Cronista crónico de ayer y hoy

La noche del 8 de diciembre del año 2014 la Asociación de Editores y Libreros de Yucatán y la Dirección de Cultura del Ayuntamiento de Mérida homenajearon a Faulo Sánchez Novelo, el motivo fue su abundante obra historiográfica y periodística. Durante su intervención el galardonado cuestionó la inercia del Consejo de Cronistas de la ciudad de Mérida, un grupo que, en los hechos, producía poco o nada dentro del género que decía representar. Los verdaderos cronistas de la vida meridana eran otros quienes, como Roldan Peniche Barrera, Víctor Salas, Conrado Roche o Jorge Cortés Ancona, documentaban desde sus trincheras el acontecer insólito, curioso, peculiar y artístico de la ciudad. Pero aún con ellos hacía falta algo.

La crítica tuvo eco, alimentó propuestas para renovar el Consejo de Cronistas integrando a nuevas personas. Una de las más acertadas provino de Susano Durán, custodio de las colecciones de Patronato Pro Historia Peninsular, propuso para el Consejo a María Teresa “Teté” Mézquita Méndez, en ese mismo contexto circuló una publicación del poeta Manuel Tejada (no recuerdo si impresa o digital) que coincidía con la propuesta. Era claro que hace doce años había una mujer que podía tener su lugar en el Consejo.

Pocos días después llegó la respuesta de uno de los cronistas oficiales de la ciudad, Gonzalo Navarrete Muñoz, en un texto virulento descalificó con insultos a Faulo Sánchez y  Susano Duran, pero sobre todo negó cualquier legitimidad de la posible integración de Teté Mézquita al Consejo de Cronistas. Doce años después, en 2026, el mismo texto reaparece, ahora en un contexto radicalmente distinto: el grupo de cronistas ha sido renovado e incluye, precisamente, a dos mujeres con trayectorias sólidas, una de ellas es Teté Mézquita. La republicación de su texto en redes sociales no solo revive una polémica pasada, sino que expone, sin proponérselo, las limitaciones de su autor.

Lo que evidencia ese texto, ayer como hoy, es la fragilidad de la autoridad desde la que Navarrete Muñoz pretende hablar. Su defensa del oficio de cronista no descansa en obra comprobable ni en aportaciones sustantivas a la memoria de la ciudad, sino en una retórica de exclusión que sustituye el argumento por la denostación. Ignora que el problema denunciado hace más de una década era real. Durante años, el grupo de cronistas confundió su función con la del historiador, pero sin asumir las exigencias metodológicas de la historiografía ni la sensibilidad narrativa de la crónica. El resultado fue un híbrido débil: textos, programas de TV o videos para redes sociales sin aparato crítico riguroso y, al mismo tiempo, carentes de la observación viva, cotidiana y situada que define al cronista. En ese vacío, periodistas, investigadoras y profesionales de la promoción cultural se ocuparon de la tarea que los cronistas dejaron de lado.

La propuesta de Susano Durán debe leerse en ese contexto, fue un intento de reactivar desde el debate una institución anquilosada, por lo que la inclusión de perfiles como el de Teté Mézquita, lejos de ser un despropósito, apuntaba precisamente hacia una ampliación del campo de la crónica. Porque la ciudad no se agota en sus efemérides ni en sus personajes de la clase acomodada; también se construye desde el arte, la mirada estética y las prácticas culturales. Negar esa dimensión es empobrecer la crónica.

Hoy, con la perspectiva que da el tiempo, resulta evidente que la renovación era necesaria. La integración de nuevas voces, particularmente de mujeres con formación y trayectoria, no solo ha elevado el nivel del cuerpo de cronistas, sino que ha diversificado sus enfoques, ha devuelto a la crónica algo esencial: su capacidad de dialogar con el presente. Teresa Mézquita e Ileana Lara, las dos nuevas cronistas de Mérida, tiene tras de sí una larga trayectoria de gestión cultural y significativos aportes al estudio del patrimonio de la capital del Estado, seguramente sus ideas y textos podrán hacer que más de uno aprenda lo que es hacer verdadera crónica.

La figura de Navarrete Muñoz queda inevitablemente reubicada. No como un defensor del oficio, sino como un exponente de sus inercias más problemáticas: el corporativismo, la resistencia al cambio y la confusión entre autoridad por nombramiento y por el trabajo efectivo. Aquí valdría la pena reflexionar sobre lo siguiente, si los nombramientos de cronistas los otorga el Ayuntamiento y sus labores las desarrollan al amparo de la corporación municipal, a pesar de ser honoríficos, ¿no hace a las personas nombradas servidoras públicas en el área de la cultura? Si la respuesta es sí, queda esperar la acción de la Unidad de Género del Ayuntamiento ante un evidente caso de violencia.

El texto de Navarrete Muñoz, escrito a finales del 2014 y republicado en 2026, ya no opera como una crítica válida, sino como documento de una época en la que la crónica meridana parecía más preocupada por preservar sus asientos que por narrar su ciudad. La ironía final es inevitable: la ignorancia, en efecto, no da derechos y, cuando se junta con la soberbia, tampoco construye memoria.

Nació en Yaxcabá, Yucatán, México, en 1987. Es licenciado en Historia por la Universidad Autónoma de Yucatán y maestro en bibliotecología e información por la Universidad de Oriente. Desarrolla investigación sobre historia de los intelectuales y las bibliotecas en Yucatán. Es colaborador del periódico Novedades, miembro del Colectivo Disyuntivas y del Capítulo Yucatán de la ADHILAC. Actualmente es profesor de Tiempo Completo y Coordinador de biblioteca en la Universidad de Oriente, Valladolid.