Tengo mi isla, especial y única. Mi entorno es un estilo de muebles necesarios, una pieza con ventanas y puertas que refugian mis deseos, pensamientos, oraciones y, a veces, mis angustias. Pero no estoy sola, mi mundo está conmigo, puedo excluirme de cualquier contratiempo y refugiarme en el grato evocar de amistades, parientes y lugares que he visitado, libros que he leído, momentos festivos y las alegrías que he tenido.
Tengo un poco de la magia de la vegetación que me circunda, otro poco de la tecnología que me ayuda a expresarme con la escritura, con los pasatiempos del cine, y de averiguar por internet que puedo saber hoy. Me comunico con mi familia y tengo los mismos propósitos que ellos, aunque creen que no.
Como todos los jóvenes de la tercera edad, recurro a mis medicinas para sentirme saludable, a los ejercicios, a evitar que la comida me sea excesiva y a tener una sonrisa que me ayude a ser grata. Participo en lo que puedo, y tengo presente que su ayuda es vital para mí.
Mi isla es el refugio de mis momentos ingratos, quisiera volcar en esos instantes toda la tensión que vivo, pero me calma descansar y recurro a descontar desde cien o a recordar algún verso, de los muchos que me sabía completos.
La magia de mi laptop aparece de pronto y puedo sentir la alegría que había perdido, mi mente se desgrana en las palabras que necesito oír, conjugar con otras y buscar nuevos alientos. Oro, y de las oraciones saco la templanza necesaria y a veces el extraordinario sentimiento de piedad y perdón.
En mi isla busco hacerme más bella con los potingues y lociones que con su aroma dejan que mi mente esté tranquila y me adormecen. Mi dotación incluye algunos polvos que me hacen sonreír al recordar que por ellos una noche me pusieron el mote de “estrella” de ese convivio y muchos compañeros deseaban aumentárselo a mi nombre.







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