Cosmología y poesía en la obra de Irene Duch Gary

Meridafest 13 de enero de 2022[1]

Uno de mis profesores de filosofía —no el mejor, por cierto— afirmó que si queríamos conocer a un filósofo, lo mejor era preguntarse qué clase de muebles incluía en su universo. Si dejamos a un lado el desconcierto que posiblemente provoca el ver comparado el cosmos con alacenas del gran Chapur o bien, de Dormimundo, entonces, quizá podamos conservar lo esencial de lo dicho, a saber que toda filosofía manifiesta preferencias con respecto a lo que más importa que esté incluido en el mundo tal y como lo concibe el filósofo. La vía corta sería llevar a cabo una suerte de inventario donde artefactos y seres naturales convivirían con o sin armonía, una suerte de ontología, que también incluiría una preferencia por la manera en que podemos acercarnos a estos seres o clases de seres, si con el alma, con el cuerpo o bien con ambos, o sea una suerte de epistemología.[2]

Empecemos por lo último. La filosofía, bien o mal, llamada occidental ha tenido sus surcos irrigados por dos tendencias que no se excluyen mutuamente pero sí son diferenciables. La primera —no importando el orden en que aparecen aquí—, reza que no hay manera de conocer que no se base en la percepción sensorial. Para decirlo de una manera un tanto brutal pero corta, según este modo de ver, el cuerpo es lo que nos proporciona las bases para emprender el camino del conocer. Un empirismo por decirlo así. El Platón del Simposio es un buen ejemplo de ello: si bien existe algo que él llama lo Bello en sí, ese algo sin colores, sin rasgos de fealdad, sin grados de belleza, etc., acceder a esta realidad sería imposible si no empezáramos con la experiencia de lo que es un cuerpo bello, esto es por un aprendizaje que moviliza al cuerpo humano de manera muy importante. Otra vertiente epistemológica, el racionalismo, defiende la idea de que el alma y solamente el alma —o si se quiere la mente— detiene las claves que llevan al conocimiento y que, inclusive, resulta más procedente prescindir en la medida de lo posible del cuerpo, en general, y de las percepciones sensoriales en particular,  si queremos acercarnos a lo que realmente puede conocerse (lo absolutamente bello en nuestro ejemplo). Es el Platón del Fedón, cuya epistemología básicamente prescinde del cuerpo. Las dos posturas no son irreconciliables al menos en sus detalles: la culminación del recorrido filosófico, la captación de lo Bello en sí del Simposio ya no recurre a la percepción sensorial, pero sí la requirió en grado sumo en los primeros momentos de la iniciación amorosa pregonada por Diotima, mientras que el proceso de reminiscencia de lo Igual en sí del Fedón conocido antes de que el alma se encarne en un cuerpo es inalcanzable,  de no contar con alguna percepción sensorial que le sirva de detonante.

Mi primera hipótesis es que para Irene Duch Gary, la vía de acceso privilegiada para dar con lo esencial de su —¿del?— mundo es el cuerpo. Antes de aducir razones para defender esta postura, voy a formular otra hipótesis que surge del inventario que procuré hacer de lo que contiene el universo de nuestra poeta filósofa. Lo que salta a la vista es la presencia del mundo vegetal  y también la del reino animal, aunque no cualquier clase de animales sino animales en su mayor parte alados. Abundan flores, lirios, álamos, olivares, más flores, romeros, sauces, jazmines, espigas, ramas, yerbas, árboles, mazorcas, ciprés y palmeras por un lado; palomas, alondras, mirlos, pájaros, mariposas, albatros, más alondras, por el otro.

Pero, ese inicio de inventario no ha de impresionarnos en demasía si nos percatamos de que ese par de listas se quedan cortas a la hora de toparnos con un sin número de referencias a lo que me gustaría llamar elementos en el sentido más primigenio de fuerzas cósmicas: aire, agua, tierra, fuego. Estas menciones se acompañan de lo que podríamos llamar límites: paisaje, horizonte, aurora, madrugada, alba; y también se ramifican en términos meteorológicos y astronómicos: viento, planeta, luna, estrellas, noche, luz, arco iris, sombra, tempestad, sol, lluvia, noche, espuma, mares. Es ahí donde me permito enunciar mi segunda hipótesis. No sólo es el cuerpo el medio de acceso privilegiado de Irene Duch a lo que verdaderamente le importa, sino que lo que le importa evoca un sin fin de movimientos que trazan una peculiar forma que tiene el ser humano —¿ella?— de relacionarse con el mundo —¿su mundo?—; y estos movimientos tienen un eje: el de la proyección en espiral. Una y otra vez, nuestra poeta y filósofa teje metáforas que plasman, por decirlo así, al cuerpo humano en la naturaleza que lo circunda y vice versa, buscando una y otra vez una suerte de inmanencia que le permitiría al ser humano cobijarse de manera definitiva en esta naturaleza sin que ello se logre nunca: la identidad entre ser humano y mundo no es más que una identidad esperanzada y jamás lograda a no ser que por un instante. Pocas veces, se encuentra el bálsamo “que atenúa el dolor de saberse ajena al mundo.” Solamente por momentos, se da el encuentro yo y mundo, momentos cuyo futuro tendrá que encontrarse en otros momentos, tan efímeros como los primeros.

“Quisiera asirme al momento transparente, perderme en su hermético futuro.”[3]

Entonces el cuerpo es el que escribe la historia en secreto, vaivén, entre el mundo y el yo.

De ahí que la lluvia golpee a la luna, el viento se vuelva sin destino, el mar carezca de horizonte o bien se levante.  La piel se desdobla en mil estrellas, el viento llora, o bien clava, o bien es piedra de horizonte que hunde su fuerza en la piel hasta encontrarle la entraña. La noche moja los pensamientos y ahoga los sueños, el espacio se adormece, las olas vuelan, y el tiempo tiene párpados. El sol va a tientas por la casa.  El horizonte es una mano abierta que nos lleva por el camino del fuego. La luz misma fecunda: “el vientre iluminado de la luz me germina.” “sentir en el alma, el palpitar del vientre germinado.”

La tarde entra a conversar y trae noticias del mar. El cuerpo mismo se vuelve explosión de agua. Y a veces, logra lo que parece ser impensable: “Mi cuerpo trasciende mi ser para tocar tu alma, cuerpo de luz, imagen transparente.”[4]

Quizá no sea necesario privilegiar en esta semblanza uno que otro de lo que he llamado elementos cósmicos. Es posible que aire y agua se lleven la delantera mientras que el fuego aparece más bajo el espectro de la luz que como tal y la tierra, cuando no arcilla, barro o bien sede de raíces, se esconde detrás del cuerpo. Mas ciertamente, es el aire el que se torna más presente, a la hora de asomarnos a tres conceptos con los que me gustaría cerrar estas notas: el concepto de voz, el de silencio, y el de grito. Antes de pasar a esta tercera y última parte, recordemos que los “muebles” del universo de Irene Duch privilegiaban a los seres vivos alados y a toda clase de vegetación cuyos movimientos apuntan sin lugar a dudas a la importancia del aire y del viento. ¿Qué sería un pájaro sin aire que atravesar y en el que apoyarse? ¿Qué sería una espiga o bien una rama, sin aire que las envuelva o  las sacuda?

Voz silencio y grito: es tiempo ahora de asomarnos a lo que podríamos llamar el universo sonoro de nuestra poeta.

Empecemos por una pregunta: ¿Qué es un poeta sino una voz?

A lo cual varios pasajes del libro que celebramos hoy podría contestar: ¿Pero, qué es una voz sin silencio?

Y es que:

“La voz se pausa en el silencio.”

Un elemento cósmico lo confirma: “El viento suena a lo lejos su flauta de silencios.”

Tan importante como la voz lo es el silencio, mismo que es para Irene laberinto y camino.

El silencio a su vez es mágico, y hace que la voz sucumba ante él. “La voz, astilla en la garganta, sucumbe a la magia del silencio, y permanece al pie del risco, en la armonía de esta música silente.[5]

Es el silencio —si se me permite esa expresión ya muy desgastada— el medio ambiente de la palabra: es gracias a éste que es posible oír la palabra que abre cauces al corazón.[6]

Música silente antes que silencio, el grito en contraste hace que arda la garganta cuando ésta lo encadena. Pero es sólo apariencia ya que el grito también es música. “Me gusta oír el aire pertinaz en mi garganta.”

¿Y, la voz?

No sólo el poeta sino también la tierra tiene voz.[7] La voz es frágil. Es un “cerco que el ansia puede romper.”[8] La voz también es fuerte, y cuando uno trae dentro la voz de otro, esta voz puede quemar por dentro. Llanto y garganta pueden buscar un espacio transparente y mudo donde albergarse.

No quisiera seguir sin advertir que partiendo de la epistemología (que si el cuerpo o bien el alma es lo adecuado para iniciar el camino del conocer) hemos ido a la ontología (enumeración de seres y tipos de seres —animales alados y reino vegetal—) para pasar a la cosmología (los cuatro elementos: agua aire tierra y fuego). Explorar lo que para Irene significa la voz, el grito, y el silencio nos adentra a lo que he llamado su universo sonoro y este universo es por excelencia un universo de experiencia, de un tipo de experiencia que rebasa y por mucho, el quehacer de cada uno de los cinco sentidos, una experiencia que nos permitirá cerrar o entrecerrar estas notas cuales unas espirales que nos regresan al cuerpo que nos sirvió de punto de partida.

El mundo es sonoro, esto es voces y silencios alternados, cuando no amalgamados: trinos de pájaro de tierno palpitar y que armoniza las notas de los árboles; viento: canto unido que levanta la esperanza y reconquista la paz; grito que queda erguido en la memoria- vigía y símbolo-; silbo que atraviesa la herida del silencio.  Silencio que ampara y muchas veces se asocia con la sonrisa; silencio que nos cubre con dulzura o se vuelve túnel; voces que cobijan, dolor que se hace eco, voz que puede ser canto alegre en medio del monte solo; horizonte, todo, que se ve consagrado por las notas de un canto apenas percibido. Nuestra voz, la piel, murmullo de plegarias y secretos descubren el sonido de la sangre, la armonía de los cuerpos. Unas plegarias que solamente se compararían con la del mar si es que éste murmurara. El silencio: túnica sin rostro que ocupa las habitaciones.

Y es en silencio que el viento, con su magnificencia, explora las partículas del cuerpo. Cuerpo silencioso de naufrago. La palabra, cual un río, corre por las venas transparentes de aquellos que nunca perdieron la esperanza y perdonaron las ofensas.

Pero, la voz resiste… silencios y silencios tocan la piel y el vértice del alma. Sobre el clamor de las voces, el mismo silencio por respuesta… un silencio que ella procura sepultar una y otra vez:

“…haré un altar de arena y lumbre para depositar los escombros del silencio.”

Intento de cantar que rompe en llantos:

“La canción que nunca brotó de mi obstinado pecho quedó apenas murmurada en la dulce melodía de mi llanto.”

De mis manos el barro se fue en verso palabra con palabra construyendo mi vida.

Y su vida es la de una peregrina habitada por un anhelo incesante de abrazarlo todo, un ser sediento de claridades, de palabra desnuda, un ser a quien nada le es ajeno pero que sin embargo sí sufre de saberse, en cierta forma, ajena al mundo y necesitada de bálsamo para atenuar el dolor que esto le provoca. Irene y el mundo; el mundo: un poema, una canción que tiende sus velas blancas hacia la luz.

El universo que a veces es sosiego cuando en él reina el mar y donde al fin descansa:

“Mi habitación el universo entero, mi lecho el mar, con su inefable espuma. Qué placidez que sueño de estarse sin estar prendida al mundo, reposar al viento, al mar, la arena, sin puertas con candados ni ventanas.”

Una fatigada peregrina de geografía impenetrable descansa en el umbral de un tiempo cubierto de futuro, una peregrina a menudo sola —¡demasiada soledad para tan poca vida!— una soledad a la  que siempre vuelve y donde la espera la verdadera razón de su existir: hacer renacer la semilla que siempre espera la luz, construir su vida palabra por palabra, olvidar las pequeñeces de la cotidianidad que achican el alma, pero  para volver a acogerlas cuando vuelven a acariciar el ritual de las costumbres y encantarnos con las cosas diminutas. Pues nada es demasiado grande ni demasiado pequeño para nuestra poeta filósofa, quien se pregunta:

“Qué morirá cuando yo muera.
Quedará algún vestigio
 del combate conmigo
 por construir una mujer serena.
 
Existirán mis sueños,
alguien heredará mis buenas intenciones,
mi melancolía,
la soledad acariciada tantas veces
o aquellas tardes de lúcida belleza
cuando el alma vestía sus delicadas prendas
 y un caluroso manto sobre el mundo
rompía la voluntad inquebrantable del destino.
 
Seguirá viviendo ese anhelo incesante
por abrazarlo todo.
 
Las amorosas manos
acunarán las espigas en los andamios desiertos de la tarde.

Si la mirada pudiera
lavar las heridas de los muertos
y deshacer el nudo de la carne,
yo volvería a contemplar,
desde las orillas del tiempo,
el rostro iluminado, eterno, de la vida.”[9]


[1] Presentación del libro En la memoria de la rosa. Poesía reunida de Irene Duch Gary. Compilador y autor del estudio introductor Rubén Reyes Ramírez. Librosenred. ISBN 978-1-62915-484-8, Mérida, 2021. Para cierto paralelismo entre este estudio y el texto mío incluido en el volumen, véase Ooms, Nicole. ‘La risa de Irene’, Op.cit. pp. 254 a 258.

[2] Una epistemología con resonancias platónicas.

[3] En el nombre de la rosa… p. 85. Véase nota 1 para la referencia bibliográfica completa. Mi texto incluye numerosos fragmentos de la obra de la poeta, y si en algunos pasajes faltan las comillas es porque este trabajo, sin llegar a la paráfrasis, incluye deliberadamente cuantas veces sea posible, a la pluma de Irene Duch Gary.  El párrafo que sigue esta cita es un buen ejemplo de ello, en el que me pareció que un exceso de comillas resultaría estorboso. Con todo, espero que mi texto sea lo suficientemente claro como para que el lector pueda distinguir con claridad donde termina mi prosa y donde empieza su poesía. 

[4] Op. Cit. p.107.

[5] Op. cit.,p.105.

[6] Op. cit., p. 143.

[7] Op. cit., p. 99.

[8] Op. cit., p. 90.

[9] Desde las orillas del tiempo. Op. cit. p.197.

Nicole Ooms
Educadora especializada (Centre de Formation Éducationnelle, Liège), con una formación posterior en psicomotricidad fomentada por su experiencia con niños autistas (Institut Libre Marie Haps, Bruxelles), Nicole Marie Anne Ooms Renard deja su Bélgica natal el 21 de julio de 1982 para emprender estudios de filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México. Licenciada y Maestra en filosofía por la UNAM, continúa sus estudios en Londres (King’s College London, University of London) donde obtiene su PhD en 1999. Coordinó los inicios de lo que hoy es el Centro Peninsular en Humanidades y Ciencias Sociales de la UNAM, en Mérida, Yucatán, donde es investigadora.