Es la una de la tarde del 11 de junio de 2026 y tengo la televisión apagada; afuera, Mérida se prepara para celebrar la inefabilidad del engaño. Los bares tienen pantallas encendidas, banderas colgadas y cervezas frías. Los vecinos de al lado están cantando un himno que no conozco, parece cántico de estadio cuando el cuerpo aprende a moverse sin pensarlo. Lo escucho desde mi escritorio y me acuerdo de cuando ese pulso era mío también.
Jugué en ligas infantiles desde los siete años. Primero lateral, luego líbero, central y creativo, no muy veloz pero sí terco; a veces me daba miedo tener el balón, así que lanzaba pases cortos o largos y algunos imposibles para que otros se lo llevaran a la portería contraria. Acompañé con el alma a la selección nacional durante tres décadas y en esos tiempos no me daba vergüenza, y no por el amor, sino por la credulidad: la idea de que once mexicanos con la misma playera verde representaban algo que valiera la pena.
Fui aprendiendo despacio siendo crítico, y dolió entender que los once hombres representaban solo contratos, televisoras, apellidos e intereses económicos, que la selección era el vehículo más eficiente jamás construido para hacer que millones de personas financiaran voluntariamente la riqueza de unos pocos mientras gritaban de emoción.
Sobre mi escritorio hay una fotografía de mi tío llevándome a un partido, el estadio tenía gradas de concreto techadas con lámina y un campo de tierra con algunos manchones verdes, pero ahí gritábamos un gol como si ganáramos la Copa Mundial; nunca he vuelto a liberar tal cantidad de energía mediante la voz, era el sonido del cuerpo olvidándose de sí mismo durante breves segundos. Eso era el futbol. Eso era, porque lo que empieza en 2026 en dieciséis estadios de tres países no tiene nada que ver con ese sonido.
Junto a esa fotografía tengo una nota con datos del SoFi Stadium y una imagen impresa del render desde una vista aérea, esa arquitectura de nave espacial varada en Inglewood, California, esa boca de cemento que costó cinco mil millones de dólares. La tengo para recordarme por qué escribo esto; que hay una distancia exactamente cuantificable entre el estadio de tierra donde gritaba un gol y esa construcción que cuesta más que el PIB de algunos países. Llevo pocos años escribiendo y he visto morir algunos tipos de periodismo, renacer mentiras y convertir al deporte en acciones de bolsa, pero no había visto algo hermoso volverse tan obsceno.
El futbol era de barro, ahora es de oro. El barro se quedó en los zapatos de quienes lo construyeron y de quienes jugaron antes de que la cancha fuera de pasto. El oro está en las manos de quienes nunca entendieron lo que significa patear una pelota en tierra.
Doña Carmen hace las cuentas, lleva quince años haciendo la misma operación: masa de maíz: cuatro pesos por quesadilla. Guisados para rellenos: cuatro pesos con cincuenta. Queso: tres pesos. Aceite, sal, salsa: tres pesos con cincuenta. Total: quince pesos por unidad. Precio de venta: veinte pesos. Ganancia neta: cinco pesos.
Para pagar la renta mensual y alimentar a sus hijos necesita vender más de mil quesadillas. Durante quince años ha vendido entre mil ochocientas y dos mil trescientas, dependiendo del clima, de los partidos, del equipo visitante, de si los estudiantes del Politécnico tienen dinero ese día.
Hoy no ha vendido ninguna. Hay una valla verde donde estaba su puesto que dice: Zona restringida. Evento privado. FIFA World Cup México 2026. Detrás de la valla está el Azteca, remodelado con setenta y cinco millones de dólares que ella no puede imaginar porque los números que maneja son de otro orden de magnitud.
El Estadio Azteca pertenece a Televisa, a la familia Azcárraga. El pueblo pagó las calles de alrededor, el metro, el acceso vial, la seguridad pública, pero la ganancia va a particulares. Eso tiene un nombre técnico en economía que doña Carmen no conoce, pero que ella traduciría así: “Ellos se llevan lo que yo puse”. Hoy sus hijos van a cenar las quesadillas que sobraron.

Rakesh trabajó en la construcción del estadio en Qatar y lo único que queda de él es un documento que le entregó a su esposa Fátima la empresa contratista: Accidente de trabajo no especificado. No dice qué parte del estadio Al Bayt construía Rakesh cuando ocurrió lo no especificado, si fue una caída, un golpe de calor de cincuenta y cinco grados o la combinación de los tres. Le dieron cinco mil dólares de compensación. Cinco mil dólares es lo que cuesta, según el catálogo oficial de la FIFA, el paquete de hospitalidad premium para un partido de cuartos de final del Mundial 2026, que incluye transporte privado, asiento categoría Diamante, cena en el estadio y recuerdo oficial firmado por un exjugador.
Rakesh ayudó a construir algo que ahora otros admiran, su nombre no está en ninguna placa. Está en un documento archivado en una carpeta de una empresa que ya no opera en Qatar. Y está en la memoria de Fátima.
En Qatar, entre 2022 y 2026, murieron entre seis mil quinientos y quince mil trabajadores migrantes en las obras de preparación catarí. Qatar reconoció inicialmente treinta y siete. Luego, bajo presión, de cuatrocientas a quinientas. El fondo de compensación de la FIFA para víctimas de Qatar 2022 es de diez millones de dólares. Diez millones entre quince mil muertos: seiscientos sesenta y seis dólares por cuerpo. Menos que el paquete de hospitalidad estándar. Menos que una butaca categoría Gold para un partido de grupos.
El Mercedes-Benz Stadium de Atlanta tiene Certificación LEED Platinum porque recicla agua de lluvia y genera energía solar. Es un edificio verde. El color de la valla que no deja vender quesadillas, del dinero que va a los Azcárraga, de la naturaleza que los estadios sostienen en papel mientras destruyen al acto.
El ruido viene del estadio que está a menos de un kilómetro del puente donde duerme Miguelito. Antes, era el límite de aquel barrio regiomontano. Su padre le decía que si veía las torres, es porque estaban cerca. Las torres siguen en pie, pero la casa no existe. La infraestructura vial del Mundial se tragó cuatro manzanas de viviendas y la vida de doscientas familias, y en el decreto oficial ese proceso se llamó Mejora urbana integral y revalorización del entorno del estadio. El padre de Miguel murió hace ocho meses. Una viga que cedió mientras trabajaba en las obras del estadio.
En la mano lleva su pelota, que son apenas bolsas de plástico de tiendas, apretadas y envueltas hasta formar una esfera que no rueda parejo en el pavimento pero que en tierra sí rueda bien. En tierra siempre rodó bien. Dentro del estadio hay una pelota oficial del Mundial 2026, diseñada por Adidas (Trionda), que cuesta doscientos dólares en tiendas oficiales. Tiene tecnología de superficie texturizada, chip de seguimiento integrado y una capa de espuma que redistribuye la energía cinética. La pelota de Miguel no redistribuye nada, pero absorbe los golpes sin devolver ninguno.
En Monterrey se aprobaron treinta y cuatro proyectos de obra pública para el Mundial. El transporte subió diez centavos mensuales con proyección a quince pesos por viaje. En Guadalajara, donde el autobús pasó de nueve a catorce pesos, la gente salió a la calle con una consigna que los funcionarios llamaron populista, pero es exacta: ¡No queremos FIFA, que baje la tarifa!
La palabra que los gobiernos usan para describir la situación del barrio de Miguel es desarrollo y es la misma que usan los ricos para describir la pobreza de otros.
Fui hincha antes de ser arquitecto, antes de entender lo que construyen en realidad los estadios, convencido de que la arquitectura era para mejorar la calidad de vida, espacios para que la gente habitara, trabajara, se magnificara y se curara. Tuve profesores que lo creían así. Conocí a clientes cuyos espacios eran principalmente instrumentos de acumulación, y supe que la arquitectura no es para quienes la usan, sino para quienes la financian. El estadio es la síntesis perfecta de esa contradicción: el edificio más colectivo en apariencia, el más privado en su lógica real.
El MetLife Stadium de Nueva Jersey costó mil seiscientos millones de dólares. La final del 19 de julio de 2026 se jugará ahí con ochenta y dos mil quinientas personas adentro. La pantalla de video mide seis mil quinientos metros cuadrados que muestra la imagen del partido a personas que lo estarán viendo en vivo. Existe porque quienes pagan más, tienen mejor vista, es la democracia del estadio, todos ven lo mismo, pero solo algunos ven la realidad. Todos miran arriba, hacia la pantalla.
Los diez estadios más caros de este Mundial suman trece mil millones de dólares. El presupuesto anual de salud de México ronda los cinco mil millones de dólares. Los estadios del Mundial 2026 cuestan el doble del presupuesto de salud mexicano. Eso es una metáfora real de salud pública.
El techo del Mercedes-Benz se abre en ocho pétalos de acero y vidrio, cada uno de mil quinientas toneladas, que se retraen hidráulicamente para exponer el interior al cielo. El techo tarda ocho minutos en abrirse. Durante el pico de construcción de Qatar 2022, moría un trabajador cada dos días. Cuarenta y cuatro aperturas completas del techo en pétalos equivalen a cuarenta y cuatro muertes por exposición, calor, caída o lo no especificado.
En Ciudad de México, doña Carmen está parada a dos cuadras, al otro lado de la valla. En Qatar son las siete de la mañana del 12 de junio y Fátima está en la habitación pequeña que comparte con otras dos trabajadoras. En Monterrey, Miguel sigue sentado en la banqueta con la pelota de bolsas entre sus pies. Aquí, en mi escritorio, apago la laptop, y escucho gente diciendo: “Qué hermoso estadio”, “Esto es lo que el país necesitaba”,aplaudiendo la ceremonia inaugural que costó veintidós millones de dólares en diseño, efectos visuales y artistas internacionales. Para veintidós minutos de espectáculo. Un millón por minuto en un país donde el salario mínimo es doscientos pesos al día y doña Carmen necesita vender cuarenta y siete quesadillas para igualar lo que la ceremonia gastó en un segundo. Todos miran la pantalla.
Desde la arquitectura el planeta tiene otro peso, mi televisión sigue apagada y nadie mira hacia abajo.







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