Hace unas semanas se difundió en medios de comunicación una imagen satelital que mostraba nítidamente la incesante mancha urbana de Mérida. El modelo de desarrollo impulsado por las administraciones de la ciudad ha generado una afectación medio ambiental que todavía no alcanzamos a dimensionar como comunidad.
Este hecho plantea una serie de preguntas fundamentales: ¿es correcto el modelo desarrollo que se ha impulsado desde la administración pública local?, ¿vamos en buen camino como ciudad? Crecer duele y genera vértigo y Mérida está en ese proceso.
Los discursos oficiales sostienen que el clima de paz y la inyección de inversiones nacionales e internacionales han generado una bonanza, una prosperidad que posiciona a Mérida como una de las mejores ciudades para vivir. Pero, ¿esto es realmente así?
Cuando se hacen análisis de movilidad social y desarrollo se comete el error de no introducir una variable imprescindible: ¿prosperidad y crecimiento para qué, para quién? Es indudable que la ciudad ha crecido exponencialmente, ¿pero esto ha beneficiado a la población en general? La inflación, el encarecimiento de la canasta básica y los bajos salarios en la ciudad parecen indicar lo contario.
Es indiscutible que el modelo local que se ha impulsado ha sido un desarrollo del norte de la ciudad que contrasta notablemente con el sur de la urbe. ¿Cómo podemos hablar de la paz y prosperidad de Mérida cuando los ciudadanos del sur no acceden a los mismos derechos y servicios del norte de la ciudad? ¿Este modelo de desarrollo está generando ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda? ¿No nos avergüenza presumir una ciudad a costa de invisibilizar a una parte de la población?
Los monumentos y la urbanidad siempre dictan la configuración del poder en una ciudad. El monumento de los Francisco de Montejo sólo mira al norte de la ciudad, un símbolo inequívoco de la desigualdad en Mérida.
Aunado a esto, la ciudad está experimento un choque cultural que no es posible obviar. La migración de connacionales y extranjeros que están generado diferentes problemas de convivencia. Por ejemplo, es entendible que una persona mayor mire con incredulidad y preocupación la transformación drástica de sus colonias y sus vecinos. Ese temor a nivel psicológico se ha refugiado en discursos reaccionarios y xenófobos reprobables. Nos gusta quejarnos del discurso de odio de Donald Trump, pero a veces no tratamos mejor a la gente que viene a ganarse la vida a Mérida de manera digna.
Odiar es mucho más sencillo que mirarnos honestamente como sociedad. Es por eso que Mérida no puede ser un acta de nacimiento arrojadiza y un modelo desarrollo para unos cuantos; Mérida tiene que ser un modelo de convivencia y desarrollo basado en el derecho de todos, absolutamente todos sus ciudadanos. El sur también existe.







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