Estoy cómoda en la cama, he hecho un vistazo a la ventana y veo el cielo desnudo. Cierro los ojos, me acomodo para seguir en mis sueños. De pronto, estoy parada frente a una iglesia, bajo un enorme retablo que me da miedo. Creo que tengo cinco años, lo imagino por mi vestido tipo «muumuu» con un lazo en el cuello que me da picazón. Es lo que solía usar los días de misa, así que supongo que corren los años sesenta.
Suena la campana, entro al recinto de la mano regordeta y cálida de Tina, mi abuela. Ella camina con soltura, enfundada en un vestido estampado de colores que se ondea con el aire alrededor de su figura rolliza. Lleva un collar de perlas que se bambolea al igual que sus aretes. En su rostro relucen los labios rojos, su cabello obscuro se oculta bajo una mantilla de encaje blanco.
La iglesia se desvanece, ahora tengo ocho años, estoy en un taller, rodeada de paraguas y sombrillas que parecen bailar en el aire, y el sonido de la aguja de la máquina de coser es un latido que me acompaña. La miro enderezando las varillas de un parasol, siempre estaba orgullosa de que, aun viuda, con ese trabajo sacó adelante a sus dos hijos. Mi padre siempre me contó que Tina era una mujer amorosa y dedicada, y que su relación con él era muy especial.
Ella se sentaba en las mañanas frente a su mesa de madera grande, despacio examinaba cada parte del paraguas a componer. Con destreza iba recomponiendo esos paraguas.
Los mejores momentos eran las tardes donde comemos merengues, la música del radio suena; en los medios días, los olores del puchero y los aromas dulzones de la zanahoria y del plátano se esparcen por toda la casa. Mi fantasía se desbordaba e imaginaba que los olores, se unen a los andamios de madera que cruzan el techo, y se esconden en los marcos de fotografías que cuelgan de las paredes verdes.
De pronto, su rostro cambia, se toca el pecho, su cuerpo se desvanece. Estoy asustada y quieta, sin saber qué hacer. Mi papá llega presuroso después de pasar el pasillo flanqueado por macetas con helechos y flores rojas, amarillas, moradas. El grito agudo de mi tía hace que brinque, todo sucede rápido, llega una ambulancia, bajan dos hombres y luego se la llevan. También huye la música.
En medio del sueño, escucho que repiquetea el celular… creo ha llegado un mensaje, pero me digo “estoy durmiendo” me recrimino “no puede ser, nadie se sueña así misma”. Por un momento, la mirada se queda en la puerta abierta, no hay nadie, estoy sola, llega una brisa que hace que la piel se enchine, me parece ver una figura regordeta que me mira, una sensación rara que hace que el párpado derecho salte, froto los ojos, no hay nada.
De nuevo me sumerjo en el sueño, estoy a punto de cumplir catorce años, son los años setenta, es domingo, pienso, “¿Por qué todo sucede en domingo?”. Es el mes de mayo, mes de mi cumpleaños. Tina encabeza la mesa, su cuerpo es más rechoncho, la voz de Pedro Infante se escucha a los lejos “…amorcito corazón, yo tengo tentación…”. un pastel de tres leches que se impone en la mesa. Tina come con singular alegría, se festeja mis doce años. Ese día todo cambió.
Aún siento una ráfaga de calor de la tarde que llega a la espalda, mi piel está pegajosa, estoy sentada en las escaleras de la entrada al hospital, hay un sol rojizo y ardiente que me pega como nunca. Lo veo caer detrás de la ciudad.
Ahora me veo en casa, mi madre le dice a mi papá con voz baja, que la diabetes de Tina está muy avanzada, los escucho sollozar, y que el pastel… el pastel de mi cumpleaños le disparó todo, por eso se puso mal… Había sido mi culpa, por último, sentencian: no volverá a recorrer su patio para regar las flores.
El ruido agudo de su silla de ruedas desplazándose por toda la casa me eriza. Me veo flacucha con diez y seis años, la recuerdo cada vez más marchita, ya no hay las macetas para ir al taller de reparación que ella mantenía con su olor y orden. La tienen que llevar al taller, pide que se abra la ventana y la escucho hablar sola, recuerda a sus clientes, ahí se queda por horas. Sacude la máquina de coser lentamente, ordena su canasta de hilos, una rutina que duro muchos años.
En el sueño, un dolor llega, aún no olvido que fue en mi cumpleaños cuando se le disparó su azúcar. Me siento como una criminal. La luz que entra por el tragaluz del dormitorio me pega en la cara. Miro el reloj, ha pasado una hora y todavía no me levanto. No tengo ganas. Me pongo bocarriba, el techo es blanco, en la esquina una telaraña crece, no me he animado a quitarla, la tejedora se come a los mosquitos.
Se me van cerrando de nuevo los ojos. Estoy en la playa con el oleaje del mar, escucho la voz del doctor decir: “Usted tiene diabetes”. Es el día en que cumplo cincuenta y dos años. Ese día lloré sin poder evitarlo, pregunto “¿por qué a mí?”, quizás es el castigo por el pastel de mi cumpleaños.
Recuerdo que los peores momentos para Tina era la hora del baño, porque dependía de mi papá para levantarla y de nosotras para asearlas. El pudor la invadía siempre, y yo me sentía tan impotente al verla llorar.
El tiempo avanza, ahora tengo veintiún años, tengo en los brazos a mi bebé, lo pongo en su regazo y la vuelvo a ver con la misma dulzura y felicidad que hace mucho tiempo había perdido. Su rostro se ilumina, y me doy cuenta de que, a pesar de todo, la vida sigue. Como si de nuevo su vestido de colores bailara alrededor de su cuerpo rollizo.
Estamos ante el retablo de San José de la Montaña, yo recrimino a ese señor, que mira sin mirar, por el sufrimiento de Tina. Sin poder evitar, los sueños me llevan de un lugar a otro, como una hoja que se lleva el viento.
Estoy en un hospital, Tina está en una cama, conectada a tubos y máquinas que zumban como un motor, y su mano es un peso ligero en la mía. Me dice algo, pero no puedo oírla, solo siento su calor que se desvanece como un suspiro.
Suena el despertador, me incorporo sobresaltada, son las once de la mañana, restregó los ojos, tengo sesenta y cuatro años. Me estiro como gato, estoy sola, pienso: ¡Qué sueños! una espiral de sensaciones alrededor del dolor y la felicidad de una mujer rota que nunca perdió su sonrisa y sus labios escarlatas. Un ir y venir en los tiempos ¡Qué paradójico! Anoche no tomé ninguna copa de vino… tal vez fue el tequila reposado… o la glucosa que se emocionó…
Posdata. Este texto es un homenaje a Justina Cuevas Amaro, mi abuela paterna, a quien amo profundamente y siempre me acompaña. A través de estos sueños, he podido revivir momentos de mi infancia, que disfrute junto a ella. Reconocer su fortaleza y sus ganas de vivir.










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