumas (hijo) sigue creando sentimientos y reflexiones sobre nosotros los vivos, a través del tiempo y la eternidad con sus letras. Después de permanecer un rato en silencio con la vista perdida sobre él, me doy la vuelta y camino sin una dirección fija.

Camino entre las tumbas. El sonido de las hojas de los árboles al moverse con el viento, de vez en cuando rompen el silencio o, de lo lejos llegan los graznidos de las aves y me sacan de mis pensamientos. Las nubes se mueven de un lado a otro. Empiezo a sentir algo de frío. No me asombra el lugar, me recuerda mi niñez en el Panteón General de Mérida. Por momentos imagino que aparecerá algún niño con su ropa humilde usando como cubetas unas latas de leche nido con sus azas de alambre y dicen: “seño, seño, le llevó agua, le llevo agua”. “Le chapeo su tumba mi coa tiene buen filo”. Los niños que por unos cuántos pesos nos daban agua para las flores que llevábamos. Ya que entonces no era fácil conseguir agua y las tumbas siempre estaban llenas de hierbas. Nos rodeaban dos o tres chicos insistiendo que les diéramos trabajo. Aquí en el cementerio de Montmartre no he visto ningún niño y no creo que exista el mismo problema. 

Sin darme cuenta llego a una modesta tumba. Simplemente una lápida en el suelo y una losa vertical redondeada donde debe ir el epitafio que no se alcanza a distinguir. Me llama la atención que sobre la lápida colocaron la escultura de un hombre sentado con un atuendo algo extraño: un sombrero redondo ajustado, grandes arandelas en el cuello, la cara mirando hacia un lado y sostenida por una mano, en una actitud como de aburrimiento o pensativo. Una camisa y un pantalón con flecos en los extremos y unas botas puntiagudas. Me acerco a la losa vertical y empiezo con la mano a tratar de limpiar para entender las borrosas palabras, letra por letra. La primera dice: S e p u l t u r e   y la segunda N i j i n s k y.  El destino me trajo hasta aquí. Ya en el centro se lee: Ne a Kiev 28-XII-1889 / Mort a Londres 4-IV-1950. Ahora entiendo. La escultura es la representación del gran bailarin ruso en su interpretación del títere Petrushka. Pero no puedo dar crédito, que el llamado “Dios de la Danza” haya terminado sus días en un pequeño sepulcro aquí perdido en el cementerio. Me gustaría conocer ¿cómo fue su primera tumba en Inglaterra? En donde falleció a la edad de 60 años después de varios años de esquizofrenia. Y que tres años después, el 16 de junio de 1953 fuera inhumado y trasladado aquí al cementerio de Montmartre. 

Henry Miller escribió en su novela Trópico de Capricornio que, si no fuera por la música, se hubiera vuelto loco como Nijinsky. Dice también que, un día descubrieron al bailarín regalando dinero a los pobres para luego meterlo al manicomio. Henry menciona en su obra un “Domingo Después de la Guerra” que el bailarin “fue despertado de su trance de un modo tan desconsiderado!” Lo anterior debido a que Romola la esposa de Nijinsjky en su afán por encontrar una cura para su esposo, logra un momentáneo alivio y lo regresa a la cordura. Entonces Henry se pregunta: ¿qué pensará Nijinsky al ver este mundo? del que según Henry, Nijinsky prefirió escapar a través de la locura para no volverse loco como nosotros, que nos hacemos llamar “normales”. Cuando Henry escribía eso, Nijinsky aún vivía. Y Miller se preguntaba: ¿qué pasará, se mantendrá despierto y se ajustará a su sueño como hacemos nosotros? o ¿preferirá cerrar los ojos otra vez y gozar solamente de lo que él sabe es genuino y bello? 

Un fuerte viento empieza a mover los árboles y poco después caen unas gotas de lluvia. Mis pensamientos siguen aún en Nijinsky, Dumas y en Miller por lo que viene a mi mente que: la realidad de los genios, sólo es percibida por nuestros sentidos y disfrutada en ese nivel. No por nuestra razón. 

Las nubes cubren todo el cielo haciendo más oscuro el atardecer. Entonces se desata la lluvia que aquí es fría, nada agradable comparada con la de Mérida, decido terminar mi visita al cementerio de Montmartre. Mañana visitaré alguno de los lugares donde Henry vivió. En el camino a la salida paso frente a una hermosa tumba rodeada de verdes plantas donde se ve la estatua de tamaño natural una mujer parada, que a sus espaldas tallado en piedra simula que salen unos rayos. Leo sobre ella en una especie de marco cuadrado que la rodea: Dalida. Me detengo mirándola a los ojos, algunas gotas de lluvia caen de mi gorra, me doy la vuelta y me dirijo a la salida del cementerio. En eso escucho o creo escuchar a mis espaldas la canción: Ciao amore, ciao. Sonrío y contesto: Ciao Lolanda Cristina Gigliotti.

Nació en Mérida Yucatán. Se tituló como antropólogo en la UADY. Cómo médico social en la UAM-Xochimilco. Estudio Ecología Humana en COA, Maine USA. Fue integrante del taller literario del escritor Joaquín Bestard en la UADY. Ganador del concurso literario en la modalidad de crónica del Fondo de Ediciones y Coediciones 2021 convocado por el Ayuntamiento de Mérida a través de su Dirección de Cultura. Ha publicado en diferentes periódicos, revistas científicas y literarias entre otras actividades.