La belleza y la muerte son dos cosas profundas,
Con tal parte de sombra y de azul que diríanse
Dos hermanas terribles a la par que fecundas,
Con el mismo secreto, con idéntico enigma.Oh mujeres, oh voces, oh miradas, cabellos,
Trenzas rubias, brillad, yo me muero, tened
Luz, amor, sed las perlas que el mar mezcla a sus aguas,
Aves hechas de luz en los bosques sombríos.Más cercanos, Judith, están nuestros destinos
De lo que se supone al ver nuestros dos rostros;
El abismo divino aparece en tus ojos.Y yo siento la sima estrellada en el alma;
Victor Hugo, 1802-1885.
Mas del cielo los dos sé que estamos muy cerca,
Tú porque eres hermosa, yo porque soy muy viejo.
La Catrina se ha paseado sin pudores por las calles de Paris. Sí, esa, doña Muerte, la de Posada, la nuestra: la mexicana.
Papeles picados, velas encendidas, frutas y ofrendas llenas de flores han tomado sitio en cada rincón parisino donde se encuentre un mexicano.
Muchas caras maquilladas de Calaca en la noche de muertos, rostros de múltiples nacionalidades se unen al festejo de invocar a los que se han ido. Parece ser que a la Ciudad Luz le ha gustado abrir sus puertas y recibir a los habitantes del Mictlán.

Hay algo liberador en nuestros ritos bien recibidos por los franceses que observan los altares con asombro y admiración. Hay música, fiestas, comida mexicana, desfiles de catrinas, presentación de altares, obras de teatro, exposiciones de pintura y fotografía, ventas de artesanías, danzas folklóricas, sahumerios y, si ponemos atención, quizá podamos escuchar hasta el canto de algún caracol.
Es la gran fiesta de México en Paris. La comunidad mexicana se realza como nunca, aparece orgullosa de su tradición y no duda en compartirla con todo aquel que quiera conocerla, es la Fiesta de los Muertos.
Los puntos de encuentro son diversos: centros culturales, museos, la embajada y el Instituto de México, restaurantes, bares, tiendas de productos mexicanos, taquerías, mezcalerías, asociaciones y colectivos mexicanos se preparan con mucha anticipación para proponer eventos diversos en honor a La Calaca.

Cada quién, a su modo, se viste de México y se acompaña de sus difuntos. Cada mexicano en París se vuelve transmisor de una tradición milenaria y profunda que, curiosamente, se resiste a morir, un ritual que sin distinción abre el espacio a quien quiera habitarle.
La muerte seduce a los cartesianos franceses que, frente a ella, callan y llevan sus duelos en silencio, discretos, sin grandes aspavientos.
De la muerte no se habla y se llora en privado. ¿Qué es esto de festejar y reírse?
Nuestra Catrina colorida les toca el corazón, les abre los ojos y les pica el estómago con las especialidades culinarias picositas e irresistibles. Tomamos tequila y mezcal, cantamos rancheras y bailamos cumbias, le entramos al taco y al pan de muerto. Mientras tanto, los parisinos nos miran con asombro y sin dudarlo le entran a todo también.
Caen los pudores y los miedos se diluyen. Incluso miedo mayor: el miedo a la muerte hace una pausa y se arma la fiesta, donde México es el anfitrión y todo el mundo está invitado.

En la Fiesta de los Muertos estamos más vivos más que nunca. Y sí, los hemos contagiado con nuestra ilusión de otra vida, con el reencuentro imposible, la tristeza muda en alegría con los colores que abrazan los sentimientos más oscuros y los vuelven esperanza.
Hemos vencido a la Flaca, por lo menos el día de hoy.
Y aunque nadie quiere conocer la fecha en que le visitará la muerte, por aquí ya hay agendas marcadas con la próxima fecha… Porque eso sí, la agenda, ante todo.
En Francia, la razón no nos dejará tranquilos; sin embargo, el espíritu ya sabe que cada año tendrá su fiestón y, mientras estemos vivos, con la Calaca seguiremos bailando.







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