La noticia del saqueo y colapso de los vestigios de la iglesia de San Mateo en Mopila, en el municipio de Yaxcabá, ha generado una profunda conmoción entre quienes reconocemos a ese espacio como algo más que un edificio antiguo. Este templo católico, construido en el siglo XVIII, es parte de los pocos vestigios materiales del antiguo pueblo de Mopila, desaparecido casi por completo durante la segunda mitad del siglo XIX tras la Guerra Social Maya (también conocida como Guerra de Castas). La caída de una buena parte de su estructura no sólo representa la pérdida de un monumento histórico y religioso, sino también la desaparición de un testimonio histórico que articula memoria e identidad de las personas que vivimos y somos de Yaxcabá.



Más allá de la tristeza y el impacto inmediato que la noticia provoca, lo ocurrido en Mopila exige una reflexión más amplia sobre las condiciones de fragilidad en la que subsiste gran parte de nuestro patrimonio cultural y, también, sobre nuestro papel en su protección. Este triste episodio revela múltiples omisiones institucionales y la indiferencia social sobre el patrimonio que ha llevado a su banalización en la era digital.
El patrimonio cultural, en cualquiera de sus manifestaciones, es una construcción social que se define por el valor simbólico que una comunidad le atribuye. En este sentido, la iglesia de Mopila no era únicamente un inmueble de interés arquitectónico o religioso, sino un componente esencial de la memoria colectiva local. Representaba una conexión tangible con el pasado, una referencia identitaria que recordaba los procesos históricos que marcaron a la región y, para una gran mayoría, un espacio de devoción religiosa. Las reacciones al saqueo y el derrumbe de una parte de su estructura pone en evidencia una idea recurrente en nuestra sociedad: aquella que dice que el cuidado del patrimonio de los comunidades es responsabilidad de sus habitantes y de las instituciones (ya sean eclesiásticas o gubernamentales).




Ante estos hechos solo podemos decir, de manera muy breve, que la protección de todas las manifestaciones de nuestro patrimonio no depende solo de instituciones e intervenciones técnicas, sino de una conciencia social compartida que reconozca su valor y se relacione con él desde prácticas respetuosas, sean de la comunidad o no. Además, este lugar era un espacio de confluencia de tradiciones: la cotidianeidad de las milpas, la devoción por la virgen de Mopila, las ceremonias agrícolas para la petición y rogativas por las lluvias. Los vestigios del pueblo desaparecido son testimonio de la vitalidad y resistencia de la raíz maya en el oriente yucateco.
Quienes hemos procurado seguir de cerca la evolución de Mopila sabemos que su deterioro era visible desde hace años, de ello hablan las grietas en su estructura, la pérdida progresiva de elementos del retablo y el desgaste de la fachada eran señales claras de vulnerabilidad. La documentación fotográfica muestra cómo, año con año, el edificio perdía estabilidad y con ello no sólo se registraba el paso del tiempo, sino también la ausencia de medidas de conservación efectivas. El colapso reciente no fue un accidente inevitable, fue la consecuencia lógica de una serie de omisiones acumuladas: la falta de interés municipal por promover su protección y la ausencia de programas de educación sobre nuestro patrimonio cultural.



Un elemento reciente que agravó la situación fue el auge de las visitas de creadores de contenido atraídos por el valor estético del sitio. En los últimos meses, distintos “influencers” y “youtubers” acudieron a Mopila para registrar fotografías o videos que buscaban hacer “exploración urbana”. En esos recorridos, algunos de ellos se subieron a las estructuras inestables del templo, caminando sobre bóvedas y muros con siglos de antigüedad; otros acamparon en el interior del recinto, utilizando el espacio que para muchos es sagrado como escenario de experiencias personales para contenidos de entretenimiento. Estas prácticas son más que una falta de respeto hacia un espacio de devoción, son una expresión clara de la ausencia de conciencia sobre nuestro patrimonio. La lógica del espectáculo digital transforma los bienes culturales en objetos de consumo visual, despojándolos de su significado histórico y comunitario. Lo que se presenta como “difusión” o “visibilidad” termina siendo, en muchos casos, una forma de apropiación irresponsable. La paradoja es más que clara: mientras más se “visibiliza” un sitio patrimonial en redes sociales, sin mediación adecuada, más se expone a riesgos de saqueo, vandalismo o deterioro. La experiencia de Mopila ilustra con crudeza este fenómeno, el deseo de obtener una imagen impresionante terminó contribuyendo al daño irreversible de una estructura que ya se encontraba en un estado de fragilidad extrema.




La iglesia de Mopila tenía un valor histórico particular, es uno de los pocos testimonios materiales de un asentamiento que prácticamente desapareció durante la Guerra Social Maya, en sus muros se condensaban siglos de historia, desde la evangelización colonial hasta los conflictos que marcaron la ruptura entre el mundo indígena y el criollo en el siglo XIX, cada piedra representaba una narrativa silenciosa de resistencia y pervivencia cultural.
El saqueo y destrucción del que ha sido objeto Mopila debe entenderse como una advertencia, la desprotección del patrimonio local tiene repercusiones que son heridas sociales profundas: empobrece la memoria colectiva y debilita los lazos culturales con el territorio. Cuidar el patrimonio, tanto el que consideramos nuestro como aquel que pertenece a las personas con quienes convivimos, significa reconocer que su valor trasciende lo material, implica respeto hacia quienes lo construyeron y hacia quienes lo heredarán.
Nota del Editor: las fotografías que acompañan el texto ilustran el deterioro del patrimonio y la condición de abandono en que se encontraba desde hace años. La secuencia de imágenes data desde 2007 con registros del autor del presente artículo. Las últimas imágenes corresponden al registro realizado por Lobardo Cox Tec, quien también ha documentado el sitio y manifestado de forma pública la preocupación por su destrucción y saqueo.







Responder