Cuando Ángel me invitó a presentar este maravilloso poemario sin duda acepté. Me conectó con un interés del pasado. Él sabía que yo había realizado una pequeña investigación sobre la violencia hacia la mujer, por lo que aprovecho este momento para agradecerle y felicitarlo. No hemos tenido el gusto de vernos en persona pues todos nuestros encuentros han sido a través de una pantalla; de igual modo, este tipo de interacción es parte de nuestra generación. De cualquier manera, ya somos esclavos de la tecnología.
Nos conocimos algunos años atrás al coincidir en la misma maestría, y durante nuestro encuentro virtual nos tocó realizar tareas y actividades en conjunto, por lo que desde el principio demostró ser un buen compañero de clase además de un gran ser humano. Mientras nos mirábamos a través de la pantalla durante cada clase, logré percibir en aquel instante su interés por las letras. Posee el don de la paciencia, no por nada es docente. Colaborar con él fue una etapa muy enriquecedora. Puedo decir que tiene cualidades de una persona inteligente: primero observa, escucha, y después habla. Con el tiempo tuve que tomar otro camino y dejar de verlo por la pantalla. Después comprobé que la vida nos da sorpresas.
En 2024 el presidente de la Asociación de Literatura y Cultura de Yucatán, Juan Medina, me invitó a sumarme a su equipo, y entre sus colaboradores estaba Ángel… la vida me había vuelto a reunir con él. Después de coincidir varias veces, nos volvemos a situar en el mismo camino cara a cara tras una pantalla. La tecnología nos ha unido y separado a la vez, pero esto no es nada raro; lo de ahora es interactuar de manera virtual y tener amistades a la distancia.
En este libro titulado En el centro de la casa crece un árbol nos encontraremos con diecinueve páginas, nueve poemas y treinta y nueve estrofas. El número nueve lo persigue, pero si sumo cada letra de su nombre, Ángel, y su apellido, Uicab, obtendré el número diez, número que perfectamente lo representa. El tema que el autor trata en este libro es de interés público, aunque suceda en su mayoría en el ámbito privado. Su poesía es realista, y en cada verso deja entrever el problema de la violencia hacia la mujer. En cada título se encuentra una historia diferente. Cada poema es una denuncia en contra del maltrato hacia las mujeres. Hablar de este tema en el que la mujer es víctima de violencia debería ser de interés público. Desgraciadamente, la violencia es ya un acto normalizado que se ha ido naturalizando a través de las dinámicas sociales. La violencia no solo es física; no siempre deja huellas en el cuerpo, pues también produce heridas emocionales y palabras que retumban con fuerza para desvalorizar. Los gritos también duelen.
Las violencias que se ejercen contra la mujer no siempre son visibles, y otras se camuflan en la sociedad como actos normalizados, como abuso emocional, verbal, patrimonial, económico y simbólico, entre otros. El autor a través de su prosa vuelve bella una cruda realidad, una que debe ser narrada y no permanecer en lo privado. Es de suma importancia que esta problemática social se encuentre entre versos y estrofas, y con esto no trato de romantizar la violencia, sino reconocer el interés de elegir el tema y plasmarlo en hojas blancas visibilizando la cruel verdad por la que atraviesan miles de mujeres. Las diecinueve páginas que integran este poemario representan la carpeta judicializada que muchas mujeres esperan obtener. La pluma de Ángel representa al testigo que va contando todos los hechos al momento de interponer una denuncia por violencia doméstica.
A continuación, leeré uno de los poemas, titulado “Mi lenguaje es el silencio”.
I
Él puso en mí la semilla de la muerte,
crecía como pústula a punto de reventar.
II
Era mi dueño,
lo dejó claro a cada golpe.
Pero mi muerte a mí me pertenece,
aunque me quiebre las piernas y los brazos,
y me reviente la boca.
No hay puerta falsa cuando es la única
III
Cómo pude aguantar tanto.
Lamento dejar solos a los niños,
no verlos extender sus alas para dejar el nido.
Los insultos se fueron acumulando en mí
como un ejército de orugas
a las que nunca les salieron alas.
Los golpes en mí hicieron su morada.
El dolor está impreso en cada página que nuestros dedos deslizan. No hay manera de alejar la mirada de esta realidad que sucede con frecuencia. El autor explora el daño que en su mayoría se vive en silencio. Toca puntos de quiebre que siguen latentes en la sociedad. En su escritura se escuchan los gritos atrapados entre cuatro paredes y la humillación que marca una vida y varias generaciones. Al leer cada poema nace en nosotros la necesidad de romper con el círculo de la violencia. De igual manera me gustaría compartirles una parte de un poema titulado “Yo era una libélula moribunda”.
Yo era una libélula moribunda
I
Me tomó de los cabellos y me arrojó al suelo,
las telarañas del viento no pudieron sostenerme.
Vi a mis pequeños abrazados el uno al otro,
sus rostros cundidos de lágrimas.
Yo era una libélula moribunda
sobre un charco de sangre.
II
El alcohol lo volvía una bestia,
cada día era peor.
Tengo que aceptar
que algún día lo amé como se ama
la primera sonrisa de un recién nacido.
En mi vientre crecía un niño que iba a llevar su nombre,
pero un día decidió que no quería nacer.
Fue tu culpa, estúpida, me decía,
mientras pintaba en mi cuerpo un paisaje con cardenales.
Los poemas del autor son las cicatrices que perduran en el cuerpo a través del tiempo. Mientras vamos leyendo no solo nos encontramos con cicatrices, también con la cruz del descanso eterno. Éste llega de manera sigilosa, y aunque en el camino deja gritos, insultos y golpes, se escabulle con pasos normalizados hasta dejar un vacío de dolor y tristeza. El tema central como hemos visto es la violencia hacia la mujer, esa que destroza la mente y abre espacio mientras la autoestima va cayendo para sumergirse en un hoyo en el que se han sembrado humillaciones, insultos y faltas de respeto. El abismo puede llenarse para después expulsar lágrimas saladas. Otras veces miraremos un charco de color rojo carmín que se llevará recuerdos, sonrisas y miradas. Compartamos cada poema como un canto a la liberación. Que cada uno leído en voz alta sea la semilla para ayudar. Hago una cordial invitación para acompañar al autor en cada una de sus páginas. La violencia nunca será un tema delicado para hablar: es real y sucede a diario. No es difícil o “fuerte” hablar de este tema, porque nuestra voz será más fuerte al visibilizar un problema que se esconde con cifras sin interés en descender. Espero que tengan la oportunidad de leer el libro de Ángel, quien con dolor, entusiasmo y coraje escribió cada página para todos nosotros.








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