La aceptación de la igualdad en las capacidades de las mujeres y los hombres para estudiar y realizarse en cualquier campo del saber es reciente en la historia de la humanidad. Muchos son los obstáculos que ellas han tenido que sortear, y aún hoy, afrontar, para acceder a la instrucción. A pesar de haber transcurrido muy pocos años desde que se institucionalizó la educación de las niñas y jóvenes en la mayoría de los países, ésta se interrumpió con tal ímpetu, que hoy no hay trabas o dificultades que las mujeres no enfrenten con valentía y tesón para lograr asistir a las escuelas y prepararse en el campo de su preferencia.
En el caso mexicano, desde la época prehispánica, las niñas mexicas recibían la mayoría de las instrucciones en el hogar a través de sus madres, las cuales eran, básicamente, en deberes domésticos, cocina, limpieza y consejos sexuales para complacer a su esposo, así como en manualidades como tejer y bordar. Recibían duros castigos en caso de mostrar rebeldía, como echarles pimienta en los ojos, recibir pellizcos, golpes o baños de agua fría; en algunos códices se observan ejemplos gráficos de estas medidas.

En las escuelas para los varones nobles Calmecac o la de los macehualtzin o niños del pueblo, llamado Telpochcalli, no eran aceptadas mujeres, únicamente en el Cuicacalli (la casa de cantos); recibían una educación similar a la de los hombres, aunque en aulas separadas, ya que para los mexicas era muy importante el estudio de la música, la danza, y la historia. Algunas ingresaban al Ichpochcali (casa de doncellas) para recibir una educación más formal, muchas veces, por tener su familia una posición privilegiada. Ejercitaban servicios destinados al culto, se les llamaba “hermana mayor o dama” que significaba servidora del templo o sacerdotisa, sus obligaciones eran las de barrer, lavar el templo y cocinar para los dioses y sacerdotes. Muchas aceptaban permanecer en forma voluntaria, pero eran sometidas a una estricta vigilancia en relación a su castidad.
Estas costumbres nos suenan muy similares a las establecidas durante la época virreinal. Para los españoles la prioridad era la evangelización de los naturales asignando esta labor a los religiosos, los cuales la iniciaron a través de métodos visuales como pinturas en los templos o catecismos con dibujos durante las llamadas doctrinas, además de danzas, músicas y teatro, pero, pronto se dieron cuenta que era básico que aprendieran las diversas lenguas de los indígenas, así como enseñarles el castellano para una mejor comprensión mutua. Los primeros religiosos en llegar a la Nueva España fueron los franciscanos quienes fundaron los iniciales colegios de internados para indígenas, como el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco en la ciudad de México, aunque el número de alumnos era limitado y exclusivo para los hijos de caciques.
Respecto a las mujeres, su instrucción comenzó con la llegada de las primeras monjas (llamadas también hermanas), que se ocuparon de establecer los conventos. Las enseñanzas que recibían, de acuerdo con la historiadora e investigadora Josefina Muriel de la Torre, especializada en la historia del mundo femenino y religioso durante la época del virreinato, eran básicamente tres:
a) Educación religiosa, a través del catecismo, para lo cual fue necesario alfabetizarlas y era para todos los sectores de la población.
b) Cultura media, donde se les enseñaba a leer y escribir con algunas reglas de aritmética y otros oficios, como tejer, bordar y cocinar, esta se impartía en los conventos donde se admitían niñas desde los 6 años de edad como pupilas, o en las casas llamadas “Amigas”, generalmente manejadas por ex discípulas de los conventos que no tomaron los hábitos o mujeres solteras que debían acreditar la limpieza de sangre; es decir, que no eran descendientes de judíos, negros o penitenciados por el Santo Oficio, ser hijas legitimas y poseer buenas costumbres. Las niñas admitidas eran ordinariamente de buena posición económica, ya que pagar su estancia en los conventos o en esos centros no era barato, además de recibir una deficiente educación
c) Cultura letrada. La recibía un reducido grupo de mujeres, españolas o criollas de la alta sociedad novohispana, quienes básicamente necesitaban el permiso y dinero del padre. Realizaban estudios de gramática, latín, música, pintura, y otros, y las impartían generalmente maestros particulares, algunas de estas mujeres continuaban su preparación en forma autodidacta, a través de la lectura.
La más representativa de las mujeres mexicanas de la época virreinal, que tuvo una cultura letrada, es Juana de Asbaje y Ramírez, quien nació en 1651. Desde muy pequeña aprendió a leer e intentó que la enviaran a la escuela disfrazada de varón sin conseguirlo, por lo que recurrió a internarse en un convento para evitar el matrimonio y contar con la tranquilidad para continuar con sus lecturas y aprendizajes autodidactas. Se convirtió en monja y adoptó el nombre de Sor Juana Inés de la Cruz defendiendo en diversos escritos el derecho de las mujeres a estudiar, lo que le ocasionó múltiples problemas con las autoridades eclesiásticas, entre ellas con su confesor.

La independencia del país no trajo muchos cambios en cuanto a la libertad de las mujeres para poder estudiar, su educación encontraba múltiples resistencias por el temor de perder autoridad sobre ellas. En las Memorias de Concepción Lombardo de Miramón, quien nació en el año de 1835, escribió que aún existían las escuelas llamadas “Amigas”. Conchita asistió con disgusto a una de ellas, donde la enseñanza era muy deficiente, ya que, según apunta en sus escritos, no podían enseñarles a leer y escribir correctamente, ya que las maestras tampoco sabían hacerlo, limitando sus enseñanzas a la lectura de textos bíblicos y “labores de mano”, tales como: bordar, tejer e hilar, utilizando métodos que incluían castigos físicos y morales, como sentarlas por horas en el balcón con unas orejas de burro, lo que avergonzaba a las niñas.
En la segunda mitad del siglo XIX comenzaron a cambiar un poco las cosas, el presidente Ignacio Comonfort decretó en abril de 1856 una ley en favor de la educación secundaria para niñas. El discurso del presidente y de los liberales, contemplaba “la necesidad de cambiar la educación religiosa y elitista, dirigida exclusivamente al sector masculino y más favorecido de la población, con una más amplia que, al menos en el nivel elemental, llegara a “todos” los mexicanos, independientemente de su raza, sexo o condición económica”. Como era de esperarse su gobierno enfrentó una fuerte oposición por parte de la Iglesia quién controlaba todo lo relativo a la educación, entre otras cosas, precipitándose los acontecimientos que lo obligaron a renunciar a su cargo.

Fue hasta el año de 1861, durante la presidencia de Benito Juárez, que surgió la Ley de Instrucción Pública, en donde se estipulaba que: “la educación elemental para el Distrito Federal y otros territorios quedaría bajo la inspección del gobierno federal, se comprometía a abrir escuelas para niños de ambos sexos”. Sin embargo, fue hasta el año de 1869 que se concretó el proyecto de abrir la primera escuela secundaria oficial para niñas, con un programa que aun contenía muchos conceptos que reflejan el mayor temor de la sociedad: mantener los buenos modales y la conducta decente de las féminas. El objetivo de la escuela, según declaró su primera directora María Belén Méndez y Mora, era: “moralizar a las alumnas y brindarles una ocupación en la sociedad… se formarían mujeres honestas, instruidas y ahorrativas, se prepararían obreras útiles, que desempeñarían su trabajo con la seguridad que les otorgaba su aptitud”. Resulta interesante que, aún cuando ya no operara la iglesia las escuelas, la educación producto del triunfo de los liberales, todavía manejaran la idea de que a la mujer se le tenía que preparar y vigilar para que fuera moralmente correcta.
Dos años después en noviembre de 1871, se abrió la Escuela de Artes y Oficios para Mujeres o Señoritas en el Distrito Federal, la cual inicialmente era para recibir a las de escasos recurso y con el objetivo de prepararlas como obreras y adquirieran las herramientas para tener autonomía económica para ellas y sus familias, pero sin dejar de mencionar el aspecto moral, ya que eran: “un medio poderoso de moralizar al pueblo, inspirándoles amor al trabajo, ya que en la mujer recaía la responsabilidad moral de educar buenos cuerpos sociales para el progreso del país”, haciéndolas responsables o culpables del progreso o deterioro del país.
Las mujeres empezaron a obtener esa pequeña fuente de oportunidades que la escuela de Artes y Oficios les dio, pese a que los programas estaban diseñados con una visión distinta a lo que se enseñaba a los hombres, ya que se consideraba que no eran aptas para todos los oficios, limitando su enseñanza a labores “femeninas”. Los requisitos para ser aceptadas eran: “Ser mayor de 12 años, acreditar su moralidad a juicio del director (¿?), saber leer y escribir y tener nociones de aritmética y gramática castellana”.
La prosperidad en la industria y comercio durante la época Porfiriana obligó a modificar los programas de estudios, siendo requeridas las mujeres en otras labores dentro de las empresas y oficinas, instaurándose programas de estudios como el de taquigrafía y mecanografía, los cuales tuvieron gran demanda. Justo es reconocer al apoyo de Díaz a las mujeres que, a pesar de las múltiples críticas recibidas tanto en la prensa como de la sociedad, no desistieron en estudiar una carrera profesional.

Así surgieron las primeras mujeres profesionistas del país, como Margarita Chorné y Salazar, quien fue también la primera profesionista de Latinoamérica. El 18 de enero de 1886 obtuvo su título como dentista. Gracias a su esmero en el estudio de libros y revistas sobre anatomía y temas dentales (una de las primeras e importantes fuentes de información para las mujeres fueron las revistas que comenzaron a llegar de Europa) y debido a sus prácticas como auxiliar en los gabinetes de su padre, su hermano y los dentistas Chacón, quienes fueron los primeros en titularse en México, Margarita, se sintió preparada para solicitar un examen que, entre otros requisitos, le pedían: “tres cartas de personas de reconocida solvencia moral, que certificaran que ella era una persona decente y cristiana”, además de cubrir el elevado pago de $100. Enfrentó a las críticas, inicialmente de su madre. quien argumentaba: “Ningún hombre pedirá en matrimonio a una joven que se pasa horas haciendo placas dentales y que huele a esencia de clavo”; y a las de la prensa que advertían necesario“evitar la total emancipación de la mujer que daría como resultado la desaparición de las futuras madres y esposas y la destrucción del hogar”.
A los siete meses del excelente examen presentado por Margarita, otra valiente mujer logró titularse como médico, algo que se consideró como un acto de mayor atrevimiento por ser inconveniente que una mujer estudiara el cuerpo humano, llegando a publicarse en la prensa lo siguiente: “Impúdica y peligrosa mujer que pretende convertirse en médico”, o peor aún: “debe ser perversa la mujer que quiere estudiar medicina para ver cadáveres de hombre desnudos”. Se trató de Matilde Montoya. En este caso el apoyo del presidente Porfirio Díaz fue definitivo, ya que avisó que asistiría al examen profesional de Matilde para asegurarse que se le otorgaría. Sin embargo, el apoyo a la educación durante la época porfiriana fue limitado a las áreas urbanas y a las clases privilegiadas, ya que la población mexicana, en general, era analfabeta en un 78%.

Durante la época revolucionaria surgen los primeros movimientos feministas, encabezados principalmente por mujeres que se desempeñaban como maestras, Hermila Galindo Acosta, Elvia Carrillo Puerto, Elisa Acuña Rosseti o Dolores Jiménez y Muro, son algunas de las más importantes mujeres que a través de sus luchas y sacrificios, clamaron por la igualdad de mujeres y hombres, en cuanto educación y oportunidades laborales. En enero de 1916 se realizó el primer Congreso Feminista en México, en Mérida, Yucatán, en el cual participaron 620 congresistas, la mayoría de ellas maestras.
En 1921, el presidente Álvaro Obregón crea la Secretaría de Educación Pública con el objeto de regular y administrar de manera integral las instituciones encargadas de la educación, el arte y la cultura en todos sus niveles y manifestaciones.
No sería hasta 1948 cuando la recién fundada Organización de las Naciones Unidas (ONU) emitiera la Declaración Universal de los Derechos Humanos y, como una de sus medidas, exigiera a las naciones que todas las personas, incluyendo a las mujeres, debían ser aceptadas por los sistemas y planteles de estudio, para que empezáramos a ver acciones más contundentes en el acceso a la mujer a una educación de calidad.
Sin embargo, la lucha por la igualdad en México continúa viva en nuestros días, los datos más recientes del INEGI confirman que, en efecto, el 60.9 % de las mujeres de 3 a 29 años en México asiste a la escuela, pero esto no se ha traducido en el acceso a las mujeres a posiciones de poder, ni tampoco en igualdad de salario en el mundo laboral.
Los lastres históricos aquí relatados que partían de considerar que solamente a las mujeres se les debía educar en habilidades como la costura, la cocina, o la moralidad, aún permea en nuestra sociedad en la idea de que el hogar y la maternidad es el único lugar donde debe desarrollarse una mujer. Hasta no alcanzar el equilibrio en las tareas del hogar entre hombres y mujeres, la liberad de las mujeres de decidir sobre su propio destino sigue siendo el sueño de unas pocas.







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