En Yucatán tenemos otro feminicidio que involucra a un padrastro. Una mujer murió intentando defender a su hija de ser abusada por su pareja, quien además de asesinar a la señora y dejar grave a las dos hijas, se suicidó. Me sigue incomodando cómo en medio del dolor aparecen los señalamientos únicamente hacia la mamá.
No seamos crueles responsabilizando a la mujer, quien también fue víctima. Las mujeres tienen todo el derecho de rehacer su vida, volver a enamorarse, confiar y construir una nueva historia junto a otra persona. Nada de eso las hace responsables de la violencia que otros deciden ejercer. La violencia contra las niñeces no nace de las madres que intentan salir adelante. El problema son quienes se acercan con intenciones de dañar, manipular y violentar. El problema central son los agresores.
Estoy segura de que muchas personas hemos estado cerca, directa o indirectamente, de historias atravesadas por violencia sexual o violencia familiar. Yucatán sigue enfrentando una realidad dolorosa y compleja. Porque muchas veces la violencia no aparece desde el inicio, sabemos que a veces se oculta detrás de la confianza, del cariño, de las promesas. Que hay personas que muestran un rostro amable hasta que su lado violento sale a la luz o es descubierto.
Sí, debemos procurar siempre el cuidado y la protección de las niñeces, pero esa responsabilidad no puede recaer únicamente sobre las madres. Es una responsabilidad colectiva. De la comunidad, de las instituciones, de las familias, de todas y todos. Así que, mejor reflexionemos qué estamos haciendo desde nuestros espacios para construir entornos más seguros, para escuchar, acompañar y prevenir la violencia antes de que sea demasiado tarde.
Y lo repito una vez más: las mujeres tienen derecho a volver a confiar. El problema nunca será una mujer intentando rehacer su vida. El problema son quienes convierten la confianza en violencia.










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