Obra ganadora del Fondo Editorial del Ayuntamiento de Mérida, Manual de desaparición (2025) ofrece 45 poemas en prosa que permiten entrever el encuadre filosófico que su autor eligió para expresar uno de los problemas sociales más evidentes en nuestro país, la desaparición forzada.
El trabajo del maestro Víctor Fernández es un homenaje a la deconstrucción y al pensamiento crítico. A lo largo de sus 68 páginas encontramos breves pensamientos de corte académico que ha logrado diseminar entre densos episodios de ficción y realidad, por lo que esta fina textura es propicia a los lectores, quienes pueden olfatear la crudeza del drama sin desbordarse, porque contemplan el escenario desde una perspectiva tangencial. El discurso suena tan lógico como absurdo, y genera constante asombro y perplejidad.
Su encuadre filosófico propicia un fenómeno singular y a la vez familiar en el devenir de nuestras agitadas vidas urbanas: la voz lírica despliega un mundo ficcional, al mismo tiempo que lo diluye. Es todo un reto intentar hablar de algo que ya no existe, que el propio hablante lírico se ocupa en silenciar, borrar, decantar, mientras demuestra un aparente esfuerzo de recuperación. Esta retórica es idéntica a la que presenciamos en la vida real, cuando los discursos sobre las desapariciones intentan ser visibilizados del lado de los familiares de las víctimas, mientras son silenciados por el discurso oficial. En esta obra, lo que deja mirar el proceso creativo ayuda a la vez a desmontar lo escrito, y se logra con la elección de verbos precisos, juegos de sintaxis, quiebre de ritmos y asociaciones de ideas que aparentemente no guardan relación entre sí.
Por ejemplo, su estilo fragmentado me ofrece huellas de territorios ocupados por la urbe y alusiones vagas a fechas reconocibles, como los tiempos de pandemia, aunque no se limita a estos. Hay referencias a la casa, la cocina, a veces la ventana, el baño, el patio, la antesala, a espacios que trastocan el significando del lugar seguro y las necesidades básicas de sobrevivencia. También están los espacios públicos, que extienden el problema de la desaparición hacia maneras más sutiles y estructurales. En el poema “Regresar”, me encuentro con esto: “Una se acostumbra al dolor más aprisa de lo que te imaginas. Sobre todo cuando te amputan las piernas o el pensamiento para construir cosas importantes como escuelas/hospitales/hoteles”.
La obra mantiene el estilo fragmentado porque solo así, amputado, puede a veces distenderse y exhibir pletóricamente los cuerpos del discurso como si hablara de personas. En el poema “Papel fotosensible” se presenta lo siguiente: “Debajo de telas se esconden con miedo personas que son un producto al mismo tiempo que consumen para luego ser gasto al mismo tiempo resorte al mismo tiempo que repiten sus dolores al mismo tiempo asteroide en implosión al mismo tiempo solitaria que ensancha al mismo tiempo reciclaje al mismo tiempo de un mismo cuerpo vacío y completo”. El texto como cuerpo es a su vez urbe, territorio y país.
Por supuesto que la lucha por alcanzar la indeterminación está en riesgo cada vez que el discurso tiene que adicionar otra palabra, a veces semánticamente muy lejana a su vecina anterior, a veces no tanto, con la finalidad de anudarle una pizca de sentido. Son numerosos los poemas que tejen esta clase de discurso, abarcando numerosas facetas en torno a lo que implica desaparecer. Ya avanzada la lectura, encontramos el poema “Pequeña luz”, que opera como sutil oasis, espejo de las cosas que se han dicho caótica y crudamente: “Corro en el supermercado. Indago entre azulejos y o encuentro dónde rearticular la realidad o las praderas o las herrumbres de lo que dejé atrás para no ser pensamiento, hijas trituradas en la mano, sombra sin sol”. Después de este planteamiento, inician las preguntas en un segundo párrafo: “Cada persona tiene una pequeña luz que dar ¿en cada mercancía que sobrevive devaluada? ¿en cada opresión que quiebra los dedos levantados? ¿en cada cerillo que se avienta a la gasolina para encender sentidos?” Después de estas cuestiones, viene la crítica en un tercer párrafo: “Entonces soy lo que desteto, turista en viaje mensurable que encuentra paz en proyecciones, que pasa su vida, entre tarjetas de regalo y exposiciones de arte contemporáneo sobre el tiempo puntillista / embadurnada de silencio melancólico / sugerido / compartido / descargado en mp4 / que produce nueve orgasmos sin contacto y da tranquilidad espiritual en la desidia”.
Al dar la vuelta de tuerca a esta crítica, llegan nuevas preguntas en este mismo poema: “¿Si el silencio se multiplica no es un gran estruendo? ¿Cuánto espacio existe en la memoria para acumular angustias? ¿Qué caminos desandar para detener nuestras destrucciones? ¿Qué palabras quedarán para la conjura? ¿Hacia dónde caminar cuando no todo espacio está en renta? Y cierra con una propuesta en un último párrafo: “En medio de la noche seré el fuego que se lleva todo consigo, las plantas, las cosas, los cuerpos, el territorio. Hasta que el cuerpo aguante, debo ser mi propio enemigo en la antesala de mi propia casa. Inservible / contraproducente / inoperante: intenta siempre desaparecer, no es suficiente morir”.
Con estas preguntas pueden articularse problemáticas que el autor ha logrado condensar magistralmente. Una de carácter literario, como he venido exponiendo, la propuesta deconstructiva en la que el corpus de palabras se muestra en situación de riesgo; este corpus, articulado desde el feminismo, establece un vínculo con la voz lírica que en su mayor parte es femenina, y que pareciera provenir de una escritora, de casos históricamente violentados, a los que “cede la voz”. Y también, al mencionar los términos “espacio” y “renta”, el autor proyecta hacia ámbitos estructurales, expresados en términos de urbanismo, es decir, las condiciones que posibilitan esta violencia. A su vez, se aprecia entre líneas el mandato que restringe posibilidades, y dirige la mirada a una lectura existencial. La voz enciende el cerillo cuando se pregunta hacia dónde encaminar la angustia cuando no todo espacio esté disponible para cierto uso, cuando no todo espacio pueda ser ocupado por su valor de cambio. Está en juego la desobediencia civil, del mismo modo como el hablante lírico se posiciona al calificarse como inservible, contraproducente e inoperante. Creo que este poema en particular muestra la tesis del libro.
Ahora bien, me encantará comentarles qué me hace sentir este libro, debido principalmente a esta oración: “intenta siempre desaparecer, no es suficiente con morir” porque me llevó a preguntar qué tanto el autor biográfico buscó desaparecer con respecto al objeto libro. Porque no es gratuito que cada ejemplar integre la fotografía de un Víctor Fernández con lentes oscuros.
Me ha encantado cada guiño de este trabajo, alineado a la teoría y a la poética, pues Víctor el autor biográfico ha jugado a salir del escenario en el que actúa como autor implícito, mediante una tarjeta que intenta perderse, porque la foto no está integrada, impresa, como sucede normalmente. Si fue errata editorial, no me importa saberlo, o mejor dicho, le vino bien una solución que enfatice la diferencia. Otro guiño es la portada, pero ahora no me detengo a hablar de ese globo rosa y del parque cercano a su hogar que de alguna manera alejan y acercan de muchas maneras y, como golpe de ola, complejizan divinamente el asunto.
La invitación a leer este libro prevé mayor resonancia en cierto tipo de lectoras. Gracias a los recursos empleados por este autor, como la voz, es muy probable que esas mujeres encuentren y se identifiquen con los referentes estructurales que las atraviesan. No exime a los varones que son víctimas; sin embargo, alude al varón como agente de actos violentos a través de numerosas prácticas que las propias mujeres han denunciado.
Hay también sostenidas referencias al desastre climático y otras problemáticas derivadas de un sistema económico, más que ideológico o político. Todas las especies que asoman furtivamente en el texto, sean hormigas o pájaros, desean decir, junto con las cajitas de prozac y los bichos que se alimentan de algo producido en el cerebro.
Sí, hay todo eso, pero sobre todo hay algo pasivo, demasiado vulnerable, hay una niña, y otra y otra que cae. Maravillosa frecuencia, que naturalizas cualquier horror. Pensé en la frase que aparece en las mañanas de cada 9 de marzo: “Es tu pared, pero era mi niña”. Hay, pues, memoria en este libro. El concepto es muy amplio, tan vulnerable como una niña. Este libro nos declara que en la amplitud de la memoria no cabe el demasiado dolor: la hipérbole que construye ha estallado cuando una mujer te dice que puedes mirar las múltiples esperanzas que se pudren entre tus dedos. Y hay otras contundencias donde sea que abras: el poemario está plagado. A cambio, ofrezco un elemento metatextual que explica, enfriando al mismo tiempo: “Soy parte de las que perdieron la memoria por elección y me he secado por no aceptar la incomodidad de los huevos en el desayuno”, que encontramos en el poema “Sombras”.
De por sí nada es como lo vemos, sino como lo miramos, y si a este filtro le agregamos el tiempo, la memoria qué artificio es. La poética no puede ser menos barroca. Así, por ejemplo, tal vez un día la nota del periódico, el informe del hospital, las conversaciones sobre el clima, y la literatura, testimonial incluso, todas juntas nos digan lo mismo, igual que cuando se lee “Otra niña ha caído de los cuartos de arriba. Al parecer sin romper nada importante. A simple vista parece bien. Se ha dejado de mover.”
Enhorabuena a quienes hicieron posible la publicación de esta obra, que a pesar de sus desvíos, reescrituras y lapsos de reposo, ha salido invicta, para sostener los sentimientos que son atravesados por todo aquello que no les es propio, por todo aquello que no se limita al pathos, a una mera individualidad.










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