La muerte se sienta a la mesa

Para Ricardo Rafael

La invité a la mesa. No al sillón.

Le puse un plato frente al mío. La muerte llegó puntual, sin tocar la puerta, como llegan las mariposas blancas en noviembre.

Mi abuelita decía que salían en esos días porque eran los espíritus de quienes regresaban a visitar a los vivos.

Se sentó frente a mí.

Había puesto dos mucbipollos, dos jícaras de atole nuevo y el mantel blanco de punto de cruz que mi madre sacaba cada año para los finados. En medio de la mesa dejé un tablero de ajedrez.

—¿Juegas? —le pregunté.

La muerte sonrió con esa boca sin labios.

No respondió enseguida. Miró las piezas y después el plato de mucbipollo.

—Hace mucho que no como —dijo.

Le serví atole.

Tomó la jícara entre sus manos huesudas y bebió despacio. No tenía aliento fétido. Olía a cera derretida y a flor de cempasúchil pasada.

Así huele noviembre en Mérida.

—¿Y qué quieres jugar? —preguntó.

—Ajedrez.

Le señalé las piezas.

Ella tomó la torre, luego el caballo, después la dama.

—El tablero es el escenario de la existencia y la extinción.

—No vine a escuchar filosofía.

La muerte volvió a sonreír.

—Entonces pregunta.

Pensé en la vecina.

—¿Estuviste con ella?

Asintió.

—Me senté a su lado. Le tomé el último aliento como si fuera el último trago de atole. Su corazón dejó de latir.

Bajé la mirada.

—¿Sufrió?

La muerte movió un peón.

—Eso ya no me corresponde contarlo.

Durante un momento, solo se escuchó el hervor lejano de una olla en la cocina y el golpecito de una cuchara contra la jícara.

Entonces recordé al guerrero del veinticuatro de diciembre.

—¿También estuviste con él?

La muerte dejó la pieza sobre el tablero.

—Con él no hubo ajedrez.

Esperé.

—Hubo lucha.

Tomó un pedazo de mucbipollo y lo partió en tres.

—Primer movimiento: un rasguño.

Separó el primer trozo.

—Segundo: un giro y un golpe certero en el pecho.

Separó el segundo.

—Tercera arremetida: traspasé su corazón.

El tercer pedazo quedó entre nosotros.

No pregunté más.

Comprendí que hablaba de alguien que ya no estaba, pero también de algo que yo todavía no quería nombrar.

Miré mi plato.

La comida seguía caliente.

—No estoy lista —dije.

La muerte levantó los ojos.

—Nadie lo está.

—Quiero vivir un poco más.

Por primera vez dejó de sonreír.

—¿Cuánto?

No supe qué responder.

—Un año —dijo ella.

La miré.

—¿Un año?

—Te doy un año.

Sentí que el aire cambiaba alrededor de la mesa.

—¿Y después?

La muerte tomó una pieza blanca y la colocó frente a mí.

—Después, el Día de Muertos, cuando me vista de gala y baile, tú vas a hablar.

—¿Hablar de qué?

—De los días vividos.

Se inclinó sobre el tablero.

—Vas a contar cómo sabe la comida cuando se hace con memoria.

No acepté de inmediato.

Miré el mucbipollo, el atole, el mantel que mi madre había bordado muchos años atrás. Pensé en mi abuelita y en las mariposas blancas que regresaban cada noviembre.

Entonces moví mi peón.

—Acepto.

La muerte volvió a sonreír.

No sé cuánto tiempo jugamos aquella noche.

Al amanecer ya no estaba.

Solo dejó una pieza negra sobre el tablero y una jícara vacía.

Ha pasado un año.

Hoy entiendo el encargo.

No son mis epitafios.

Son mis recetas.

Porque algunas historias no se escriben para recordar a los muertos, sino para que sigan sentándose a la mesa.

Por eso, cada noviembre, preparo el mucbipollo como me enseñaron. Sirvo el atole nuevo y extiendo el mantel blanco de punto de cruz.

Después pongo dos platos.

Uno para mí.

El otro para quien regresa.

Y mientras la comida permanece caliente, dejo el tablero entre los dos.

La muerte y yo seguimos jugando.

Yo, un peón que aprendió a comer con la sombra sentada al lado.

Profesora de Educación Preescolar, licenciada en Educación por la UPN, con maestría en Desarrollo Curricular con enfoque intercultural. Ha sido funcionario público en instituciones como CONAFE, CECITEY, SEGEY; ha coordinado talleres de formación y capacitación para fortalecer competencias docentes. Ha recibido el Diploma al Mejor Funcionario Público Federal en 2002 otorgado por CNDH de Yucatán. Poeta, maestra, investigadora en el área de educación indígena y comunitaria. Ha cursado Diplomado de Literatura Hispanoamericana en la UADY, en cursos impartidos de poesía con Aula Grama Escuela con la escritora Viviana González, en talleres dados por la editorial Luz Vesania con la escritora Dora Mora, Lucila May Peña, con el Colegio de Escritores de Latinoamérica con el escritor Ignacio Martín, con Foto TRIPSMX Curso “Autobiografía y Fotografía: exploraciones a partir del cuerpo y autorretrato” impartido por la artista visual Abigail Marmolejo así como diferentes talleres de creación literaria.