Como música en una tarde en la que el sol comienza a hacer estragos, me llega el recuerdo de Beatriz Rodríguez Guillermo, cuyo nombre, intensamente ligado a la literatura, nos recuerda las señales que nuestra divina comedia nos va poniendo en el camino.
Curiosamente, no fuimos íntimas amigas, quizá la distancia en el tiempo no lo permitió, tampoco fui su alumna ni siquiera trabajé con ella, pero la vida, incomprensible como es, nos reunió. Y a cada encuentro con ella, quizá sin planearlo ni proponérselo, tuvo una lección para una joven que se iniciaba en las letras y en la vida.
Se ocupó en dejarme claro, tanto la primera vez como en la última que hablamos, que lo más importante es la familia: para ella lo eran sus padres; quizá esto parezca muy trivial y cotidiano, pero no lo es para quienes, en múltiples ocasiones, nos absorbe el trabajo o confundimos las prioridades.
Así recuerdo a Beatriz: una mujer equilibrada, ecuánime y mesurada, pero sin dejar de ser fuerte y atrevida en lo importante. Maestra de profesión y vocación, porque, aunque la vida la llevó hacia la función pública con diferentes cargos, nunca se desligó de la educación.
Antes de ser directora de la Escuela Superior de las Artes de Yucatán (ESAY), última responsabilidad que desempeñó, Beatriz Rodríguez fue coordinadora de la Escuela de Humanidades de la Universidad Modelo, y anteriormente, directora fundadora del Centro Cultural de Niño Yucateco, alojado hasta el día de hoy en el excuartel de Dragones, en el barrio de La Mejorada. Este noble proyecto puso en sus manos la tarea de echar andar el semillero artístico del estado, recibiendo a niños desde los seis hasta los once años de edad con programas de sensibilización artística, música, danza, artes visuales, teatro, entre otros. Sin duda, una empresa nada fácil y sí de un gran compromiso, que la maestra supo desempeñar.
La conocí por el Centro Yucateco de Escritores, asociación civil de la que fue presidenta fundadora en los años ochenta y que representó, en aquel momento, un aire fresco en la literatura yucateca y el inicio de un movimiento hacia nuevas políticas culturales que miraran hacia los jóvenes; sin embargo, mi acercamiento con ella fue a partir del periódico Por Esto!, del que ella fue parte de las plumas fundadoras y en el que colaboró hasta sus últimos días.
Entre sus colaboraciones periodísticas, destacaré que estuvo a cargo de Mundos, suplemento infantil de carácter educativo que el Por Esto! publicó hasta 2020. Se puede decir que fue uno de los últimos suplementos educativos que se editaron en la prensa mexicana. Eran ocho páginas que salían cada sábado con historietas, adivinanzas, poemas y curiosidades científicas para despertar la creatividad en los niños. Lo sé bien, porque al fallecer Beatriz Rodríguez Guillermo, el director, Mario Renato Menéndez Rodríguez, me pidió hacerme cargo del suplemento, lo cual hice los últimos cuatro años de su publicación. Debo decir que nunca se borró el nombre de Beatriz Rodríguez del directorio. Hasta en la última edición siguió apareciendo su nombre como directora editorial, con una cruz a su lado, y abajo el mío con el cargo de asesora editorial.
Poco podría hablar de su poesía —y, seguro que otros lo harán con precisión—, por lo que prefiero compartir lo que de manera personal me dejó. Así como escribió Al sol alrededor del parque, libro que le valió el Premio Estatal de Cuento para Niños en 1992, semanalmente en el suplemento infantil escribió El diario de Bernardo, en donde este niño hablaba de sus días de escuela y preocupaciones infantiles. Lamentablemente, la autora pidió que dicha sección no se retomara después de ella. Así que Bernardo dejó de salir.
Sin embargo, a petición de la doña Alicia Figueroa, quien era la jefa del departamento de publicidad, de donde dependía el suplemento, debíamos buscar la forma de que esta sección continuara, sin violar la decisión de Beatriz. De esta manera, nació Cartas a Sofía, una sección que para mí fue un doble compromiso, tanto con la escritura como con mi antecesora. Las Cartas a Sofía, fueron también un diario escrito, ahora, por una niña llamada Monsi, quien llamó a su diario: Sofía, donde expresaba ideas y curiosidades con sentido filosófico. Realmente, una experiencia que disfruté mucho y que siempre estuvo vinculada con mi apreciada Beatriz.
En 2016, año en el que nos enteramos de que estaba gravemente enferma, en el mes de marzo, realizamos el I Encuentro Internacional de Periodismo “Por un periodismo auténtico”, en el marco del aniversario del Por Esto! y en el último día, en la mesa final de dialogo estaba considerada nuestra querida maestra. Sin embargo, creí, como todos, que no iba asistir, porque ya nos habían informado que estaba delicada, sin embargo, para sorpresa nuestra, llegó puntal a la cita, más delgada que de costumbre y con bastón, pero con la elegancia de siempre, subió las vastas escaleras del edificio central de la Universidad Autónoma de Yucatán hasta el Auditorio “Manuel Cepeda Peraza”, y como si no pasara nada, ante la admiración de quienes sabíamos de su dolor, leyó su testimonio como escritora y colaboradora del periódico.
Recuerdo que, para mí, que estaba a su lado en la mesa panel, fue una muestra de su fortaleza y nobleza, pues entendí que fue su oportunidad de agradecer sus experiencias en el rotativo. Porque, congruente con su carácter ordenado y responsable, parece que nada dejó al azar, nada dejó pendiente.
Por lo que a mí respecta, la última vez que hablé con ella, en su despacho de la ESAY, me volvió a decir, como la vez primera, que no hay que perder tiempo en cosas banales, porque éste se va y muy rápido. Es necesario dedicar tiempo a la familia, pero añadió que también: a nosotros mismos, darnos tiempo para respirar, para comer, para descansar. Nuevamente, algo que escuchamos por todos lados, pero que cobra otro sentido en los labios de quien acaricia sus últimos días, con todo lo aprendido.
Por último, en su encomienda final, me dejó un regalo que mantuvo en silencio. En la versión ampliada de la Enciclopedia Yucatanense, incluye mi trabajo descrito con sus propias palabras, lo cual atesoro infinitamente.
Nunca fuimos íntimas amigas, nunca hablamos a diario, ni siquiera trabajamos en la misma oficia, pero creamos un vinculo especial, que yo hasta el día de hoy agradezco.
Beatriz Rodríguez Guillermo es una poeta, maestra y periodista protagonista en la escena yucateca, cuyo nombre no debemos dejar que se disuelva en el tiempo, porque su obra y aportaciones siguen floreciendo en muchos corazones.






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