Y no basta la tierra para los cuerpos juntos
y la ración de la esperanza es poca
y el dolor no se puede compartir.
Rosario Castellanos, “Destino”.

IMIX
Día del origen, de la tierra fértil y el cocodrilo.
Esa mañana llovió café oscuro y espeso, caía del cielo con letras dentro de las gotas y las letras se deshacían antes de tocar el suelo, dejando en el aire una mancha de miedo a lo innombrable, la tierra las recibiría aunque nadie llegara a leerlas. La Niña tenía los pies dentro de la casa y los ojos fuera, clavados en el terreno al que las mujeres llamaban ejido. Se les conocía como las Sembradoras, ellas llegaban antes de que el sol decidiera despertar, una tras otra, sin saludarse: el saludo solo es entre quienes llevan mucho tiempo sin verse.
La primera entraba de rodillas, arrastrando las piernas sobre la tierra con lentitud, midiendo el terreno sin instrumentos, quizá en rezos; sus rodillas aprendieron más del suelo que sus ojos. La segunda movía los labios sin sonido, venía hablando desde antes de llegar y fue a partir del día en que empezó a buscar; hablaba con la tierra, la lluvia, el café, las balas. La tercera llegaba con las manos sucias; en México se comenzaba a buscar antes de abandonar el hogar.
Al centro del ejido crecía el Árbol Viejo. Tenía edad para haber pasado por todas las épocas y tiempos de preguntas, nombres, objetos y huesos. Su corteza guarda texturas distintas en cada tramo, piel crecida sobre cosas que no eran tierra, y las Sembradoras más antiguas lo tocaban al pasar, era el hombro que ya no pide anuencia.
Esa mañana, bajo la lluvia oscura, una Sembradora se arrodilló en un punto preciso del ejido, sacó un papel doblado en cuatro, abrió un hoyo en la tierra y lo diseminó (en el papel había una pregunta, las preguntas sembradas son un asunto entre la mujer y la tierra). La Niña miraba desde el umbral con los brazos cruzados, las gotas de café le mojaban el pelo y le bajaban por la frente, no se las limpiaba. Miraba a las Sembradoras, al Árbol Viejo y en su cara no había miedo.

IK
Día del viento, del norte, de lo que no se ve pero se siente en la nuca.
Ese día no llovió nada visible, caía una niebla fina como polvo y adentro viajaban susurros; eran los intentos de voces decidiendo existir. Las Sembradoras escuchaban sin detenerse: el oído ocupado recibe, el oído libre miente, el oído distraído llora.
Algunos susurros eran preguntas que ellas mismas habían enterrado días atrás, devueltas al aire sin voz propia, limpias de dueña. Otros tenían una cadencia extraña de indiferencia y apatía. La que movía los labios sin sonido escuchó su nombre, apretó la tierra entre los dedos y siguió sembrando, era su forma de responder.
El ejido se mostraba real sin su disfraz verde, un bosque sin clasificar con árboles-pregunta creciendo retorcidos, con ramas que apuntaban al norte y al sur, al cielo y la tierra, buscando. Entre ellos crecían las plantas-nombre, las más extrañas: sus flores no tenían pétalos, tenían huesos. Cada flor era un hueso humano, falanges diminutas abiertas al cielo, clavículas curvas sobre el tallo, costillas con precisión anatómica enmarcando el centro; no decoraban, mostraban cómo los árboles y plantas guardaban la memoria. Cada planta tenía los huesos del cuerpo que la había nombrado; la nacida de un nombre de niño daba flores pequeñas, huesos sin terminar de endurecer. La nacida del nombre de un hombre adulto daba flores densas, fémures largos que doblaban el tallo con su peso, las Sembradoras ya no leían las flores, solamente reconocían nombres.
Al fondo, casi invisible bajo una muralla, crecían enredaderas nacidas de objetos enterrados; ropa, cartas, fotografías, una mochila con un nombre en la correa habían trepado silenciosas hacia donde huele a deuda sobre un edificio de gobierno.
La Niña cruzó el ejido y se detuvo frente a una planta de flores pequeñas, un par de metacarpianos abiertos, acercó su mano sin tocarla y se quedó ahí a un centímetro de apretarla, aprendiendo lo que significa la memoria sembrada a pesar de no hablar el idioma.

CHICCHAN
Día de la serpiente, de la sangre contenida y de la fuerza.
Llovieron balas, algunas gastadas, otras ya usadas, caían sin dirección, indiferentes y sin prisa, rebotando en la tierra con un sonido similar al olvido. Eso no detuvo a las Sembradoras, en este país llueven cosas todo el tiempo y detenerse cada vez sería un error insostenible.
La mujer que llegaba de rodillas recogió una bala, la examinó y la apartó, había cosas más urgentes que sembrar. Llegó una Sembradora nueva con las manos vacías y los ojos húmedos de su primer mes, aún no aprende que llorar en el ejido es un gasto sin devolución. Todas llegan por lo mismo, buscando una certeza en este país del olvido. Nadie le explicó qué hacer, pero le pusieron una herramienta en las manos y eso bastó, sin manual, solo memoria contagiada por contacto y afinidad.
La Niña recogió una bala casi entera que cabía completa en su puño. La giró entre los dedos y la dejó en la palma abierta de una Sembradora, esta caminó dos pasos y la enterró. Al día siguiente crecía ahí una planta de flores sin ningún hueso conocido y las balas siguieron cayendo toda la mañana mientras las Sembradoras seguían sin levantar la vista. En otro país sería un escándalo nacional y aquí era simplemente el martes.

BEN
Día del maíz maduro, de los hijos, de lo que debía crecer y no creció.
Llovían palabras de apoyo en colores claros, casi transparentes, con buenas intenciones impresas en la superficie que se disolvían antes de cumplir lo prometido. Las Sembradoras ya distinguían lo que nutre a la tierra de lo que solo moja.
Tres Sembradoras nuevas fueron juntas al Árbol Viejo, una llevaba un nombre escrito en papel doblado, otra mostraba una fotografía y la tercera cargaba el peso de la ausencia. Se sentaron bajo la sombra que no refrescaba, amparaba. Le hicieron una pregunta y les respondió moviendo las ramas; la Sembradora antigua se acercó y tradujo en voz baja, una cerró los ojos, la otra apretó el papel hasta arrugarlo deshaciendo tantos dobleces cuidadosos y la tercera apoyó las manos sobre la raíz más cercana y lloró. Solo dos sembraron antes de irse, la tercera no estaba lista.
Esa tarde, mientras las palabras de apoyo acababan de disolverse sin haber nutrido nada, las antiguas Sembradoras compararon notas sin hablar, llevaban meses levantando entre todas un mapa que no cabía en papel, escalado con la verdad, pero pertenecía al mundo del Funcionario, un mundo que archivaba las cosas para perderlas.

EB
Día del camino, del desgaste, del polvo que se acumula en los pies de las que caminan hacia donde nadie quiere llegar.
Ese día llovieron papeles, oficios, expedientes, resoluciones con fecha, sello y firma. Caían con el peso de lo inútil y las Sembradoras los apartaban presurosas con las manos antes de que taparan lo sembrado. Algunos papeles traían instrucciones, formularios en triplicado a tinta azul, fotografías tamaño infantil, ventanilla que abría a las diez y cerraba a las dos. Una de las antiguas guardó un fajo en su bolsa, lo llenaría con letra clara y lo entregaría en la ventanilla correcta con la fotografía solicitada. Lo había hecho treinta y siete veces.
La Niña recogió un papel y lo leyó, era la autorización para pedir permiso de iniciar el registro de una solicitud, dejó caer la nota y la tierra la recibió con la seriedad de siempre. Al terminar el día, las Sembradoras retiraron del ejido la capa de papel recién llovido, hoja por hoja, con paciencia; México producía papel sin límite y respuestas con escasez infinita.
MULUC
Día del agua, de la ofrenda, de la deuda a los muertos.

Llovían insultos escarlatas, de bordes filosos, frases hirientes antes de lanzarlas; “Revoltosas, busquen a sus muertos en otra parte, esto les pasa por andar en malos pasos, el país tiene cosas más importantes”. Y encontraban el sitio justo donde doler.
Las Sembradoras trabajaron más despacio ese día, al caer las palabras tenían la certeza que la mañana no traería buenas noticias, no habría un comunicado o una llamada, mucho menos una voz oficial diciendo lo necesario. Una de las antiguas recogió un insulto del suelo y lo enterró, sabía que de él brotarían espinas largas y delgadas, las que perforan y desgarran. La Niña escuchaba caer los insultos, aprendiendo la lógica de un país que desaparece a sus hijos y luego culpa a sus madres por buscarlos.

AKBAL
Día de la oscuridad, de lo que está enterrado esperando ser encontrado.
Durante ese amanecer llovió silencio, caía despacio y se adhería a la piel, a la ropa, a las ramas de los árboles-pregunta, cubriéndolas de una ceniza serena. Desde hace tiempo, el silencio es la única respuesta.
La tierra empezó a devolver cosas que no eran lo esperado. De un sitio donde meses atrás se enterró una pregunta, brotó un árbol de balas; de otro lugar emergieron tres pares de zapatos pequeños en las ramas, y así por todo el ejido. Al atardecer, la primera cosecha descansaba sobre una lona extendida y las Sembradoras miraban sin tocar. Ellas sabían leer en fragmentos, la honestidad del silencio matutino, como una lengua reticente a ser aprendida. La Niña se sentó en la tierra con las palmas abiertas de ambas manos sobre la tierra y escuchó, no sabía qué decía, pero su cuerpo ya conocía la postura, la lluvia, el trabajo y ese era el principio para ser una madre buscadora o un árbol-nombre.
Epílogo
Según el gobierno de México, con corte a marzo de 2026, hay 130 178 personas con estatus de desaparecidas en el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO), acumuladas desde 2006. Si por cada persona desaparecida plantáramos un árbol con una distancia de 10 metros de radio entre cada árbol ocuparía un espacio de 400 m². Con 130 178 árboles, el bosque tendría 5 207 hectáreas (52 km²). Para dimensionar esto: son 8 veces el Bosque de Chapultepec, 2 veces el Bosque de Tlalpan, media ciudad de París (105 km²) y casi todo Manhattan (59 km²). Para atravesar el bosque caminando de un extremo a otro tomaría más de dos horas.






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