En México se celebra el Día del Niño el 30 de abril desde el año de 1924, fecha establecida por el gobierno de Álvaro Obregón después de ratificar los acuerdos de Ginebra sobre los derechos de los niños para su: “desarrollo material, moral y espiritual; a recibir ayuda especial cuando está hambriento, enfermo, discapacitado o huérfano; a que se le socorra en primer lugar en situaciones graves; a quedar exento de cualquier explotación económica y recibir una educación que le inculque un cierto sentido de responsabilidad social”.
Después de dos años de encierro y confinamiento de los niños de casi todo el mundo, este festejo de los niños mexicanos, ya que la mayoría de los países lo celebran el 20 de noviembre, nos permitirá nuevamente escuchar risas infantiles en plazas, parques y calles y es nuestro deseo que, sobre todo, estén acompañados y rodeados de cuidados y cariño de los que los rodean.
Sin embargo, este festejo nos debe llevar a la reflexión sobre la situación de los niños que están viviendo una guerra y aunque son varias las conflagraciones que se desarrollan en este momento en todo el mundo, la sostenida por Rusia y Ucrania nos mantiene preocupados por las cruentas imágenes que nos comparten los medios de comunicación, en donde en muchas ocasiones observamos los estragos que estas acciones causan en la vida de los niños.

La historia del abogado Thomás Buergenthal, Juez de la Corte Internacional de Justicia con sede en la Haya y presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, entre otros de sus muchos logros, nos recuerda los horrores por lo que pasan los niños víctimas de las guerras.
En el año de 1939 el niño Tommy no había cumplido aún los 5 años cuando su familia fue despojada de sus propiedades en Lubochna en la antigua Checoslovaquia y obligada a iniciar una larga peregrinación por diversas ciudades tratando de escapar de los nazis que se apoderaban rápidamente de toda Europa. De aquel año, Thomas sólo recuerda su coche rojo de pedales, única propiedad que él quería llevar en su viaje a lo desconocido, pero aferrándose a las palabras de su padre quien, tratando de tranquilizarlo le prometió que pronto volverían y estaría esperándolo en el garaje de la casa, partió obedeciendo y creyendo que eso sería posible.
Utilizando la nacionalidad alemana de su madre, de la cual ya había sido despojada por ser judía, pero gracias a una licencia de conducir que conservaba, la familia pudo confundir a las autoridades polacas que pensaron que se trataba de un pasaporte y establecerse en Katowice, ciudad convertida en refugio de los alemanes judíos. A pesar de las carencias, viviendo en un mísero piso lleno de chinches, Tommy escribió en sus memorias. “Lo pasé muy bien en Katowice” o “…mientras esperábamos nuestro día de suerte (que le autorizaran sus visas para viajar a Inglaterra), recuerdo que solía jugar en un hermoso parque…”.
Al cabo de algunos meses las visas fueron autorizadas, pero cuando se preparó la familia para partir, después de conseguir abordar un tren, Alemania invadió Polonia y el ferrocarril donde se encontraban fue atacado por la aviación nazi, por lo que tuvieron que correr a través de la campiña desorientados y sin saber a dónde ir. El pequeño grupo que sobrevivió al ataque tuvo que decidir entre dirigirse a la frontera y llegar a Rusia o quedarse en Polonia. Escuchar sobre las terribles condiciones en que se encontraban los judíos que huían a Rusia, los hizo optar por encaminarse hacia la ciudad polaca de Kielce. Tommy recuerda las palabras de los adultos: “…o bien nos matan los polacos tomándonos como espías alemanes, o lo hacen los alemanes porque somo judíos”.
En el gueto judío de Kielce la familia “sobrevivió” unos años, pasando infinidad de carencias y restricciones que cada día fueron aumentando, como el amurallamiento de la zona y la constante vigilancia que los policías tanto judíos como polacos la Schutzpolizei, una suerte de vigilantes que ejercía una guardia extrema sobre la población, hasta que en agosto de 1944 fueron conducidos a Auschwitz. A pesar de las múltiples menciones sobre la terrible vida en un gueto polaco, Thomas, en su narración, se permite comentar la alegría que sintió cuando sus abuelos maternos llegaron al mismo gueto y lo feliz que le hacía verlos y abrazarlos, también con la inocencia de un niño narra algunas travesuras que en compañía de otros niños judíos realizaban: “En nuestro vecindario había muchos niños y pronto me hice de un montón de amigos”.
Después de un caótico viaje en tren, una mañana de agosto de 1944, la familia Buergenthal llegó al funesto campo de Birkenau situado a unos tres kilómetros de Auschwitz, en donde estaban instalados los crematorios y las cámaras de gas de triste recuerdo. Ahí, Tommy fue apartado de su madre, pero tuvo la suerte de que no lo separaran de su padre, quien no soltó ni un instante sus pequeñas manos. Con cierto temor pasó al tatuaje donde le anotaron el número: B-2930.
En el inolvidable para toda la humanidad campo de concentración de Auschwitz, Tommy conoció el horror, la barbarie y el inexplicable comportamiento de algunos seres humanos, vivió de cerca con la muerte y el hambre, pero tuvo la ventaja de contar a su lado, durante la mayor parte de su estancia, con su padre, un hombre valiente que lo protegió física y mentalmente lo más que pudo, hasta que una mañana su barraca recibió la visita de un grupo de médicos (entre estos el funesto Mengele) y su padre fue elegido para quien sabe qué fin, ya que el niño no volvió nunca más a verlo, pero del cual nunca olvidó su último consejo: “No desesperar bajo ningún concepto”.
Temeroso de ser llevado a las cámaras de gas y estando ya solo, Tommy no podía dormir por las pesadillas que lo atormentaban; sin embargo, nunca se rindió e innumerables veces trató de escapar siendo apresado y golpeado en todas. Encontró a su vez algunos seres humanos con cierta compasión, como un médico que le daba pequeños trozos de jabón para que no se contagiara de sarna (de la cual estaba cundida toda su barraca) o el viejo guardia de la SS que fue amable y lo trasladó a una barraca de niños para protegerlo.
Nuevamente, el lado positivo de Thomás sale a relucir al comentar que en la barraca de niños (donde todos eran mayores, él contaba con aproximadamente 10 años), tuvo dos grandes amigos que se volvieron sus hermanos, Michael y Janek. Increíbles resultan los comentarios que el niño prisionero narra en su libro, sobre sus recuerdos durante esta etapa de su vida y lo que le dejó esa experiencia: “Nuestro jefe de barracón nos trataba bien y distribuía las raciones de alimento equitativamente” o “Pese a que no soy religioso, considero un pecado tirar un trozo de pan, por muy duro que esté, y puedo llegar a caminar vario kilómetros para dárselo a las aves…”.
Una mañana de principios de enero de 1945 los altoparlantes del campo los despertaron con los siguientes gritos. ¡Das lager wird gerdumt! (¡El campo está siendo evacuado!), fue así como empezó la penosa marcha de miles de prisioneros evacuados de los campos de concentración que ha pasado a la historia con el nombre de “Las marchas de la muerte”.
Thomás y sus amigos utilizaron toda clase artificios para sobrevivir mientras veían caer muertos o fusilados a muchísimos prisioneros, pero el caminar en la nieve sin la protección debida hizo que al pequeño niño se le congelaran los dedos de los pies. En pésimas condiciones llegaron a otro campo, el de Gliwice, donde a pesar del hambre y de soportar temperaturas heladas, nunca abandonaron su “anhelo por vivir” como anota Tommy.

Leer la historia de Tommy el “niño afortunado” nos deja una sensación de esperanza en la humanidad y con la intensión de no abandonar la actitud positiva y la pretensión de encontrar en cada dificultad, en cada momento difícil, un ángel o una esperanza para seguir viviendo y luchando.
Laura Rosado Rosado
Después de unos días, los subieron en unos atestados trenes donde empezaron a pensar seriamente en su muerte, sin alimentos, con mucho frío, pisoteados por los adultos y a punto de desfallecer, surgieron otro “ángeles” como los llamó el niño, que desde el cielo los alimentaron. Algunos checoslovacos se habían organizado y desde los puentes tiraban panes a los prisioneros; con hermosas palabras narra este episodio: “Jamás olvidaré esos ángeles cuyo pan nos cayó como si viniese del cielo”. Los trasladaron a Alemania al campo de concentración de Sachsenhausen, donde Tommy llegó con los pies hinchados y con profundos dolores. Después de unos días de evitar consultar en la enfermería del campo, ya que temía terminar en las cámaras de gas, no tuvo más remedio que escuchar a sus amigos Michael y Janek y acercarse a pedir ayuda.
En la enfermería le amputaron dos dedos de sus pies, pero nuevamente con la inocencia de su corta edad les creyó a las enfermeras cuando le dijeron que le volverían a crecer, como los dientes. En el hospital conoció a unos prisioneros noruegos, específicamente a Odd Nansen quien fue su nuevo ángel guardián, le daba dulces, libros, comida (los prisioneros noruegos y daneses recibían un trato especial y paquetes de alimentos de la Cruz Roja) asimismo, Nansen sobornaba a los guardias y enfermeros con tabaco y provisiones para que lo protegieran.
Cuando los soviéticos liberaron el campo Tommy buscó afanosamente a sus amigos, pero nunca más los volvió a ver, ni supo de su destino. Aun cuando los rusos le indicaron que pronto llegarían doctores y enfermeras que se encargarían de ellos, el pequeño niño y otro joven paciente de nacionalidad polaca, decidieron no esperar esa ayuda y salir del campo para dirigirse a Polonia, donde tenían la esperanza de reunirse con su familia.
Se refugiaron en un pueblo alemán abandonado en donde un grupo de soldados polacos lo rescató y convenció para que se uniera a ellos como “soldado”, prometiéndole que lo llevarían a Kielce donde esperaba encontrar a sus padres. Después de acompañar a los soldados como una especie de mascota durante la rendición de Berlín, ordenaron a su regimiento regresar a Polonia y decidieron internar a Tommy en un orfanatorio “mientas localizaban a sus padres”.
Internado en el orfanatorio de Otwoch, Thomas escribe “disfruté casi cada instante de mi permanencia en el orfanato…”, o “en el orfanatorio nos trataban muy bien…nunca había comido tan bien”. Después de un tiempo y por un extraño azar del destino, cuando estaba a punto de emigrar a Palestina con un grupo de niños que serían trasladados secretamente por el grupo Haatzair, Thomas supo que su madre estaba viva y habitando en Gottingen, Alemania, su ciudad natal. Las tiernas y emotivas narraciones del encuentro son hermosas a la vez que desgarradoras, Tommy pudo de nuevo sentirse niño en brazos de su madre y juntos llorar la muerte de su padre. Después de un tiempo de vivir en Alemania con ella, quien se volvió a casar, Thomás decidió continuar sus estudios en los Estados Unidos con su tío Eric, hermano de su mamá.
Siendo un alumno destacado Buergenthal sobresalió a pesar de no haber contado con preparación durante sus primeros años. Su curricular es extraordinario, graduado como licenciado en Historia y Ciencias Políticas, obtuvo la beca Root-Tilden para estudiar en la Facultad de Derecho de la Universidad de Nueva York, estudió una maestría en Derecho Internacional en la Universidad de Harvard y más tarde un doctorado en Ciencias Políticas. Ha recibido diversos premios entre los que se encuentran el Honoris causa de las universidades de Heidelberg y Gottingen en Alemania.

En su libro Thomas cuenta cómo ser víctima fue precisamente lo que lo llevó a querer volverse Juez y especialista en los Derechos Humanos, y fundamental para su crecimiento era el alejarse odios y rencores: “…aunque era importante no olvidar lo que nos había ocurrido en el Holocausto, igualmente importante era no responsabilizar a los descendientes de los asesinos por lo que se no había hecho, pues de otro modo el ciclo de odio y violencia no acabaría nunca”.
Leer la historia de Tommy el “niño afortunado” nos deja una sensación de esperanza en la humanidad y con la intensión de no abandonar la actitud positiva y la pretensión de encontrar en cada dificultad, en cada momento difícil, un ángel o una esperanza para seguir viviendo y luchando. Deseo que este 30 de abril todos los niños de México y sobre todo los niños del mundo que están viviendo inmersos en una guerra, encuentren sus ángeles que conozcan y respeten la declaración de Ginebra sobre los derechos de los niños.










Una historia más del holocausto que es un dolor de todos. A ti que gustas de las historias de mujeres te recomiendo acercarte a la vida de Maryla Jonas… y’a la platicaremos