Para los fanáticos de los cómics (o de la película), recordarán la icónica frase de Rorschach en Watchmen de Alan Moore: “No estoy encerrado con ustedes. Ustedes están encerrados conmigo”. Así es como me he sentido durante este encierro, atrapado conmigo mismo en un espacio que se presentó como nuevo ante mí.
El 17 de marzo cumplí 28 años, y ese día, al llegar a la oficina, nos reunieron por departamentos para informarnos que debido a la pandemia la dinámica del trabajo sería distinta y que tendríamos que tomar medidas de salubridad para evitar contagios. Debido a un viaje del que recién llegaba mi hermano, yo fui de los primeros que recibieron la instrucción de iniciar con el home office.
Al principio todo fue tranquilo, levantarse ya no era la tarea agobiante de las prisas mañaneras para arreglarme, desayunar e ir a la oficina, sino que, aunque seguía levantándome a la misma hora, sentía la tranquilidad de realizar mi rutina mañanera con más calma, e incluso dedicarle un tiempo al ejercicio que antes era un lujo de mis horas libres. Me descubrí a mí mismo con más ánimos para dedicarle al trabajo y me sentía más productivo al poder organizarme más allá del horario laboral.
Pero, conforme pasó el tiempo y la incertidumbre aumentaba, comencé a perderme en el pasillo de mi casa, los cuartos se fueron convirtiendo en laberintos donde no me satisfacía nada. Las horas comenzaban a pasar más rápido de lo normal, de repente sentía un vacío cuando el sol comenzaba a descender y tenía la necesidad de hacer algo, cualquier cosa para hacerme creer que estaba siendo productivo, que no estaba desperdiciando el tiempo en el ocio.
Desde pequeño la cotidianeidad me planteaba prisas, por llegar a la escuela, hacer las tareas, ir a la universidad, encontrar un trabajo, limpiar esto, arreglar aquello, era un ir y venir que no me dejaba tiempo para pensar en mi siguiente movimiento, como si sólo reaccionara a la situación que por inercia me exigía algo.
El trabajo no era diferente, terminar un proyecto implicaba ya estar pensando en el siguiente, o en el caso de que no hubiera uno, inventar y proponer algo, demostrar que era proactivo, porque la pasividad sólo era una muestra de flojera, de desinterés, y si no estaba dispuesto a ponerme la camiseta entonces lo valía lo que me estaban pagando.
Era una culpa el sentarme a disfrutar algo, una serie, un videojuego, algún libro que no tuviera cualidades literarias o académicas sobresalientes, si no seguía el ritmo me quedaría rezagado y nunca podría recuperar ese tiempo. Esas ideas llenaban mi cabeza y sólo me hacían enojarme conmigo mismo, por no ser tan rápido ni hacer o ser como otros, era una competencia constante por sobresalir para estar a la altura, ¿pero, a la altura de qué o quién? ¿Por qué?
Reflexionando sobre esas preguntas me di cuenta de algo: estaba viviendo para trabajar, para producir. Pasaba tanto tiempo pensando que debía buscar una manera de ser aún más productivo en mi casa, porque se supone que ahora tengo más tiempo y comodidad para enfocarme en el trabajo, que me olvidaba de vivir, de dedicarme a lo que yo quería y a mis gustos. Estaba encerrado con un yo que había sido construido a partir de las expectativas de otros, a partir de lo que se esperaría de alguien de mi edad y sin darme cuenta, perdía poco a poco la percepción de lo que yo reamente quería hacer.
Comencé una batalla conmigo mismo, con mi casa como el ring, para romper los paradigmas de tener que ocupar mi tiempo libre para tomar cursos y clases a distancia y terminar aquellos proyectos personales que tenía estancados, que las presiones diarias no me dejaban completar, y ahondar en conocer al yo que no permitía salir.
Con esto, pude manejar el encierro desde un ángulo diferente y reflexionar en lo que había dentro de mí, en todos los malestares que me causaba el vivir a un ritmo que no era el mío, sólo porque otros dictaminaban que así eran las cosas, a darme tiempo para el ocio, para disfrutar de la vida para la que trabajo.
El aislamiento producto del encierro no es sencillo, y cada quien tiene distintas maneras de llevarlo. Yo personalmente he crecido al ser libre de las presiones externas. Hoy me siento preparado para enfrentarme a nuevos retos que me permitirán seguir creciendo. Estar encerrado conmigo mismo ha sido una experiencia difícil, porque no estaba acostumbrado a pensar en mí, pero he descubierto y comprendido muchas cosas que me han dado paz y motivos para seguir buscándome, seguir conociéndome, ayudándome a mí mismo.
Hoy, ya no me siento encerrado con un desconocido del cual no se qué esperar, sino que me siento seguro conmigo mismo, con lo que soy y puedo hacer si me doy el tiempo para caminar a mi ritmo y disfrutar de lo que hago.








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