¿Quieres ver a tu mamá? Cuentan algunos sobrevivientes de los campos de exterminio nazi, que el doctor Josef Mengele les hacía esta pregunta a los niños que quería trasladar a las barracas que tenía asignadas en Auschwitz, para hacer sus famosos “experimentos médicos”.
Muchas son las crónicas de los sobrevivientes de las numerosas y frecuentes guerras en las que los hombres han luchado contra otros hombres durante la historia de humanidad, la mayoría de estas guerras por motivos banales y sin sentido. Dentro de estos registros históricos, sobresalen los deseos de recuperar la paz y retornar sanos a sus lugares de origen, a su hogar.
Algunos no se limitaron a pedir o desear el cese de la guerra, querían y añoraban recuperar su libertad, ya que se encontraban recluidos. Tal es el caso de Viktor Frankl quien, además, fue más allá de desear su libertad física y decidió “ir en busca del sentido” de esa libertad, una libertad que te hace más fuerte y poderoso que cualquier enemigo y de cualquier abusador, la libertad mental que es sólo tuya y de nadie más.
Ejemplo de esa libertad mental, mientras no se tiene la libertad física, la tenemos con Miguel de Cervantes Saavedra, el también conocido como “manco de Lepanto”, quien, durante su reclusión durante cinco años en Argel, como consecuencia de ser atrapado por piratas berberiscos en 1575, intentó fugarse en cuatro ocasiones hasta que en 1580 la Orden de la Santísima Trinidad consiguió rescatarlo. La opinión generalizada es que, durante su cautiverio, concibió su famosa obra de Don Quijote de la Mancha.
Como consecuencia lógica de una guerra, al igual que los combatientes, la población civil padece riesgos, carencias y sobre todo hambre. Es por eso que uno de los deseos recurrentes de los pobladores, durante las guerras, es la de comer. Thomas Buergenthal, narra en su libro Un niño afortunado que ya en libertad, nunca pudo desperdiciar ningún alimento. Recordando lo valioso que era para él, durante su cautiverio, un pedazo de pan, ya libre y adulto recogía las migajas que caían en su mesa para alimentar a los pajaritos de su jardín.
Durante el asedio a Leningrado (actual San Petersburgo) durante la 2ª. Guerra mundial, el cual duró 872 días, murió la mitad de su población 1.5 millones, de un total antes del sitio, de 3.2 millones. Hoy en día se le reconoce como un genocidio por la hambruna que padeció la población civil.
Recientemente leí sobre una madre y su pequeña hija que se alimentaron y sobrevivieron, gracias a los ratones, pájaros y cualquier cosa que atrapaba su gato llamado Vaska. Cada vez que salía de su escondite, regresaba y entregaba a sus amas el producto de sus aventuras. La historia de Vaska fue recopilada por Svetlana Alexievich en su libro Últimos testigos Los niños de la Segunda Guerra Mundial. Al terminar la guerra y fallecer su mascota salvadora fue enterrada con honor y respeto y años después sus dueñas fueron enterradas junto a su querida gata amarilla llamada Vaska.
Los adolescentes que viven inmersos en una guerra, quieren y añoran convivir con sus amigos, regresar a la escuela, socializar con los de su generación y participar en la construcción de su futuro. Inmaculée Ilibagiza, quien en el llamado holocausto de Ruanda se refugió 91 días en un pequeño baño con otras siete mujeres, mientras afuera asesinaban a su familia y grupos armados con machetes la buscaban, sólo quería regresar a la escuela, sólo quería aprender cosas como su padre que era maestro.
Los mismos deseos de Inmaculée, eran los de la joven Malala, quien en el conflicto de su país Pakistán, fue señalada por los Talibanes, por defender la educación de las niñas y mujeres. Por su atrevimiento sufrió un atentado en octubre de 2012, cuando salía de la escuela. Milagrosamente no consiguieron el objetivo de asesinarla, pero el ataque que vivió la llevó a sufrir varias y dolorosas operaciones para salvarle la vida. Su experiencia la ha llevado a ser un símbolo y voz en el mundo, por la defensa de la educación de las niñas, ganando el Premio Nobel de la Paz en 2014.
Hoy son varias las guerras que se desarrollan en el mundo, algunos calculan que son aproximadamente 100 conflictos armados. Guerras a gran escala o de menor intensidad. Unos son más publicitados que otros, como la guerra en Ucrania o la que sufre la población Palestina a manos de los israelíes, pero no hay que olvidar los diversos conflictos en África, en Yemen o Myanmar.
Los sueños de los hombres y mujeres durante una guerra, van desde desear que se restablezca la paz, el poder volver al hogar y a la familia, alimentar su cuerpo y espíritu, estudiando para construir su futuro, etc. pero indudablemente los sueños de los niños son los que deben ser los más importante. Y hoy son ignorados, atropellados, violados. Querer ver a sus padres, estar con su mamá, es el sueño que se rompe cuando no se respetan las reglas básicas de una guerra, proteger a la infancia no debe ser sólo un programa sin eco ni acción. Basta ya de imágenes que nos desgarran de niños huérfanos, heridos o con hambre. Basta ya de destruir los sueños de niños inocentes.







Responder