Caminantes. hacia el encuentro

El 28 de mayo de 2022 asistí a la primera “Noche Blanca” que se llevó a cabo en la ciudad de Mérida, Yucatán, después del confinamiento inicial de la pandemia: estar por primera vez en medio de mucha gente, llevar el cubre bocas y ponerse gel anti-bacterial en las manos cada cierto tiempo, distanciarse para dar un sorbo de agua, observar de lejos y de cerca la convivencia con un virus que no se ha ido. Volver a vivir en la pandemia y de la mano con mis amigas.

Hicimos fila en la parte oeste del parque de La Mejorada, calle 50 por 57 y 59. Íbamos a Caminantes. Hacia el encuentro, una propuesta de teatro en la calle, escrita, actuada y producida por mujeres. Al llegar a la mesa de registro, tocó la primera decisión: ¿A quién seguir? A la obrera sindicalista, a la escritora o a la maestra. Decidimos irnos con la escritora y ahí mismo nos asignaron a una mujer como punto de contacto. Nos repartió calcomanías para identificarnos. Como en el teatro, nos dio la primera llamada y nos dijo que nos concentráramos en torno a ella: “Soy Nelly y voy a ser su guía en el camino”. Segunda llamada: “Me avisan que la escritora viene llegando”. Tercera llamada, tercera: “Hola, buenas noches. ¿Cómo están? ¿Están listas para el recorrido?, ¿Nelly, estamos listas? Vamos a un lugar que no tenga tanta bulla, quiero presentarme con las asistentes. “

Algo había pasado. Ahora estábamos en el performance. Éramos el público, pero también los personajes asistentes al Primer Congreso feminista de Yucatán de 1916. La inmediatez, lo disruptivo y el público como actor son los tres elementos fundamentales que señala Diana Taylor para definir el performance. Esta transición me pareció fascinante. Mi cerebro de maestra seguía muy activo y yo analizaba las líneas del personaje: mujer viajera, una migrante que regresa después de una estancia en París para involucrarse en el Primer Congreso Feminista. Divertida, privilegiada, pero consciente. Nos cuenta que sus ideas se parecen mucho a las de Hermila Galindo (1988-1954) sobre los derechos reproductivos de las mujeres y nos obsequia pañuelos verdes con un bordado a mano que dice: “Caminantes”. Me emocionó, mi mente de maestra se ha ido y estoy en el pacto completo del performance. Soy una asistente que sigue a la escritora. Ella nos informa sobre el discurso visionario de Hermila Galindo que no pudo leerse en el palco del Teatro “José Peón Contreras por ser demasiado liberal para una sección de las integrantes del Congreso:

“No importa, se publica en Actas. Ella es parte central de lo que creemos. Nelly, ¿te parece que ya es hora de reunirnos con las compañeras? Sigan a Nelly, sigan la luz. Con cuidado. Vamos, vamos.”

Llegamos al jardín del parque que mira al norte de la ciudad. Estamos de espaldas al enorme monumento dedicado a “Los niños héroes”. La maestra, la escritora y la obrera se suben a la base del monumento y las asistentes nos quedamos en el jardín. Todos podemos verlas y las linternas que antes nos guiaban, se convierten en luces de un escenario que se construye a medida que las palabras van surgiendo. Por un lado, el discurso que las personas asistentes aprendimos en las interminables planillas de la primaria: Siete niños héroes en el Palacio de Chapultepec, ¿existían?

“¿Y qué hicieron?” — Pregunta la obrera sindicalista.

En contrapunto, la maestra sostiene una silueta femenina color cobre: “En el parque de La Mejorada, Rita Cetina funda la escuela “Siempreviva”, el primer centro educativo para niñas en Yucatán durante el siglo XIX. Otras maestras seguirían su ejemplo y otras primarias para niñas empezarán a funcionar cerca del parque. ¿Por qué ellas no tienen monumento?”.

En un diálogo anacrónico y en contrapunto, Caminantes nos revela lo absurdo del discurso histórico que ha borrado el trabajo de las maestras para erigir una ficción bélica e inútil. Nos emocionamos y vemos la construcción del verdadero monumento a las mujeres que usaron su privilegio para abrir la puerta de los salones a otras niñas. Años más tarde, la “Liga Rita Cetina” honrarían la memoria de la maestra con su nombre. En este mismo tenor, el Proyecto de “La siempreviva” desarrollado a finales del siglo XIX y encabezado por Rita Cetina, Gertrudis Tenorio y Cristina Farfán, sería el semillero del primer congreso feminista del siglo XX en el país.

Seguimos avanzando y nos paramos a la entrada del estacionamiento del Hotel Misión Mérida Panamericana en la calle 59 entre 52 y 54. Dos contingentes se unen: la maestra y la obrera sindicalista nos señalan que la historia material se está transformando. La placa que indica el predio donde fue fundada la escuela Siempreviva está en frente del hotel. La colectiva “Ya no somos invisibles”, formado por siete mujeres: Silvia Káter, Liliana Hernández Santibañez, Jimena de los Santos, Giovana Jaspersen, Amelia Ojeda y Cindy Santos, se está encargando de visibilizar los espacios públicos en dónde el feminismo yucateco fue semilla y pólvora.

La escritora y la obrera cruzan la calle y nuestros ojos las siguen. El policía medio que para el tráfico y las asistentes tomamos fotos, nos emocionamos en las fracciones de minuto que dura este momento. Somos espectActores de la historia, tal como lo apunta Taylor. Con esta energía seguimos caminando hasta llegar al callejón de El Jesús, donde ocurre la novela La hija del judío (1848 y 1849) de Justo Sierra O’Reilly, pero ahora el callejón es nuestro. Los tres contingentes vuelven a reunirse en el parque De la madre, delante de la escultura de mármol que hace unos años fue anti-monumenta. Caminantes vuelve a escribir la historia y nos recuerda que esa estatua de la mujer sufriente con un hijo entre sus brazos fue puesta como signo de represión. A principios del siglo XX, una campaña mediática encabezada por el periódico católico Excélsior y las fracciones conservadoras de la política mexicana, decidieron colocar la “maternidad” en el centro de la vida de las mujeres. Esta campaña fue la respuesta a las diputadas que exigían en la legislatura federal el acceso a pastillas anticonceptivas. Como las yucatecas habían sido voz, pues el primer monumento a nivel nacional fue erigido en Mérida en 1922.

No tuvimos que esperar 100 años para que la historia la re-escribieran otras mujeres. Ahí escuchamos las diferencias y los puntos ciegos de la maestra y la escritora frente a la poderosa voz de la obrera. Ahí, ya todas nos miramos más fijo, compartimos la hoja de la canción que nos han repartido. Cantamos juntas “Canción sin miedo” de Vivir Quintana:

“Cantamos sin miedo, pedimos justicia,
gritamos por cada desaparecida,
que retumbe fuerte:
NOS QUEREMOS VIVAS.
Que caiga con fuerza el feminicida.”

Por último, nos dirigimos al sitio que vio reunidas a las mujeres yucatecas en el Primer Congreso Feminista del país en 1916. En una de las entradas está la primera placa de la colectiva “Ya no somos invisibles”, que trabaja de la mano con el INAH en esta labor arqueológica: hacer aparecer lo que no veíamos.

Caminantes no solo es una obra de teatro o un performance. Es un híbrido que coloca puentes entre el ayer y el hoy. Es una experiencia que se preocupa por mantener la curiosidad viva. Quiero regresar para ser parte del contingente de la obrera y de la maestra. Caminantes se asegura de agujerar el discurso, de deshilarlo, por eso queremos regresar, para recuperar los silencios de las otras dos historias. La invitación queda abierta a lo que no sabemos y aquí, no siento el deber de conocer, sino el hambre, el deseo y el gozo de saber lo que ignoro, siguiendo la enseñanza de Sor Juana: “No estudio por saber más, sino por ignorar menos”

Rosa Montero escribe en “Escupiendo fuego” — el prólogo a su libro Nosotras. Historias de mujeres y algo más (2018) — que en la marcha de Madrid de 8M, 2018, más de 170,000 mujeres marcharon juntas, la mayoría menores de 25 años. Así, las pibas tomaron las calles en Argentina para exigir el aborto libre y seguro, derecho que fue reconocido el 30 de diciembre de 2020. Por eso, el abrazo se sintió más fuerte cuando la voz de las caminantes más jóvenes sostenía la mía al gritar frente al Teatro “José Peón Contreras”:

¡Alerta, Alerta Feminista!
¡Que tiemblen, que tiemblen los machistas,
que Yucatán será toda feminista!

Liliana Hernández Santibañez, la autora de Caminantes. Hacia el encuentro, cerró este momento cuando se despidió del público:

Caminantes sucede en la noche; recupera tiempo y lugar. Se apropia del espacio público del que hemos sido excluidas y se adueña de la noche que nos han quitado. Sigamos caminando juntas”.

Todo se ha resignificado en la ciudad de mis primeros 28 años de vida. Me fui a los Estados Unidos en 2008 para estudiar, justo en mi retorno de Saturno, cuando todas las estructuras se caían, aprendí otra lengua y dejé de nombrarme feminista debido a la violencia institucional de mi director de estudios graduados. En una ocasión, en corto y en privado, como un favor especial para mi carrera, me dijo: “Deje de estudiar a Peri Rossi, que la academia pensará que usted es lesbiana o una mal cogida”. Era las dos. Yo tardé una década en poder nombrar estas y muchas otras violencias. Por gracia de las morras feministas, las cosas han empezado a caer en su lugar. Agradezco la fuerza y la ternura de las feministas que hoy transforman y son amigas en la diferencia.

**Terminé de escribir este texto antes que la Corte en los Estados Unidos anulara el derecho al aborto el 24 de junio de 2022 a nivel constitucional. Caminantes me recuerda que seguimos en la lucha.

María Inés Canto Carrillo
Es Profesora Asistente de Español en la Literatura y Cultura Mexicana Moderna. Ella tiene un Ph.D. en Lenguas y Literaturas Hispánicas (2016) y una Maestría en Literaturas Portuguesa y Brasileña (2015) de la Universidad de California, Santa Bárbara. Su investigación se relaciona con la literatura y las artes visuales, y ha publicado numerosos artículos sobre literatura mexicana y latinoamericana.