La muerte pidió mesa para dos

Cuando se muere la carne, el alma busca en la altura
La explicación de su vida cortada con tal premura
La explicación de su muerte, prisionera en una tumba
Cuando se muere la carne, el alma se queda a oscuras.

Rin del Angelito, Violeta Parra.

I. Check-in

Don Eusebrio llegó a las nueve de la noche del primero de noviembre a su casa sobre la calle 60 y descubrió que la puerta tenía un candado con código de cuatro dígitos. Probó con el año en que nació, con el de su boda, y ninguno logró abrirlo. En el muro había una placa de latón que decía: Casa Xtabay, Boutique Heritage Stay y, debajo, un letrero tallado en piedra en el que se leía: “Vive como yucateco”. Intentó con la fecha de su muerte y el candado tampoco cedió.

Don Eusebrio fue un albañil yucateco de 81 años a quien le gustaba la cerveza en caguamas y la Coca-Cola. De su casa conocía hasta el mínimo detalle, desde dónde se guardaban las latas para la cochinita y los recados, cuál era el mosaico del piso que le bailaba bajo el pie, hasta qué pared había que evitar con cuidado porque se descarapelaba incluso con pintura. Aun así, para entrar a la casa tuvo que esperar en la banqueta a que una huésped de Guadalajara terminara de subir su historia a Instagram y buscara el código en su celular para abrir.

Al entrar, notó que las paredes eran color “gris piedra volcánica”, en lugar de azul cielo. El há (la pila donde su madre lavaba el nixtamal) estaba convertido en lavabo de diseñador, con una llave minimalista que salía del muro parecido a un muñón: había sufrido una amputación elegante. En el comedor en el que durante sesenta años cupieron once sillas dispares, cada una con su dueño y su resentimiento, había una mesa de caoba de tres metros con una vela aromática de “brisa de cenote”. Ningún cenote huele así, los cenotes huelen a piedra mojada y a guano de murciélago. Don Eusebrio se sentó en la cabecera como marcaba la costumbre de toda su vida y muerte y esperó, después de tanto, ya suponía que el plato de ofrenda llegaría solo, pero lo que llegó fue un joven de Monterrey con una copa de mezcal artesanal. Por educación, le dijo: “Buenas noches”. El turista brindó con la pared y dijo: “¡Qué energía tiene esta casa!”. Era don Eusebrio, sin contrato de renta o factura del Airbnb, pero con mucha antigüedad.

II. El hanal sin koben

El crimen más fino se le perpetró al koben (la cocina). Don Eusebrio casi se infartó otra vez al notar que le quitaron el fogón de tres piedras y su haz de leña que vivía junto al costal de maíz, y el humo que había pintado el techo de recados coloridos y tizne lo sustituyeron por una isla de mármol blanco, con una estufa de inducción que parecía un espejo negro, pero en la que no se cocinaba nada porque ni una olla existía en ese Airbnb. En el cajón, solo tres cuchillos de exhibición, una tabla de bambú y una botella de aceite de oliva extra virgen sin abrir, por si el huésped requería “sentir” que cocinaba. Ahora todo funciona como decorado de un comercial y en Mérida hay decenas de casonas como la de don Eusebrio, en el Centro Histórico, con ese mismo escenario, cada una con su cantera “rescatada” y el koben sin una sola mancha de achiote. Una casa sin fogón es un cuerpo sin estómago, ya no digiere nada, ni las visitas, ni los duelos, ni los pleitos de sobremesa por la herencia del terreno de la abuela. La comida se pide por aplicación, la entregan en bolsa y se van. El pib (mucbipollo), que antes se cocía enterrado durante horas en una ceremonia casi de ritual mágico, cabe ahora en una caja de cartón con un sellito de “sabor tradicional auténtico”.

Así se conserva un patrimonio tangible e intangible; la cáscara intacta y el fruto en otra parte, casi en esencia como los pixanes. Son ahora edificios con la única responsabilidad de ser fotografiados, pero sin derecho a ser habitados por quienes los llenaron de sentido. El Instituto le pone la placa, el arquitecto le pone iluminación cálida y texturas, y la muerte, que es de los pocos huéspedes que llevan siglos en esos muros, se queda sin reservación.

La culpa se reparte: los herederos que vendieron porque la casa se caía; el inversionista que compró porque le era rentable; el reglamento que exigió conservar la fachada y olvidó preguntar por la esencia del contenido, fachada que se protege con esmero de museo, y lo que ocurría detrás de ella, el habitar, el olor, la costumbre, no aparece en normativa alguna.

III. El pacto con el refrigerador

Hubo un tiempo en que la comida se acababa, la vida entera del pueblo maya giró en torno a ello. Se cocinaba lo que había, se comía lo que se cocinaba y lo que sobraba esperaba a la tarde con las horas contadas. El tiempo mandaba en la mesa con la autoridad de la chichí (abuela).

La ofrenda era un préstamo con plazo: los platillos se ponían al difunto todavía calientes con la idea de que él tomara el vapor, el aroma, la esencia, lo que sería el óol de la comida, y luego los vivos se comían el resto. La comida, ofrendas del altar-mesa, se comía después, aun cuando las ánimas ya se habían llevado la sustancia. Es la microbiología sin laboratorio más bella que se ha formulado. En realidad, es que el platillo se enfría, pierde compuestos volátiles, sustancias odoríferas, se oxida, recibe bacterias del aire y va cambiando su consistencia. Quizá don Eusebrio también se comía algo.

Ahora hay refrigerador, tan práctico y confuso, el primer aparato que le dijo a la muerte: “Aquí no vas a comer”. Detiene la fermentación, congela la descomposición, cancela el plazo de absorción de la esencia. El tamal del velorio sobrevive tres semanas en el congelador dentro de una bolsa con la etiqueta “NO TOCAR, ES DE LA SEÑORA”, y la señora ya murió. Se le puso fecha de caducidad a todo, ya no comemos lo que hay, guardamos lo que sobra y lo guardado envejece como reliquia convirtiéndose en un archivo que nadie consultará.

Don Eusebrio encuentra una despensa llena de platillos que nunca se acabaron, los restos. Entre el arroz chino de hace once días y el pozole del 15 de septiembre, la ofrenda pierde su condición de importancia y simbolismo. Era un préstamo con vencimiento y ahora es un depósito a plazo fijo: el refrigerador convirtió la comida del altar en inventario de sobras.

Además, los alimentos se fermentaban con gracia, como el pozole agrio, que tanto le gustaba a don Eusebrio, los curtidos de chiles y cebollas, los nances y ciricotes en almíbar de caña y la bebida de maíz que se dejaba “pasar” se empezaron a mirar con sospecha de laboratorio. Y nos enseñaron a tenerle miedo a la bacteria y, a la vez, nos vendieron el yogur con “cultivos vivos” del supermercado: ahora se puede tener la fermentación en frasco de vidrio a ciento veinte pesos, con etiqueta de kombucha de barrio, y aún así olvidar los que hacía la abuela en el trastero.

IV. Mesa para dos

La pregunta científica es: ¿qué se lleva el ánima de don Eusebrio de un platillo hecho con la compra del supermercado? Si, como acordamos, el pixan (ánima) se lleva el óol, y encuentra que la esencia de un consomé de cubito es el glutamato monosódico, entonces los difuntos de esta generación van a regresar del más allá con una hipertensión de ultratumba. Van a irse cargados de sodio, jarabe de maíz de alta fructosa, aspartame y colorantes que les darán un rubor de cadáver viviente. La ofrenda se ha vuelto un estudio de toxicidad a la luz de las velas.

El pueblo que sembraba milpa (maíz, frijol, calabaza y chile) en un mismo suelo, trabajando por turnos, conocía el pacto entero de la nutrición sin haber leído un solo manual. Hoy la milpa es una postal de museo comunitario y un tema de tesis doctoral.

Alrededor de uno de cada ocho adultos en México vive con diagnóstico de diabetes, según la última Encuesta Nacional de Salud y Nutrición. Cada mexicano toma, en promedio, más de 160 litros de refresco al año; una lata de refresco de cola de 350 ml contiene 39 gr de azúcar. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda no pasar de 50 al día, 25 sería lo ideal, perola diabetes figura de manera constante entre las primeras causas de muerte del país, con los infartos de compañeros de mesa. Ninguna de estas cifras se declara en el altar, pero ahí estarían, entre la lata de pib y la Coca de dos litros que alguien trajo “porque a don Eusebrio le gustaba”, junto a sus caguamas de cerveza, el mazapán de azúcar con pepita y el dulce de papaya.

La tradición dicta que se ofrende al difunto lo que amaba comer, pero eso que le seducía el paladar comiéndolo durante décadas, terminó matándolo. Se le puso en el altar la causa de su muerte, con velas y flores. Esto se convirtió en un acto de reincidencia póstuma: el muerto vuelve, le sirven el mismo veneno y la familia, que también lo comerá el día siguiente, brinda por la memoria con la pancita ya dispuesta a heredar el diagnóstico. Comer lo mismo que el difunto es la manera que tiene la familia de sentarlo a la mesa una vez más, el problema es que la muerte también se sienta y, con el tiempo, va cobrándose todos los lugares.

V. Check-out

Don Eusebrio se quedó en la cabecera hasta que el turista terminó su mezcal y se fue a dormir. Después caminó por el pasillo, tocó la pared donde antes estaba el fogón y sintió, al otro lado del maquillaje de piedra volcánica, la tibieza persistente de lo que fue su hogar y donde se coció tanto pib para todos.

Abrió el refrigerador y solo vio botellas de agua importada, un limón, una cerveza artesanal. Ni un tamal, ni una olla de chilmole, ni un plato con su nombre. Cerró la puerta con cuidado para no despertar al huésped. Salió sin necesidad de código. En la banqueta se quedó unos minutos y de una casa vecina, donde aún cocinaban con leña, subía un humo delgado y un olor a recado de chiles que le apretó el pecho y le bajó al estómago. Se acercó a la ventana y vio a una familia comiendo callada, con la televisión apagada y un plato extra en la cabecera de la mesa. Nadie lo veía, pero alguien corrió la silla.

Don Eusebrio se sentó, le sirvieron frijol con puerco y un vaso de pozole agrio. Se quedó ahí hasta que el humo se acabó, y en esa mesa sin hashtag, sin turistas, la muerte por fin pudo cenar en paz.

Arquitecto y Maestría en Arquitectura por la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Yucatán. 2004 y 2010 Profesor de la Facultad de Arquitectura de la UADY de 2011 al 2017, de la Universidad Vizcaya de las América, del Centro Universitario de Valladolid (CUV) y la Universidad de Yucatán (UNY). Arquitecto responsable de los proyectos de Restauración de catorce edificios religiosos patrimoniales en el Estado de México derrumbados por el sismo de 2017. Asesor en dos proyectos sociales de vivienda en comunidades rurales sobre autoconstrucción asistida (en PLANCHAC 2015 Vivienda Popular como unidad doméstica sustentable; Medio ambiente y cultura) y Construcción de vivienda vernácula (en Tahdziú 2005). Y como Investigador asociado en el área de Seguridad en la construcción en los conjuntos de vivienda en serie del proyecto CONAVI – CONACYT clave 236282 y clave SISTPROY UADY 2015001. (2015 – 2016) Arquitecto copartícipe en la reconstrucción de viviendas destruidas por el sismo de 2017 en localidades de Chiapas, coordinando a estudiantes de Arquitectura participantes. Docente de las asignaturas de taller de materiales, Restauración, Taller de Proyectos y Teoría e historia de la arquitectura regional, Diseño Bioclimático, Así como de diversos cursos de materiales y sistemas constructivos, Técnicas de restauración y Autoconstrucción asistida de vivienda. Actualmente investigador sobre eficiencia en el uso de materiales entre los que destacan la madera, la tierra, la piedra y otros materiales naturales, así como la realización de proyectos arquitectónicos de vivienda.