Al fin, en el París de hoy, alguien conoce a Henry Miller. Tecera parte.

Dana me mira a los ojos y luego pregunta con firmeza.

¿Quieres seguir buscando? Aunque compruebes que, en el París de hoy, en los lugares donde vivió el señor Miller nadie lo conoce; que él no es importante como lo son otros artistas.

-Sí -Respondo.

Bien. No entiendo por qué es importante para tí. Pero tres bien, vamos.

Subimos a su coche, enciende el motor y pregunta:

-Entonces quieres ir a Rue Saint-Louisen l’lle número, número… ¿qué número?

-Número cinco.

-Antes me dijiste otra dirección, ¿verdad? Una Villa, Villa…

-Villa Seurat.

-Mejor vamos a esa dirección, ¿te parece?

-Me da lo mismo, tú conoces la ciudad.

Empezamos a recorrer las avenidas y calles parisinas. El tráfico, como en cualquier metrópoli, es un caos total. Por momentos quedamos embotellados, aunque nos movemos lentamente; y en otros como ahora, detenidos por completo. Solo nos queda esperar. Pasan varios minutos y no parece que avanzaremos pronto. Dana empieza hablar:

-Aquí en París han vivido muchos artistas: Picasso, Paul Cézanne, Balzac, Van Gogh, Claude Monet, Víctor Hugo. El americano que escribió una novela sobre un hombre anciano que se adentra a la mar con su hijo para pescar ¿Cómo se llama, cómo se llama…

– Hemingway -le respondo.

– Sí Ernest Hemingway y muchos artistas más. Hoy en los lugares donde estuvieron, al menos hacen referencia a ellos con alguna placa, un cuadro o los han convertido en museo en su honor. La casa de campo en Argenteuil donde vivió Claude Monet, hoy está remozada y es un museo; reconstruida como cuando él la habitaba. Por unos cuantos euros puedes pasear sus estancias, sus cuartos, el jardín tan bello e importante para Monet. Además, cuenta con una museografía y tecnología muy moderna: por ejemplo, abres un cajón o una ventana y aparecen algunas de sus pinturas en tercera dimensión. En otro cuarto te puedes sentar y mirar una proyección en la pared, donde aparecen escenas de la vida cotidiana de aquel entonces: los puentes, veleros por el río, los sembrados de girasoles, el tren. Es un museo interactivo muy bonito.

El departamento que habitó Víctor Hugo frente a la plaza de los Vosges aquí en la ciudad, desde antes que subas por las escaleras…

-Vamos Dana los coches empiezan a moverse de nuevo -le aviso.

Dana mete velocidad, pero alguien se adelanta, pasa primero en un estrecho espacio entre nosotros y el coche de enfrente. Dana reaccionó a tiempo y no avanzó o nos hubiéramos estrellado.

-Pítale Dana, pítale su madre. Exclamo con voz alta, casi gritando y molesto.

Shaman echado en la silla de atrás, se levanta y empieza a ver por la ventana con su cara de ¿qué pasó? Ella, impávida, maniobra girando el volante a un lado y avanzamos.

-No pasó nada. Eso es algo muy común aquí, de todos los días y a todas horas.

Casi de inmediato retoma la plática, al mismo tiempo que acelera hasta desarrollar toda la velocidad. Me quedo sorprendido por la templanza de esta mujer. Luego, otro embotellamiento.

-Te hablaba de Víctor Hugo, del lugar donde vivió cuando regresó a París después de su exilio. Su departamento está ubicado en el segundo nivel de lo que fue el hotel Rohan Guémené. Ahí, antes de subir por las escaleras encuentras una pared con algunos cuadros donde cuentan la historia de su vida, desde su nacimiento hasta su muerte. En uno de los descansos de las escaleras pusieron un mural, y en el otro, una escultura alusiva al poeta. Si subes por el elevador, en el botón que te lleva al segundo piso dice: appartement de Víctor Hugo. Lo reconstruyeron…

-Dana, Dana ya se están moviendo, vámonos.

Moverse por las calles de París en carro permite conocer de otra forma la ciudad y a sus habitantes. Después de avanzar unas calles y ver todos los edificios del mismo alto y estilo arquitectónico, me surge una pregunta

-¿Dana no existen rascacielos en París?

-Sí claro, pero no en esta parte de la ciudad. Esto es aún el centro histórico, los edificios altos y modernos están por el oeste de la ciudad, principalmente en un área que se llama La Defense. Aquí se conserva el diseño clásico Romano que Napoleón III le dio a la ciudad desde finales del siglo XIX. Creó avenidas anchas para mover fácilmente a sus ejércitos, aunque él decía que era para darle belleza a la ciudad. Años después llega la transformación que el Barón Haussmann imprime a toda la ciudad creando edificios no más altos de seis pisos y construidos con piedra caliza de Lutecia, que le da ese particular tono beige; de esta forma no necesitan ser pintados. Crea ese estilo arquitectónico uniforme que ves, construye bulevares, parques; el sistema de alcantarillado, las avenidas, calles, la distribución de todo como hoy está la ciudad. Y gracias a las estrictas reglas urbanísticas y arquitectónicas que tenemos, se ha mantenido el estilo y controlado el crecimiento urbanístico, ganándose el nombre de estilo francés. Así, en el centro histórico se respeta nuestra historia, bueno lo más que se ha podido porque, la verdad en los últimos años han destruido algunas cosas importantes, pero aún es un lugar bello. Aunque no puedo decir lo mismo con el tráfico.

-Pues por lo que hasta ahora he visto, parece que ustedes no acostumbran utilizar el claxon de su vehículo, ni cuando están embotellados. Respetan el silencio. En Mérida, mí ciudad natal, tocar el claxon por cualquier cosa es lo más normal y cotidiano. Ahí hacer ruido y escándalo para llamar la atención es muy común. Imagina que hasta en la entrada de los establecimientos comerciales colocan grandes bocinas con música a todo volumen. ¿Pero sabes qué es lo más grave? Que se crea una guerra de sonido entre los vecinos.

-¿Cómo? No entiendo.

—Si tienes un comercio con tus bocinas en la puerta, él vecino de enfrente o junto a ti, coloca las suyas en su puerta y trata de poner mayor volumen para ganarte. Entonces se forma un escándalo insoportable. Y lo peor ¿sabes qué es? Las autoridades no hacen nada. O los dueños del negocio les dan un dinero para que hagan como que no oyen, ni saben nada. Y los perdedores son todos los que pasan sobre esas calles, “disfrutando” del ruido, más el de los coches, autobuses, motos, vendedores ambulantes que gritan lo que venden. Sí, eso sucede en el centro histórico de mi ciudad, tristemente.

­- Aquí, en algunas calles hay gente tocando un instrumento musical o cantando. Algunos hacen un sonido muy fuerte y no a todas las personas les gusta, pero a otros sí y les dan monedas.

-Pero eso no es igual a poner bocinas y hacer escándalo.

 -¿Sabes? Estamos sobre la Venue du Colonel Henri Rol-Tanguy. ¿Has oído hablar de las catacumbas? Pues la entrada está un poco más adelante. ¿Quieres entrar?

-Me encantaría, pero ahora no. Ya es de tarde y creo que pronto anochecerá.

-No lo dices porque sientes miedo, ¿o sí? Jeje, pero no te preocupes, ahora en septiembre oscurece entre siete y siete treinta de la noche. Aún nos quedan varias horas de sol.

-No claro. Lo digo porque de noche será más difícil encontrar la casa de Henry Miller. Además, adentro de las catacumbas hay luz, ¿verdad? Y dime, ¿es cierto que se pueden ver los huesos y las calaveras?

– Cierto. Son millones formando paredes interminables en cada pasillo y cuarto.

-¿De dónde salieron tantos muertos?

– Se fueron juntando desde el siglo XVIII, cuando los otros cementerios de la ciudad ya estaban llenos, volviéndose un problema sanitario, entonces aprovecharon las canteras y los trasladaron a ese lugar. Así se formaron, principalmente con huesos del cementerio llamado de “Los Santos Inocentes”. Dicen que son más de seis millones de esqueletos en trescientos kilómetros de túneles. Pero ahora la parte que se visita no es mayor a ochocientos metros.

– ¿Kilómetros de túneles? eso es impresionante. En mi ciudad también dicen que existieron túneles, pero no tan largos como los de aquí.

-¿Para qué servían?

– La leyenda cuenta que fueron para comunicar la catedral de Mérida, donde oficiaban misa y vivían los sacerdotes católicos, con un convento que se encontraba a unas cuantas cuadras donde vivían monjas. Por eso eran túneles secretos, subterráneos. Incluso se dice que cuando los descubrieron, en su interior encontraron esqueletos de bebés recién nacidos. Lo que suponen fueron el resultado de las relaciones clandestinas de los padres con las monjas. Pero en realidad no se ha comprobado nada.

-Aquí las catacumbas también fueron utilizadas para ocultarse en diferentes épocas: Durante la Segunda Guerra Mundial, la resistencia se guardaba ahí. Cuando la Comuna de París, un grupo de insurrectos también se escondía en los túneles. Y hoy en día se habla de que el transporte metro tiene algunas partes que conectan con las catacumbas y que algunas personas se ocultan ahí.

-Yo jamás me guardaría en un lugar como ese. No dudo que sucedan fenómenos paranormales.

-Dicen que si alguna persona anda sola por los túneles, escucha voces familiares que la van llamando para que la sigan; así la van llevando por pasadizos más y más profundos hasta que se pierde y no puede regresar.

-Mira ahí está la entrada-

—Oh, sí casi frente a la glorieta donde está el león que alude a la Defensa de la Nación.

-¿Cómo se llama este lugar?

– Square de l’Abbe-Minge pero es mejor conocido como “Las catacumbas”.  Seguiremos sobre Avenue René Coty y por esta área vamos a encontrar Villa Seuart.

Dana disminuye la velocidad y me dice:

-Mira los nombres de las calles en los letreros que están en la parte alta de las esquinas.

Avanzamos sobre la Rue de la Tombe Issoire, luego nos metemos a un callejón sin salida llamado Cité Annibal, hacemos inversión y salimos a la misma calle anterior. Pasamos la rue l’Aude, nos movemos una cuadra más y llegamos a la esquina donde el letrero azul en la parte alta dice: Villa Seuart. George Seuart. Peintre 1859-1891. Mi emoción aumenta al igual que mi incertidumbre. ¿Tendré la misma suerte que en las direcciones anteriores? ¿En verdad será que aquí vivía Henry? ¿Y si la información que obtuve no es la correcta?

-Mira, esta también es una calle sin salida. Dejemos aquí el coche y caminemos.

-Dana ¿quién fue George Seuart? -Pregunto.

-Un pintor francés que se le conoce como el padre de la técnica llamada puntillismo.

Nos estacionamos, cerramos los cristales del coche, bajamos, aseguramos a Shaman con su correa y caminamos hacia el interior de la calle en búsqueda de la casa número dieciocho. Casas de tres plantas, otras de dos y lo que veía por primera vez en esta parte de París: casas de un piso con jardín al frente y árboles. Afortunadamente, todas tienen numeración. Casa número uno, dos, tres, cinco

-Mira, esta casa es un museo o una sala de arte -dice Dana deteniéndose en la puerta.

-Es verdad, ¿cómo se llama?

-Chana Orloff. Es una buena señal, tal vez adentro tienen fotos, pinturas o algo de Henry. ¿Entramos?

-No Dana, mejor luego. Primero busquemos la casa.

-Te veo muy excitado.

-Sí, quiero ya quitarme la duda. No puedo, no quiero creer que en esta dirección tampoco haya nadie o nada que diga que Henry Miller estuvo aquí.

Casa número catorce, dieciséis…

-Mira Dana, esa casa está construida con la misma técnica que las casas antiguas en Mérida. Nosotros las llamamos, casas de ripio. Piedra sobre piedra unidas por cemento. Y esa otra allá es de ladrillos. Ya en épocas más modernas en Mérida se construyeron casas con ladrillos como esa. La diferencia son las fachadas.

-Ya falta poco para que lleguemos al final de esta calle cerrada. Mira, al fondo hay una casa con un pequeño árbol al frente.

-Casa número dieciocho. Al fin, aquí estamos. Una casa estilo minimalista de color claro, de tres pisos. Desde aquí abajo se ve que en la azotea parece haber un cuarto o algo por el estilo. Puertas y ventanas abatibles de madera sin mantenimiento. Y lo más importante para mí: no hay ningún letrero o señal que indique que aquí vivió el escritor Henry Miller. No puede ser, no puede ser.

-Tranquilo. Vamos a preguntar a las personas de la casa si saben algo.

Nos acercamos a golpear a la puerta. Nadie responde. Esperamos un momento y lo intentamos de nuevo sin tener suerte. En verdad sentía que no era cierto lo que estaba viviendo. Dana se dio cuenta de mi estado de ánimo, me cruzó el brazo y caminamos hacia la acera del frente. Se hizo un silencio largo. Yo ya no podía hablar.

-Mira, de la casa del fondo está saliendo un señor. Vamos a preguntarle —dijo Dana.

Nos acercamos y Dana habla en francés con él. Ella esbozaba una sonrisa y me volteaba a ver. Después de unos minutos, salió la esposa del señor, le dijo algo, discutieron y el señor se despidió de nosotros pidiendo disculpas.

-Sí amigo, él caballero sabe de Henry.

Sentí que mi alma regresó a mi cuerpo.

-Me dijo que sí, Henry vivió en esa casa. En la azotea, ahí arriba -señala con el dedo-. Pero que no estaba solo, que vivía con su amante Anaïs. Que ella era la que alquilaba la casa y le permitía a Henry estar con ella.

-Pues la información que yo tengo es que el señor Fraenkel, dueño de la casa, le permitió a Henry vivir aquí durante unos meses sin pagar renta. Esta etapa de la vida en París significó para Henry su mejor momento. En agradecimiento a la gentileza del señor Fraenkel, Henry lo caracterizó en su novela “Trópico de Cáncer” con el nombre de Boris. Y a la Villa la apodó cariñosamente: Villa Borghese.

-Pues al menos alguien sabe algo de él aquí. Vayamos al museo, seguro deben tener algo de Henry Miller.

Al llegar a la puerta del museo llamado Chana Orloff (en honor a la escultora ucraniana) y disponernos a comprar nuestros boletos de entrada, aparece una mujer que le dice a la vendedora que no nos venda, ya van a cerrar. Dana me mira con cara de lo siento, pero le digo:

-Por favor dile que vengo desde México y quiero ver si tienen alguna obra referente a Henry Miller.

Después de cruzar algunas palabras, nos invita a pasar conduciéndonos a una sala donde se exhiben varios bustos de hombres y mujeres. Aguzo la mirada para reconocer a Henry, pero no encuentro ninguno parecido. Entonces pregunto…

-¿Dónde está Henry Miller?

Lo cual Dana traduce al francés y la mujer se acerca a la escultura de una mujer y dice

-Nin. Anaïs Nin.

-Sí. Ella fue la mujer de Henry por un buen tiempo. ¿Pero no tiene alguna escultura, imagen o algo del señor Miller aquí en su museo?

La mujer habla en francés y luego Dana lo traduce.

-No, tampoco tiene de Salvador Dalí, ni de André Derain, ni de Antonin Artaud entre otros artistas que vivieron en esta calle. Este museo solo está dedicado a las obras de Chana Orloff y a Ossip Zadkipe.

-¿Vivieron en esta calle, dónde? -pregunta Dana. A lo que responde la señora:

-Bueno cuando el señor Lurcat creó Villa Seuart en los años 20 del siglo pasado, su idea fue hacer una ciudad para artistas; entonces compraron los terrenos que eran zona de cultivos, construyeron ocho Villas, Mansiones privadas y casas-estudio al estilo arquitectónico de moda: Art Deco, Art Nouveau y Minimalista. Luego invitó a vivir aquí a diferentes artistas de aquella época. Este lugar era una zona agrícola, en particular donde se encuentra esta casa era un huerto de manzanas.

Nos despedimos dando las gracias y antes de subir al coche. Me quedé mirando la casa número 18. Lugar en el que Henry Miller escribió la novela más importante de su vida: “Trópico de Cáncer”.

Nació en Mérida Yucatán. Se tituló como antropólogo en la UADY. Cómo médico social en la UAM-Xochimilco. Estudio Ecología Humana en COA, Maine USA. Fue integrante del taller literario del escritor Joaquín Bestard en la UADY. Ganador del concurso literario en la modalidad de crónica del Fondo de Ediciones y Coediciones 2021 convocado por el Ayuntamiento de Mérida a través de su Dirección de Cultura. Ha publicado en diferentes periódicos, revistas científicas y literarias entre otras actividades.