Soy afortunado, muy afortunado. Tanto, que no concibo un día tuyo o un día para ti. Me parece absurdo, aún cuando me regocija, me parece forzado a pesar de sentir una enorme alegría de saberte mía, como quien guarda para sí, con egoísmo, un fabuloso tesoro. Debía existir el siglo de las madres o, mucho más, la eternidad de las madres; porque todo me parece poco para reconocerte y porque nunca será mucho el bien que yo, como agradecido hijo, pueda hacerte.
Ayer, mientras dormitabas en el viejo sillón de la sala te observé tranquilamente, lleno de orgullo: miré con devoción tu cabeza blanquísima y brillante, tu cuerpo cansado y la sonrisa leve y perenne que siempre te acompaña como un sello distintivo. Y recordé, recordé tanto que llegue hasta mi niñez, y desde allá recorrí un largo camino hasta hoy.
Me vi en tus brazos cuando arrullabas mis sueños. ¡Eras muy bella! Sentí la misma sensación de entonces cuando me cubrías el cuerpo menudo al despertarme en la noche fría, y después dedicabas un largo rato, sacrificando tu propio sueño, para acariciarme y terminar con un beso.
Seguí contemplándote, y mi mente fue asaltada por otro recuerdo, mi primer día de escuela: Yo lloraba mucho, y mientras lo hacía, más persuasiva eras, y con voz muy cariñosa hablabas. Me decías que debía ir, que era mi futuro. Y así fue, mi vieja, ¡qué razón tenías!
Llego a mi adolescencia y juventud primera, y entonces te veo claro, te oigo hablar airadamente, pero sin perder la calma, sin perder tu aire bondadoso. Hablas de las injusticias que se cometían, de lo absurdo de aquella sociedad, de tu niñez de incalculables sacrificios, viendo aterrada junto a tus viejos, que no había nada para comer. Y te veo también, como mis hermanos, cuando escuchabas bajito la radio de las montañas redentoras, con su mensaje cierto de esperanza. Y un poquito después, como un relámpago, descubro ante mí a una mujer alta, hermosa todavía, aunque ya un poco cansada. Me sentí poca cosa, algo así como que no te merecía. Nunca se me olvidará que ese día juré estar, al menos, a tu altura. Tu sabrás si lo logré, yo sí se que lo he intentado.
Después, muchos otros recuerdos se me agolparon en la mente, pero algunos de ellos sobresalían: la sabia mediación para que no discutiéramos entre hermanos; el engaño a nosotros para que no conociéramos que ya sufrías dolencias; tu enorme vacío cuando se nos fue el viejo, tu compañero de siempre; la sin par alegría del primer nieto, y ahora, recientemente, tu último biznieto; tu envidiable fe en el futuro; las ansias que alguna vez me atreví a calificar de desmedidas, por hacer el bien a todos, por comprendernos a todos, por ayudar a todos.
Y poco antes de dejar de contemplarte ayer, como te decía, sentí la más grandiosa sensación de mi vida. Comprendí mi inaudita torpeza cuando sufro por mis problemas, mi insensatez por no apreciar en su máxima medida los privilegiado que soy por tenerte, el grave error que cometo pensando, con profunda tristeza, en la posibilidad de no contar contigo algún día. ¡Que error tremendo, mi vieja!
No puede haber fin para tu vida, porque nunca habrá fin para la bondad. No puede haber fin para una madre como tu, porque nunca habrá fin para la ternura.
Por eso estoy más seguro y tranquilo: cuando llegue también mi hora y deba despedirme de esta vida, volveré a recordar como ayer, y nuevamente me veré en tus brazos, y otra vez disfrutaré de ti como siempre, como el primer día.







Responder